El cine de serie B, como se le llamaba antes, parece haber desaparecido de la gran pantalla, en la que ya solo caben grandes blockbusters de Hollywood o películas de autor. Sin embargo, sigue valiendo la pena ver en el cine esas películas que, sin pretensiones, logran hacernos pasar un buen rato jugando con códigos narrativos que hemos visto muchas veces pero que, bien utilizados, pueden ser muy eficaces.
Renny Harlin, finlandés de origen pero exponente absoluto de ese Hollywood testosterónico que todavía arrasaba en los 90, es un tipo que sabe construir tensión, dar sustos y, sobre todo, montar las secuencias para que sintamos junto al protagonista el miedo.
La jungla de cristal 2 (1990), su película más conocida, tenía el reto de continuar todo un clásico y aprobó el examen. Es más grande, más aparatosa, pero también muy divertida, y lo pasamos tan mal viéndola como el pobre John McClane intentando salvar un aeropuerto del desastre.
Con Sylvester Stallone firmó una joya del cine de acción, Cliffhanger (1993), en la que el mundo del alpinismo daba lugar a escenas trepidantes. Y el precedente más claro de esta En mar abierto es otro de sus grandes éxitos comerciales, la entretenida Deep Blue Sea (1999), en la que unos tiburones modificados genéticamente para la investigación del alzhéimer acababan convertidos en máquinas de matar extraordinariamente inteligentes.
Lo mejor de En mar abierto es que Renny Harlin es fiel a sí mismo. A veces se nota un poco eso de rodar con el palillo en la boca, pero el finlandés más hollywoodiense de la historia sigue sabiendo planificar una buena secuencia de acción, aunque también queda claro que no va a romperse la cabeza intentando innovar.
Hace ya veinte años se estrenó Serpientes en el avión (2006), que iba exactamente de eso. Su título, maravillosamente obvio, se convirtió en parte fundamental de un fenómeno viral alimentado por internet. En este sentido, En mar abierto podría llamarse perfectamente: Hay tiburones y estamos jodidos.
Después de la prodigiosa secuencia del accidente de La sociedad de la nieve, de J. A. Bayona, parece difícil seguir rodando accidentes de avión. Harlin se luce precisamente en esa primera parte, donde homenajea sin pudor al cine de catástrofes de los 70 y 80, en el que primero conocíamos a los pasajeros del avión a punto de estrellarse o a los residentes del edificio a punto de arder y luego tocaba descubrir quién la palmaba.
Ben Kingsley y Aaron Eckhart, dos actores de prestigio, interpretan a los pilotos: el primero sueña con su próxima jubilación y el segundo atraviesa una complicada situación familiar. A su alrededor, un reparto de secundarios reproduce los personajes habituales del género: el pasajero insidioso que fuma como un carretero, unos hermanos que se llevan mal o una pareja en crisis. Si no los mata el accidente, ya se encargarán los tiburones.
En mar abierto aspira a llenar ese espacio de película de aventuras que no plantea grandes preguntas y que, de algún modo, resulta "tranquilizadora": conocemos la fórmula e incluso podemos jugar a adivinar quién morirá y quién sobrevivirá. La película es entretenida y quizá tampoco quiera ser nada más.
