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Queda para los anales la cara de vergüenza de Alberto Barbera al ser cuestionado por la directora de La hija oscura y ¡La novia! —una de las voces más reconocibles del feminismo en Hollywood— en referencia a la Competición Oficial italiana. Lo que veremos los siguientes diez días no cumple, ni de lejos, la promesa de paridad que Venecia firmó ocho años atrás. Dos mujeres frente a 21 hombres programados a concurso. Será, decía Maggie Gyllenhaal, que "por fin hemos descubierto que las mujeres simplemente hacen peores películas que los hombres".

Luego, la cineasta agradecía a Barbera que la haya escogido como presidenta del Jurado, pero la crítica quedaba encima de la mesa. Quedaba bien retratado, Barbera, cuando finalmente ha tomado la palabra para ampararse en el criterio de la "calidad", una palabra que tanto ha repetido estas semanas. Calidad o "la capacidad del director para plasmar la complejidad de una obra cinematográfica", como ha dicho hoy.

Dice el comisario que en su festival "la mayoría de los directores tienen, por así decirlo, una sensibilidad especial. Se niegan a refugiarse en mundos paralelos o en historias de fantasía alejadas de la realidad". Interpreten sus palabras y la ausencia de mujeres como más gusten; los datos son claros.

Si el cine fuera un periódico, Ink sería un tabloide

En julio, Barbera afirmó durante la presentación de la parrilla que "las películas son los hashtags del mundo contemporáneo", e insistía en que esta sería "la edición más política" de la Biennale. Dos declaraciones que entienden el corte político del cine como aquellos temas de los que se habla, no del cómo se abordan.

Toma la palabra Danny Boyle, que con Ink escribe la crónica sobre el primer año de existencia del tabloide The Sun, en manos del hambriento Larry Lamb y respaldado por un cauto Rupert Murdoch. Era 1969, en los albores del capitalismo desquiciado actual y de la rápida expansión de un periodismo sucio y amoral, padre de las fake news.

Hoy un feed de Instagram, ayer el correr del sensacionalismo juguetón, regurgitado como un biopic o filme deportivo al uso pero con el músculo anárquico del director de Trainspotting y de la oscarizada Slumdog Millionaire.

En realidad, Ink, otra película de señores hablando en oficinas, nos interesa solo porque no se cuenta como lo haría un periodista serio. De hecho, en ocasiones reconozco tener problemas para diferenciar a sus dos protagonistas, Jack O'Connell y Guy Pearce, casi miméticos en sus camisas blancas y cortes militares.

En cualquier caso, lejos de la entereza de Steve Jobs, que confiaba en apenas tres actores y un buen texto para explicar el nacimiento resbaladizo de una cultura tech, Boyle se suelta en Ink con su verborrea anárquica habitual, mimetizándose con la pedorreta fácil, el ojo de pez y el montaje sarcástico del papel de periódico —barato, ya algo gastado— para apelar a un público "vivo y hambriento", que la película del cineasta 28 años después pinta por bobo, y mucho.

Lo fascinante de Ink, en realidad, se encuentra allí fuera, en el dónde y cuándo: en las tripas de la Inglaterra de los setenta, que el montaje de Fin Oates revuelve entre los coletazos del hollín y el brillo de la televisión. Lo que falta es, en cambio, cerebro y corazón. Cerebro: el guion de James Graham sobre su propia obra de teatro, doble ganadora del Tony, nos regala algunos rifirrafes agraciados entre Murdock y Lamb, con una doble escena inicial que sentencia la muerte del periodismo con la exactitud matemática de los diálogos de The Newsroom y la mala saña de Whiplash.

Corazón. Porque de poco sirve rascar en el fondo humano de ninguno de los dos magnates de la prensa, bidimensionales, hombres de pura acción (hacen cosas, les pasan cosas) y razones flacas. Graham trata de dar un contrapeso moral a Larry, la punta de lanza de las atrocidades de The Sun, a través de los ojos descreídos de la colaboradora y amante de él, la ficticia Jules (Claire Foy). Pero ella, ay, terminará teniendo apenas cuatro líneas, y son sobre el feminismo.

Claro, Jules cumple su función: pasará el test de Vito Russo y aborda la actualidad de una forma explícita. El qué (político), para Alberto Barbera, se cumple. Falta el porqué. ¿Por qué, por ejemplo, repetir el masculinísimo relato en ascenso del genio incomprendido? ¿Por qué dar más espacio a las narrativas del poder? ¿Por qué inaugurar un festival donde solo hay dos mujeres compitiendo con otras películas de ellos, sobre ellos y para ellos?