Hay películas que nacen convertidas en clásicos y otras que necesitan unas cuantas décadas para que alguien se dé cuenta de que estaba mirando una obra maestra. El maquinista de La General pertenece, con bastante ironía, a la segunda categoría.
Cuando Buster Keaton estrenó esta aventura ferroviaria en 1926, esperaba haber hecho una de sus grandes películas. El público y buena parte de la crítica, en cambio, no la entendieron y pensaron que se había pasado de frenada. Hoy, un siglo después, resulta difícil imaginar una mejor prueba de que el tiempo puede convertirse en un buen crítico cinematográfico.
La película tuvo su estreno mundial en Tokio el 31 de diciembre de 1926 y llegó a Nueva York el 5 de febrero de 1927, al lujoso Capitol Theatre. La expectación no era precisamente pequeña: para promocionarla se colocó en el vestíbulo la campana de la auténtica locomotora General.
Pero el recibimiento fue bastante más frío de lo esperado. Algunos críticos la encontraron larga, repetitiva y poco divertida; Variety llegó a calificarla prácticamente de fracaso. En taquilla tampoco funcionó como Keaton necesitaba. Había costado una fortuna para los estándares de la época y terminó recaudando en Estados Unidos bastante menos de lo invertido.
La paradoja es deliciosa: aquella película que parecía demasiado cara, demasiado seria y demasiado poco graciosa acabaría siendo considerada una de las grandes cumbres del cine mudo. Keaton había construido una película que mezclaba comedia física, aventura, romance, reconstrucción histórica y cine de acción con una precisión casi matemática.
La famosa persecución ferroviaria no es simplemente una sucesión de golpes y carreras: los gags se repiten, se transforman y encuentran nuevas variaciones a medida que la historia avanza. Es cine de acción antes de que el cine de acción supiera siquiera que existía como género.
Y luego está el tren. Keaton era un apasionado de las locomotoras y quiso que todo resultara lo más auténtico posible. Al no poder rodar con la locomotora original, encontró en Oregón varias máquinas antiguas y trasladó allí una producción gigantesca. Llegaron 18 vagones cargados de decorados, armas, vehículos y material de época; unos 1.500 habitantes de Cottage Grove trabajaron en el rodaje.
Para destruir una de las locomotoras ante la cámara se construyó un puente que acabaría desplomándose sobre un río. La escena costó unos 42.000 dólares y hubo que rodarla de una sola vez: no era precisamente un efecto digital que pudiera arreglarse en posproducción.
Keaton, además, hacía buena parte de sus peligrosas acrobacias sin la red de seguridad que hoy damos por descontada. Corría sobre los techos de los vagones, saltaba de una parte del tren a otra y se sentaba sobre la locomotora mientras esta avanzaba.
En una de las escenas más arriesgadas, debía retirar una traviesa de las vías mientras el tren se acercaba. Su célebre rostro de piedra hizo el resto: cuanto más absurdo y peligroso era lo que ocurría a su alrededor, menos parecía afectarle. Su personaje no necesitaba explicar el caos porque le bastaba con experimentarlo.
La película también marcó, sin que Keaton pudiera saberlo entonces, un punto de inflexión en su carrera. El fracaso comercial contribuyó a que perdiera progresivamente el control creativo que había disfrutado durante sus años de mayor esplendor.
Décadas después, sin embargo, la historia dio la vuelta. La recuperación de su cine por parte de nuevas generaciones de espectadores, críticos y cineastas convirtió El maquinista de La General en una pieza fundamental de la historia del cine y en 1989 fue incluida entre las primeras películas del National Film Registry estadounidense por su importancia cultural, histórica y estética.
Keaton quería hacer una película sobre un hombre que persigue desesperadamente su tren y, sin saberlo, terminó haciendo algo bastante más difícil: una película que, cien años después, sigue sin perder el tren.
El hombre que nunca sonreía
Joseph Frank Keaton nació en 1895 y prácticamente aprendió a vivir entre escenarios y camerinos. Hijo de dos artistas de vodevil, empezó a actuar con apenas tres años, hasta el punto de que su padre lo lanzaba de un lado a otro durante los números. De ahí, según la tradición, nació el apodo de Buster, después de que Harry Houdini lo viera caer por unas escaleras sin hacerse daño.
En 1917 conoció a Roscoe Arbuckle y descubrió las posibilidades del cine. La cámara permitía algo que el escenario no: convertir el espacio, el movimiento y el tiempo en herramientas de precisión cómica. Keaton acabaría llevando esa idea a una categoría casi científica. Sus gags parecían accidentes, pero detrás de cada uno había cálculos, ensayos y una obsesión casi de ingeniero por el detalle.
Durante los años veinte construyó un personaje único. Mientras Chaplin hacía de la desgracia un territorio de ternura, Keaton la afrontaba con su célebre Stone Face: el rostro impasible de un hombre que contempla cómo el mundo se viene abajo y, aun así, intenta encontrar una solución.
Entre 1920 y 1928 dirigió y protagonizó películas fundamentales como Sherlock Jr., The Navigator, The Cameraman, Steamboat Bill, Jr. y El maquinista de La General. En ellas convirtió trenes, automóviles, edificios y máquinas en auténticos compañeros de reparto. La famosa fachada que cae sobre él en Steamboat Bill, Jr., dejando su cuerpo exactamente en el hueco de una ventana, resume a la perfección su método: lo que parece una locura estaba calculado al milímetro.
Pero el cine que Keaton había construido dependía de su libertad. Y esa libertad empezó a desaparecer con la llegada del sonoro. En 1928 fichó por MGM y perdió buena parte del control creativo. El estudio quiso convertirlo en una estrella convencional, mientras su comedia había nacido precisamente de lo contrario: del silencio, del espacio y del movimiento.
Su carrera se apagó durante años. Llegaron películas menores, problemas con el alcohol y una vida personal complicada. El hombre que había sobrevivido a trenes, edificios y ejércitos terminó convertido, durante un tiempo, en una figura secundaria dentro de la misma industria que había ayudado a transformar.
Pero Keaton tuvo algo que sus personajes nunca perdieron: resistencia. Desde los años cuarenta comenzó una lenta recuperación. Volvió a aparecer en películas, televisión y pequeños papeles, y poco a poco los cineastas y críticos redescubrieron lo que había bajo aquella cara de piedra: un creador extraordinariamente moderno.
En 1960 recibió un Óscar honorífico. Cinco años después, poco antes de morir, participó en Film, dirigida por Alan Schneider a partir de un guion de Samuel Beckett. Era casi una despedida perfecta para un artista que había hecho del silencio una forma de expresión.
Keaton murió el 1 de febrero de 1966, a los 70 años. Pero su historia no terminó ahí. Con el tiempo, su obra dejó de verse como una reliquia del cine mudo y pasó a ocupar el lugar que siempre le correspondió: el de uno de los grandes arquitectos de la comedia cinematográfica. Su rostro no sonreía. Sus películas, en cambio, siguen haciéndolo por él.
