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El cine de terror se ha asociado tradicionalmente con jóvenes y adolescentes, tanto como público ideal como en papeles protagonistas.

La eclosión hormonal, el angst existencial, el miedo a la edad adulta y el descubrimiento del sexo, son motivos sobrados para hacer de los teenagers héroes y villanos ejemplares del género, además de espectadores perfectos, más que dispuestos a celebrar sus oscuros rituales solitarios, de pareja o colectivos en el interior de un oscuro cine o en la sala de estar frente al vídeo. Así fue durante mucho tiempo y, en esencia, las cosas no han cambiado tanto.

Pero en el terror hay sitio para todos. Pese a su aparente edadismo, la pantalla sangrienta siempre ha tenido un hueco para los mayores e incluso les ha concedido espacios propios, que quizá no digan nada demasiado bueno ni de la tercera edad ni de la actitud del cine de terror hacia ella.

Al menos, no se puede acusar al género de prejuicios contra actores y actrices veteranos ya que, de hecho, a menudo ha sido su último refugio. Especialmente para ellas.

¿Qué fue de las viejas brujas malas?

La respuesta es sencilla: se transformaron en estrellas de cine en decadencia. Las protagonistas absolutas de un subgénero del terror y el thriller psicológico, con raíces profundas en la tradición gótica y el Grand Guignol: la hagsploitation (del inglés hag o “vieja bruja” y exploitation o cine de explotación comercial), el territorio de caza de las psycho-biddys: las “viejecitas psicópatas”.

Todo comenzó con ¿Qué fue de Baby Jane? (1962), obra maestra de Robert Aldrich donde Bette Davis, una antigua niña prodigio de Hollywood convertida en muñeca rota (con cara literalmente de muñeca rota) atormenta sádicamente a su hermana parapléjica, una indefensa Joan Crawford. Como nos ha enseñado la miniserie Feud (2017), detrás de la pantalla se desarrollaba un duelo de viejas glorias no muy distinto al retratado por el filme, aunque con menos tintes de horror granguiñolesco.

Bette Davis y Joan Crawford en 'Qué fue de Baby Jane' (1962), la madre de la 'hagsploitation.' Archivo

En realidad, la cosa había empezado mucho antes con una película más prestigiosa aún: El crepúsculo de los dioses (1950) de Billy Wilder. Piedra angular del Hollywood Gótico y retrato melodramático implacable y noir del descenso a la locura y el asesinato de una antigua diva del cine mudo, interpretada por... una antigua diva del cine mudo: Gloria Swanson.

Realidad y ficción se funden y confunden a menudo en la hagsploitation, que se convierte en ácido comentario intertextual de sus propios retorcidos argumentos sobre la vejez, la decadencia, la naturaleza devoradora de la maquinaria de Hollywood y la presión de una industria basada en la belleza, la juventud y el éxito, asociados indisolublemente entre sí.

Gloria Swanson preparada para su primer y último plano en 'El crepúsculo de los dioses' (1950), la abuela de la 'hagsploitation' Archivo

Al tiempo que estas películas explotan sin piedad a sus protagonistas, antiguas estrellas de cine caídas de su pedestal, reinas de la pantalla destronadas por la vejez, exploran y exponen también directa o indirectamente la trastienda del negocio cinematográfico, su lado oscuro, sus prejuicios, misoginia, falta de escrúpulos y crueldad.

La jaula de las locas

Hay algo siniestramente ambiguo en cómo este subgénero del terror se convirtió en refugio macabro de antiguas divas, que no tuvieron más remedio que descender del Olimpo del Hollywood clásico al Hades de la exploitation, agradecidas al tiempo que avergonzadas. Lo que hoy resulta un delicioso delirio camp, repleto de títulos de culto, era entonces el escalón más bajo de la industria al que podían descender las grandes actrices de otro tiempo.

