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Hay dos caminos para infundir el horror. Uno lo tomó la pornográfica Kaouther Ben Hania con La voz de Hind: la dramatización radical de la sangría, una atracción inmersiva que hace pornografía del sufrimiento. Yuval Abraham y Rachel Szor han preferido no hacerlo. No Other Land optó ya por retratar los horrores del genocidio en Palestina desde la tranquilidad de una urbanización israelí, de palabra.

En Naza, impulsados quizás por los 73 mil cadáveres que yacen en Gaza (“naza” es el acrónimo de otro eufemismo, “daño colateral”), la pareja de documentalistas se traslada al corazón de la moderna Tel Aviv para entrevistar cara a cara a los perpetradores de la matanza.

Es de noche y ruedan a escondidas, por lo que el filme avanza en una oscuridad prácticamente total, sobre un tejado desde el que se vislumbra la propaganda en el televisor de cada vecino. El abismo moral al que se nos arroja es, por lo general, igual de tranquilo: ha cambiado los caprichos del asesino en The Act of Killing por una Inteligencia Artificial mucho más “eficaz”. El mal se ha gamificado.

Un fotograma de 'Naza' .

Sin mostrar (apenas) una gota de sangre, solamente con la palabra y –esperamos– una mínima capacidad de atar cabos, el documental de Szor y Abraham, con él por entrevistador impertérrito, no pretende aleccionar a ninguno de sus testigos, solo presentar la magnitud irrefutable del genocidio en marcha y, de paso, cuestionar nuestra responsabilidad para con un sistema moral que ya no es del todo humano.

La lucha discreta del realismo made in Europa

Al cine europeo realista de presupuesto medio que se exhibe en festivales, lo desmerecemos: las películas italianas programadas Fuera de Competición en Venecia suelen verse, sin ir más lejos, por bello ejemplo de telefilme correcto, desabrido; historias humanistas al gusto de nadie y encerradas en interiores por falta de liquidez.

Lo que escribo no es mentira, tampoco justo: por ende, el cine italiano ha empezado a ponerse las pilas cosquilleando las potencias del género fantástico, con dos películas a destacar, justamente, por el cine que no son.

L’estranea, de Paolo Strippoli (La sonrisa del mal), que compite por el León de Oro, arranca como una pieza de cámara sobre los silencios familiares para desembocar en el histrionismo simpático y enervante de Babadook de Jennifer Kent, a la que la cinefilia tenemos respeto infinito.

Un momento de 'L'estranea' Andrea Miconi

Horas después, Mario Martone se le sumaba con Scherzetto, segunda vuelta del cineasta tras Aquí me río yo con Toni Servillo. Chapliniana ante todo, los días de canguro de un abuelo con su avispado nieto se entremezclan con las apariciones inquietantes de un Henry James para estudiar el origen de un trauma. El filme, imperfecto, logra con dos personajes y cuatro paredes ser a la vez relato gótico, reflexión sobre el legado y retrato afectuoso; eso es mucho, por tan poco.

También en clave estrictamente realista existen películas pertinentes y alejadas del aspaviento autoral, como Un peu avant minuit, de Nicolas Parisier, uno de los coletazos finales de la Mostra. Parisier, que imaginó la política como un intercambio socrático antiedadista y anticlase en Los consejos de Alice, mira hoy al desconcierto personal de los hombres-en-crisis que sospechan del privilegio y la violencia que ejercieron.

Los largos paseos à la Emmanuel Mouret (Las cosas que decimos, las cosas que hacemos) abren la puerta, para un preocupado Melvil Poupaud, a dilucidar toda la violencia que nunca ha considerado este tipo corriente en un machismo sistémico.

Chiara Mastroianni y Melvil Poupaud en 'Un peu avant minuit' .

Pero Un peu avant minuit no convierte en eslóganes andantes, ni en parte de un rompecabezas, a las mujeres a quienes pregunta (las fantásticas Anaïs Demoustier, Clara Pacini o Golshifteh Farahani, entre agradecidas y mosqueadas). Tampoco el hombre rumiante, un Poupaud genial en su ambivalencia, parece aprender nada; aunque el filme de Parisier –ambientado en un París en plena revolución estudiantil– esté recorrido por la ilusión más brutal, desarmante.

En fin, entusiasma la claridad del guion de Parisier en el perfilado de este coro, lúcido, preocupado a la vez por dar el peso justo (de justicia) también a cada uno de los hombres que vagan en los márgenes: el narcisista, el distraído –¡cómo escribir a alguien que nunca está del todo!–, el fanático… Como en la otra gran película de esta edición, Possible Love, el registro realista previene al filme de convertirse un escaparate, de ahí su riesgo y su valor. Reconsideremos ya el cine de calle.