Publicada

Supongo que el aplauso incrédulo que la prensa dio al cierre de Bucking Fastard es el mejor halago que puede ofrecérsele a la película más particular (y rara) de Werner Herzog en años. El alemán parte del caso las hermanas Freda y Greta Chaplin, historia con visos de chiste malo e (i)lógica de sueño, pues eran gemelas idénticas que vivían en un unísono perfecto en el York de los ochenta.

Herzog, también al cargo del guion, las encuentra entre las togas y la madera oscura del juzgado al que un mequetrefe (Orlando Bloom, campechaneando un acento sureño) ha llevado a las dos hermanas Holbrooke, Joan y Jean, por acosarlo en nombre del amor.

Joan y Jean son Kate y Rooney Mara, recitando sus líneas en una compenetración digna de truco de magia, que deja espacio incluso para que iteren y se sorprendan entre sí (si la película que sigue no les interesa, pueden deleitarse estudiando el espectáculo de relojería que son las Mara).

Resuelto el caso y con ellas a la fuga, arranca una fábula moral en la línea de Under The Skin o Pobres criaturas, frescos que creen en las personas buenas (Domhnall Gleeson, en Bucking Fastard) y las malas; dos balaceras a la inocencia que, muy al contrario que el otro gran auca de Herzog sobre la candidez, El enigma de Kaspar Hauser, sí da a sus protagonistas el privilegio del sadismo sin remordimientos. Joan y Jean son dos lázaras felices, y bastante peligrosas.

En la ciudad suceden cosas, no muchas y ninguna importante, y luego Herzog compra un billete de vuelta al Edén para las Holbrooke, de regreso a la adorable casona de su tía en un esplendoroso campo irlandés. Pasa, sin embargo, que este idilio llega anfetaminado por los bufidos de las gaitas y bajo una paleta vigorosa, con reparto de campesinos y patrones salido de un óleo floral amarilleante en el comedor.

Bucking Fastard, que ya nada tiene que ver con una fábula social, se ha despreocupado a estas alturas por explicar nada o tan siquiera retener nuestro interés, algo que a mis ojos tiene todo el encanto. Especialmente, cuando regala diálogos memorables que por siempre recitaremos modularemos con el tono craso de Herzog: "A la mierda las sardinas, a la mierda los salmones, las ballenas y los bebés panda".

Si a este punto vestimos todavía una sonrisa –puede que no, también el gozo es raro (y particular)–, disfrutaremos del final, surrealista: lúdico y extrañamente lúcido.

McDonagh rehace 'Escondidos en Brujas', pero no funciona

Son muchos y evidentes los paralelismos argumentales entre Wild Horse Nine y Escondidos en brujas, la nominada al mejor guion original en los Oscar. Hoy conocemos a una extraña pareja de agentes de la CIA, Lee (Sam Rockwell) y Chris (John Malkovich), varados en la Isla de Pascua y vueltos contra sí mismos por órdenes de un superior psicopático (Steve Buscemi).

Sin embargo, donde dieciocho años atrás había comedia negra del arte, cuatro personajes meneados por la casualidad dentro de un pequeño saco de estiércol, hoy McDonagh quiere firmar un ensayo importante sobre la vida y la muerte, la responsabilidad privada y el determinismo del mundo.

Esos son muchos temas, y grandes, y piden una sutileza que este verborreico experto de a pie de calle quizás no maneja. Al contrario que paisajistas de la muerte anunciada como Takeshi Kitano o Ingmar Bergman, a quienes Wild Horse Nine admira, McDonagh escribe una película comercial, pensada para la trascendencia pero obligada al entretenimiento.

Un equinoccio temático que (como Almas en pena de Inisherin) conmoverá a quien espere reír y divertirá a quien intuía el drama, pero que no descubre nada más allá de El montaplatos, el Godot de Harold Pinter, al que Sam Rockwell ha referido explícitamente en rueda de prensa previa al estreno.

Ahora, hay algo vitriólico en las emociones del filme. No faltan, de entrada, esos apostillados sobre el n’importe quoi (enanismo, quesos, payasos) que embuten las mejores conversaciones de la filmografía del británico, pero en Wild Horse Nine hay secuencias enteras sobre la nada; hoy las palabras parecen caer para exorcizar el silencio.

Por otra parte, la fotografía de Ben Davis –otro sospechoso habitual– lleva los vastos campos de la Isla de Pascua a vibrar con la paleta saturada de las pinturas de Van Gogh, o de un fondo de Windows. Hasta chillan las camisas floreadas del estupendo diseño de vestuario de Eimer Ní Mhaoldomhnaigh (otra recurrente).

Resulta una verdadera lástima –una muestra de desconfianza, en un film que quiere emular el abrazo entre amigos– que McDonagh no sepa atender a la vitalidad excesiva y a la tristeza profunda que su película emana, y decida incluir más y más escenas y símbolos a modo de ejemplo. El caballo que encarna la esperanza de Chris aparecerá una quincena de ocasiones. A la segunda, su función se ha comprendido.

Antes que sobre la vida y la muerte, Wild Horse Nine brillaría más si se conformara a ser una película sobre humanos.