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El Festival de Venecia suma y sigue con una parrilla dominada por las películas grandes (en términos de producción, pero también por largas) sobre antihéroes hombres.

Imagino la incomodidad a la presidenta del Jurado, Maggie Gyllenhaal, quien apuntó al inicio del certamen a la casi total falta de mujeres en el programa y a la preeminencia de un determinado tipo de cine a Competición.

Fuera de Concurso, porque los nombres lo valen pero la película no, encontramos el nuevo filme de Kornél Mundruczó (Fragmentos de una mujer), Place To Be.

Ellen Burstyn, Taika Waititi en un fotograma de 'Place to be'. Simon Harsent

En el equinoccio entre Paseando a Miss Daisy y Dios blanco, siempre en clave tranquila y bonitista, el filme sigue las andadas de la extraña pareja a tres que forman Ellen Burstyn, Taika Waititi y la paloma que les sirve de macguffin. No será la única licencia en esta road movie, de guion apelmazado incluso para los raíles cómodos de una coming of age tardía.

Para más inri, a la escasa química entre Burstyn y Waititi (una con más elegancia que el otro), la ahogan: uno, la poca mano que el húngaro tiene para el ritmo o el tono de la comedia; dos, los excesos trascendentalistas de sus compases emotivos y, tres, la negativa absoluta a reconocer el capital dramático de esta historia sobre el final de los días. Intrascendente, por lo menos corta.

‘Dau’, de Ilya Khrzhanovsky

La tarde de ayer veía pasear por la alfombra roja a Alex Gibney, documentalista pionero tras Enron, los tipos que estafaron a América y oscarizado en 2007 por Taxi al lado oscuro.



Un perfil en la primera línea del periodismo de investigación, la película que ha dedicado a Elon Musk se despliega en un biombo muy completo e informativo: cuatro horas de verdades bajo la sombra del hombre más rico del planeta que nos garantizan –con pruebas, claramente– que el de SpaceX es un psicópata campando a sus anchas.

Paradojas en el “foro” que el director artístico Alberto Barbera entiende por festival: la advertencia de Gibney sobre la megalomanía de Musk pasaba el testigo hoy al doctor Mabuse Ilya Khrzhanovsky, una de las presencias más cuestionadas de la edición, si no la que más.

El cineasta ruso ha estrenado hoy la tercera parte del proyecto Dau: una serie de catorce películas concebida inicialmente como biopic del físico Premio Nobel Lev Landau (apodado Dau), pero que resulta en una sinfonía urbana apenas narrativa, rodada dentro de un enorme plató en Ucrania entre 2008 y 2011.



A la práctica, una película del Dogma 95 filmada en las instalaciones de El show de Truman o Synecdoche, Nueva York.

Fotograma de 'Dau' .

Sobre este reality ambientado en las hambrunas de la Unión Soviética, se han divulgado acusaciones de malos tratos y violencia no simulada hacia las actrices, junto con la presencia de neonazis entre el reparto.



Venecia la ha programado, en palabras de Barbera, en calidad de “denuncia a los regímenes totalitarios”, equiparando la espectacularización de la crueldad en pantalla –porque Dau es, y busca ser, un espectáculo– con una crítica. Yo no lo concluiría tan aprisa.

Muy alineada en general con las entregas anteriores (vista una, vistas todas), Dau se construye sin interés alguno en explicar un auca coherente, que trascienda lo vagamente temático; en concreto, sobre los affairs sexuales que mantuvo el físico antes de completar la bomba atómica.

Khrzhanovsky acerca la película a los fogonazos de una discoteca demoníaca, corrompiéndose entre estampas de violencia estatal, interrogatorios y torturas de todo tipo, así como un maremagno escatológico de muerte y sexo sin deseo.

Torres ardiendo, bólidos descomunales, balonmano con cabezas de animales decapitados…Todo por la náusea, aunque la adrenalina decaiga con los minutos hacia interiores surrealistas y la fascinación por la escala del horror se disuelva rápido en hastío: el Jardín de las delicias no dura tres horas y media.