¡Pero cómo se entregaron a ello! Bette Davis protagonizaría Su propia víctima (1963), Canción de cuna para un cadáver (1964), de nuevo a las órdenes de Aldrich (Joan Crawford abandonó el proyecto siendo sustituida por Olivia de Havilland); A merced del odio (1965) y The Anniversary (1968) para la Hammer; y Un grito de horror (1973), ya para televisión. Joan Crawford, El caso de Lucy Harbin (1964) y Jugando con la muerte (1965), ambas de William Castle, el Hitchcock del pobre; Olivia de Havilland repetiría para televisión con The Screaming Woman (1972), según Ray Bradbury…

Joan Crawford en 'El caso de Lucy Harbin' (1964), dirigida por William Castle Archivo

La lista es impresionante: Tallulah Bankhead, Te espera la muerte, querida (1965); Ruth Gordon, ¿Qué fue de tía Alice? (1969); Gloria Grahame, Sangre y encaje (1971); Agnes Moorhead, la sangrienta Dear Dead Delilah (1972), dirigida por el escritor sureño de terror John Farris; Barbara Stanwyck, Amor entre sombras (1964) de Castle; Zsa Zsa Gabor, La muñeca de trapo (1966) de Bert I. Gordon; Lana Turner, la psicotrópica El terrón de azúcar (1968) y El terror de Sheba (1974); Ava Gardner, Sabor de mujer (1970), dirigida por Roddy McDowall en clave de folk horror psicodélico; Elizabeth Taylor, Una hora en la noche (1973) y un largo etcétera de femmes fatales de antaño convertidas en viejas malvadas del momento.

Quien se llevó la palma fue la increíble Shelley Winters: La habitación maldita (1969), ¿Qué le pasa a Helen? (1971) y ¿Quién mató a tía Roo? (1972), estas dos últimas bajo la batuta del maestro del género Curtis Harrington; además de The Devil´s Daughter (1973) y En lo más profundo de la mente (1978), ambas para televisión, donde la metáfora se hace literal, interpretando en ellas auténticas viejas brujas satanistas.

Agnes Moorhead en la sangrienta 'hagsploitation' 'Dear Dead Delilah' (1972) Archivo

Las brujas nunca mueren

Esta galería nocturna de abuelas chifladas, generalmente malvadas, a veces víctimas torturadas, sería rápidamente adoptada como bandera por la mirada queer. La obsesión con la vejez y la pérdida de la belleza, el exceso melodramático, la ironía cómplice, su mezcla de amor/odio por el decadente glamour del viejo Hollywood, convierten a sus personajes en perfectas Drama Queens, modelo para drags y ejemplo destilado del camp.

No es raro que algunos directores de hagsploitation, como el ocasional Roddy McDowall o el habitual Curtis Harrington, fueran gais. Ni que directores como John Waters, George Kuchar o William Clift, abiertamente gais, hayan homenajeado constantemente el género.

Pero, ¿siguen entre nosotros las abuelitas psicópatas? La sospecha de misoginia y edadismo (aunque sea invertido) pesa sobre ellas, en un mundo que hasta cierto punto se ha vuelto matriarcal, mitificando la figura de “La Abuela”. ¿Son aquellas viejas con sus locos asesinatos una pesadilla olvidada del machista pasado del Nuevo Hollywood? ¿O hay algo más profundo, ligado al imaginario colectivo que las hace inmortales?

'Feud' (2010), la realidad no supera a la ficción... pero casi Archivo

Se diría que el actual no es cine para viejas malvadas. Sin embargo, una de las series recientes más aclamadas es Feud, recreación del rodaje de ¿Qué fue de Baby Jane?. Éxitos relativamente modernos como Misery (1990) o La visita (2015) de Shyamalan, ¿qué son sino puestas al día del personaje? De repente, surgen revisiones del género como Torn Hearts (2022), una Baby Jane del country, o Profecía sangrienta (2014), que funde sus tropos con posesiones y falso documental.

¿Qué es sino una old hag en toda regla la bruja de Weapons (2025), que le valiera el Oscar a mejor actriz de reparto a Amy Madigan, estrella casi olvidada de los 80? Si algo enseña el cine de terror, es que nada muere y las psycho-abuelas tampoco. Como alguien dijo una vez: “Mi abuela sobrevivió a dos guerras, tres depresiones y cinco maridos. En esencia es un arma biológica con una manta de ganchillo”. Cuidado con ellas.