Luca Guadagnino dijo ayer algo muy importante. Dijo, alto y claro, que poco le importa la trama cuando a películas se refiere; es más, pide saber el final de las historias para prestar atención a "lo que cuenta de veras", que es "capturar lo invisible a través de los medios de lo visible. Eso es, el guion, la luz, un momento que no te esperas, un gran actor…".
Sobre los actores, y así enlazaba con la perla de la penúltima jornada competitiva en Venecia, el cineasta tras Call Me By Your Name o Rivales se deshacía en halagos: "La verdad, la banal verdad, es que estoy cautivado por los actores y, definitivamente, enamorado de mis actores. Trabajar con ellos genera en mí una emoción muy tierna, somos como niños jugando en la playa construyendo castillos de arena". Y ahora, la perla.
Primero, Florian Zeller rompió con los fundamentos del realismo parco en El padre. Ahora, superado el patinazo de El hijo, el dramaturgo y director aspira a separar en la ficción a la one true couple del cine español, Javier Bardem y Penélope Cruz. A través de los ojos de él –Miguel, un arquitecto célebre radicado en Londres–, Búnker toma la temperatura a los incipientes signos de desamor de este matrimonio acaudalado pero satisfecho, que se sabe del lado bueno de la Historia.
El huevo y la gallina: la oferta escandalosa de un billonario (Paul Dano) y la reforma de un vecino de clase trabajadora de verdad (Stephen Graham), dos nimiedades resolubles, bastan para trastabille la identidad que había convenido esta pareja avenida y de izquierdas.
Lo mejor de la Historia de un matrimonio de Zeller, una película tan académica que apenas nada brilla por encima del guion, es el espacio que sí deja para que Bardem posea con su carisma a este artista, padre y marido que alterna ternura y descuido a cada segundo.
Búnker da bastante menos tiempo a ella, Sofía, pero el arrebato de Cruz acaba imponiéndose hasta burbujear las aguas poco profundas de sus escenas de malaise, de entre las que destaca una entrevista donde un autor hombre nos explica didáctico qué es lo que siente. Eso es, un mansplaining de película.
Tampoco destacan, por escasa, la música de Volker Bertelmann, inquieta y vibrante como en Cónclave, o la arquitectura del estudio donde ocurre todo, el estudio real de Cruz y Bardem en Madrid. Fíjense en cómo la mayoría del drama sucede contra la pared rojo borgoña de la cocina. Por fortuna, también queda espacio para algo de humor –sutil y a boca llena– en un filme que rechaza la seriedad fúnebre de El hijo para aventurarse desde el drama hacia otras praderas: aquí algo de thriller, allá una rastro de comentario social…
Esta pareja migrada y entre clases ofrece un saco bien cargado de temas que deshilvanar, aunque sea mientras los dirime que la película olvida cargar la batería del drama de pareja. Igual que no se puede ser rico y pobre a la vez, tampoco resulta sencillo convenir un diario sobre la erosión de los valores (una El brutalista), una parábola sobre la diplomacia entre clases (una Parásitos) y, además, una crónica minimalista del desasosiego (una Exhibition). No se extrañen si al verla lo han comprendido todo, pero no han sentido nada.
Casey Affleck se arrima al brasero en Company
Perdida por entre las neblinas espesas del Mid-West, muy diferente a la ternura de la anterior La luz de mi vida, la tercera película dirigida por Casey Affleck construye una muñeca rusa de meditaciones disfrazada de género, hermanada con el ralentí suntuoso de Solo los amantes sobreviven de Jim Jarmusch.
En Company, una misteriosa mujer en los años setenta cuenta la historia de un viejo ermitaño en los cincuenta, que atiende asimismo al relato de un matrimonio de granjeros y del apuesto joven que les visita durante una plaga de asesinatos macabros.
Apenas cerrados o amonestativos, los cuentos que narra este reparto de almas –sin actores que distraigan con su "estrellismo"– pesan y viven lo que un copo de nieve, pero se entretejen en un todo de voces de terciopelo que espanta la soledad. Allí afuera, el silencio de la nieve, las bandadas de caballos negros y la muerte que acecha, en una película ambient que crece por minutos.
Porque, he aquí la audacia del guion de Affleck y Ron Hansen: Company va descubriéndose como una Mil y una noches (seducción, intriga, venganza) que esconde bajo el alero del wéstern crepuscular una verdadera antología de terror gótico.
