Al entrar en el Cinema Rif, uno de los lugares más turísticos de la ciudad marroquí de Tánger, nos reciben las miradas de algunos de los grandes iconos del cine árabe: Youssef Wahbi, Laila Mourad, Asmahan y Faten Hamama.
Sus rostros eran habituales en las pantallas de este cine, que ha sobrevivido guerras, éxodos y abandonos, hasta convertirse en lo que es hoy: la Cinémathèque de Tanger (CDT).
Estos días, además de proyectar como en prácticamente cualquier sala del mundo La Odisea de Nolan, el Cinema Rif también está de celebración. Se cumplen 20 años desde su renacimiento y el cine lo ha celebrado este verano con un ciclo de conferencias y proyecciones especiales.
Interior del Cinema Rif, la Cinémathèque de Tánger.
Inaugurado en 1938 como cine Rex, este edificio art decó fue testigo privilegiado del Tánger internacional. Proyectaba películas españolas, francesas y estadounidenses, atrayendo al público forastero y cosmopolita.
Con la independencia de Marruecos en 1956, los espectadores extranjeros fueron decayendo. Mientras la mayoría de los cines coloniales de la época cerraron a partir de los años 60, este supo reinventarse cambiando de nombre (a Rif) y adaptando su cartelera al cine egipcio y de Bollywood, más atractivo para los tangerinos.
Pero llegaron los 90 que trajo consigo la piratería, los videoclubs y unos cambios de consumo que no habían hecho más que empezar. El Rif, que en los últimos años se limitaba a proyectar viejas películas rayadas a un público que utilizaba la sala a oscuras para otros fines distintos a ver películas, acabó echando el cierre.
Hasta que a principios de los 2000, un colectivo liderado por la artista visual Yto Barrada y en colaboración con el cineasta marroquí Latif Lahlou y el productor Cyriac Auriol, rescataron el cine para evitar que acabase convertido en otro centro comercial o un simple parking. En 2006 acabaron la reforma y en 2007 volvió a abrir sus puertas, ya como la CDT.
Su ubicación es muy golosa. Al estar en el Gran Zoco, justo a la entrada de la antigua medina, sigue ejerciendo de hervidero cultural de una ciudad que desde 1923 hasta 1956 fue "internacional", acogiendo a extranjeros, exiliados (muchos republicanos españoles), espías, escritores y beatniks.
Bien conocidos son los idilios literarios de Paul Bowles, William Burroughs o Juan Goytisolo con Tánger, así como el ambiente y de espionaje que retrató María Dueñas en el bestseller El tiempo entre costuras, donde plazas como en la que se ubica el Cinema Rif, cafés como el de París y los propios cines eran lugares de encuentro para informantes y altos cargos políticos.
Ahora, las butacas del Rif ya no sirven tanto para intercambios clandestinos, pero todavía son un buen lugar para que tangerinos cinéfilos y turistas pasen la tarde. Ya sea en sus salas, o en la terraza de su cafetería, acompañados, pese al calor, de un ardiente té a la menta.
El Rif, con dos salas de 300 y 50 butacas, es uno de los cines mejor conservados de la ciudad, junto al emblemático Cine Alcázar, que volvió a abrir sus puertas en 2022 tras años de abandono y proyecta este verano un ciclo de cine español.
La recuperación de ambos espacios demuestra que Tánger, aun siendo muy distinta del esplendor que vivieron Bowles y compañía, sigue siendo amante del séptimo arte.
Esa tradición se mantiene hoy a través de iniciativas como el Festival de Cine Africano de Tarifa-Tánger, que desde hace dos décadas conecta las dos orillas del Estrecho a través de las películas, y la propia Cinémathèque de Tanger, cuya programación incluye cine marroquí, árabe e internacional; tanto comercial como experimental, con apenas cabida en los circuitos comerciales.
El Cinema Rif también desarrolla una labor de conservación y difusión del patrimonio cinematográfico, en un país donde buena parte de las salas de cine han desaparecido o se encuentran en mal estado.
Menos cines y más rodajes
Marruecos, con 37 millones de habitantes, cuenta solo con alrededor de 30 cines en funcionamiento, ubicados en las grandes ciudades de Casablanca, Rabat, Marrakech y Tánger.
Sin embargo, el país africano domina cada vez más la industria cinematográfica. La ciudad marroquí de Ouarzazate lleva décadas siendo escenario cinematográfico gracias a sus desiertos y su ciudad fortificada —allí se ha rodado desde La Odisea hasta Lawrence de Arabia y Gladiator—.
Pero "la mayoría de las películas rodadas en Marruecos nunca se proyectan aquí, y los técnicos, los actores, etc., nunca ven su trabajo", señaló Yto Barrada en una entrevista con la revista Bidoun. "Se hacen entre cinco y diez películas al año, pero en las salas impera la hegemonía habitual de las películas de Hollywood y Bollywood. Algunos distribuidores sí proyectan cine marroquí, pero solo las comedias fáciles y populistas".
Ese desequilibrio entre una producción cada vez mayor y una exhibición todavía limitada no impide que Marruecos siga apostando por convertirse en una potencia internacional del rodaje.
La productora marroquí Khadija Alam está impulsando Argan Studios, una gran ciudad a las afueras de Rabat, diseñada para que las grandes producciones internacionales rueden de principio a fin en Marruecos. El proyecto, previsto para antes de 2030, contará con cuatro platós de entre 1.000 y 4.000 metros cuadrados, y ya está en conversaciones con Netflix, Apple y Amazon.
El sueño de Alami, productora de Homeland y miembro de la Academia de los Oscar, es permitir a África contar "su propia historia, en lugar de verla a través de la mirada del europeo o el estadounidense", y que algún día "las producciones internacionales contraten a directores marroquíes".
