El cine apocalíptico es uno de los géneros predilectos de Hollywood desde hace, como mínimo, dos décadas. El propio Ridley Scott (South Shields, Inglaterra,1937) firmó con Blade Runner (1982) uno de los grandes antecedentes del género. No era todavía el Apocalipsis tal como después nos hemos acostumbrado a verlo -una Tierra deshabitada y peligrosa-, pero sí un futuro profundamente deshumanizado.
El miedo al fin del mundo se ha expresado en el cine moderno de innumerables formas: invasiones alienígenas, zombis, catástrofes climáticas o pandemias. Entre estas últimas se encuentran la sentimental Soy leyenda (2007) o la brutal saga iniciada por Danny Boyle con 28 días después. Y también La constelación del perro, adaptación de la exitosa novela de Peter Heller.
El fin del mundo suele prestarse a dos caminos: el thriller de supervivencia y el ejercicio sentimental. Al parecer, comenzamos a echar de menos a la humanidad cuando desaparece: los seres humanos tenemos nuestras cosas, pero quizá tampoco merezcamos un final tan despiadado.
A estas alturas, Scott, creador de algunas de las películas más importantes y exitosas del cine anglosajón de las últimas décadas, tiene poco que demostrar. Maestro del gran espectáculo y de un cine grandioso que también aspira al calado artístico, a sus 88 años parece filmar ya por el puro placer de hacerlo. Lejos de pensar en la jubilación, continúa acumulando proyectos como si aspirara a la eternidad.
Los seres queridos
La constelación del perro no es exactamente la cinta de acción que algunos podrían imaginar. Scott se luce, desde luego, en secuencias como el brutal ataque de una tribu de saqueadores -los llamados Segadores, reconocibles por sus numerosos tatuajes- al fuerte construido por Bangley (Josh Brolin), el compañero de lucha del protagonista. Brolin interpreta a un hombre curtido al que no se ve demasiado incómodo en un mundo que parece haber regresado a los orígenes del wéstern.
Se lo reprocha el propio Hig (el ubicuo Jacob Elordi), que sí añora profundamente el mundo anterior a la pandemia y, sobre todo, a su esposa embarazada, a quien tuvo que ayudar a morir. Su perro constituye el último vestigio de aquella vida perdida y el vínculo emocional con todo cuanto ha desaparecido.
Hig es piloto de una avioneta y la película dedica largos pasajes a contemplarlo mientras surca los cielos de Colorado, con los bellos e imponentes paisajes de las Montañas Rocosas como escenario. Son interludios casi líricos en una película cuyo verdadero tema es la soledad de un hombre incapaz de superar la muerte de su esposa.
El protagonista está obsesionado con viajar hasta un lugar llamado Grand Junction, desde donde recibe misteriosos mensajes por radio. Por el camino conoce a una joven de su edad, Cima (Margaret Qualley), antigua estudiante de Medicina, y a su padre gruñón (Guy Pearce). Poco a poco, Hig irá despertando de su sopor y aprendiendo que sobrevivir no significa necesariamente estar vivo.
Jacob Elordi y Margaret Qualley, en 'La constelación del perro'
Narrada con un ritmo moroso para los estándares habituales de Hollywood, Scott se homenajea a sí mismo en una magnífica secuencia casi final ambientada en Grand Junction. Durante unos instantes parece recuperar el mundo de seres poshumanos de Blade Runner, donde androides y personas resultaban difíciles de distinguir.
Extrañamente poética, bellamente rodada y bien interpretada, La constelación del perro encuentra en sus paisajes majestuosos la expresión visual de la desolación de su protagonista. Scott hace su película apocalíptica, pero, lejos de abandonarse al estruendo, acaba entregando una obra emotiva, hermosa y llena de esperanza.
La constelación del perro
Director: Ridley Scott.
Guion: Mark L. Smith, Christopher Wilkinson; a partir de la novela de Peter Heller.
Intérpretes: Jacob Elordi, Josh Brolin, Margaret Qualley, Guy Pearce, Benedict Wong, Allison Janney.
Año: 2026.
Estreno: 26 de agosto.
