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Todo comenzó hace 47 años, en 1979, cuando un par de amigos, Sam Raimi y Robert Tappert, decidieron filmar un corto de terror de 32 minutos, para mostrarlo a fin de despertar interés en posibles inversores. Within the Woods estaba protagonizado por un grupo de colegas compuesto por Bruce Campbell, Ellen Sandweiss, el futuro guionista y productor Scott Spiegel y Mary Valenti.

Rodada con escasos medios pero mucha imaginación, esta pequeña historia de dos parejas de novios de vacaciones en lo profundo del bosque que comienzan a verse acosadas, poseídas y masacradas por entidades demoníacas, tras descubrir que han acampado sobre un viejo cementerio indio, se convertiría en germen del primer largometraje de su director, Sam Raimi: Posesión infernal (1981). Entrega original de la que sería una de las franquicias más longevas del nuevo cine de terror de la década siguiente… Y del siglo XXI.

Posesiones infernales

Contando con dos de los protagonistas del corto, entre ellos un Bruce Campbell destinado a convertirse en carismático actor del género, sinónimo y sinécdoque de la saga, Posesión infernal introducía en su argumento un viejo grimorio que a imagen y semejanza del Necronomicón desataba el horror. Utilizaba también otros recursos lovecraftianos, como la narración encontrada o elementos de horror cósmico y ancestral. Pero, sobre todo, demostraba una imaginación y energía tan intensas como desquiciadas.

Acelerados planos secuencia cámara en mano, simulando una Steadicam que no podían pagarse; travellings imposibles, montados con velocidad sincopada y sonidos estridentes, creando un ritmo de horror histérico angustioso, disimulando las carencias de unos efectos especiales artesanos que, gracias a imaginativas soluciones, resultaban tan convincentes como sangrientos. Rodada en 16 mm, el inflado posterior a 35 daba a la fotografía su característica textura grimosa, feísta y enervante.

Bruce Campbell, en 'Terroríficamente muertos' Renaissance Pictures

El resultado no fue un éxito inmediato, sino una película de culto. Posesión infernal funcionó mejor fuera de Hollywood, reconocida como una obra arriesgada, llena de inventiva y entusiasmo. Pero también fue censurada en Inglaterra, etiquetada con la nefasta X en Estados Unidos e incluso prohibida en varios países, sumándose a otras producciones legendarias del gore moderno como Holocausto caníbal (1980), con la que en realidad poco tenía que ver.

Fue el videoclub lo que transformó una pequeña producción independiente en fenómeno del género. En Inglaterra se convirtió en el estreno de vídeo más visto del año 1983, superando a El resplandor (1980) de Kubrick. Posesión infernal cumplió su cometido, poniendo en el mapa a Sam Raimi y Rob Tappert, que desde entonces no han dejado de trabajar juntos.

La sangre con risa entra

La secuela se haría esperar. Y, cuando llegó, Raimi había decidido dar rienda suelta a su amor por el cine mudo, los cartoons de la Warner y los gags de Los Tres Chiflados. Todo estaba ya presente en la primera, de forma subterránea y casi accidental. Pero, ahora, Terroríficamente muertos, título español terroríficamente estúpido de Evil Dead II (1987), pasaba al ataque, uniéndose a la fiebre por la comedia gore de títulos como El regreso de los muertos vivientes (1985), Re-animator (1985) o Braindead (1992).

Un Bruce Campbell en estado de gracia y más gracioso que nunca retornaba como héroe en una orgía de humor negro, sangre y efectos grotescos, influida por el cine de Hong Kong, que sorprendió a los fans de la primera, convirtiéndoles a la religión del splattstick: una desequilibrada mezcla de sangre y gags.

Pero Raimi quería ir más lejos. El ejército de las tinieblas (1992) llevaba la saga y a su protagonista absoluto, Bruce Campbell, a una Edad Media fantástica, en una comedia de Espada y Brujería, repleta de homenajes a Ray Harryhausen, más cerca de George Pal que del gore, llena de humor grotesco y cinéfago. Crítica y fans se mostraron fríos, y la serie llegó así a su aparente final. Pero en Hollywood nada duerme eternamente, ni siquiera los muertos.

Resurrección

Finalmente, en plena fiebre de remakes de los clásicos del terror moderno, Raimi y Tappert permitieron que Fede Álvarez rodara una nueva versión: Posesión infernal (2013), fiel a la letra pero no tanto al espíritu del original.

Seguiría Posesión infernal: el despertar (2023), firmada por Lee Cronin, resultona y en la misma línea “seria” aportada por el remake. Ahora, llega Posesión infernal: en llamas, firmada Sébastien Vanicek, que nos ofreció antes la simpática Vermin (2023), y que promete más de lo mismo.

A diferencia de la irresistible serie Ash vs. Evil Dead (2015), genuina continuación de la trilogía, poco o nada queda en las nuevas iteraciones de Posesión infernal del espíritu salvaje y fresco original, ya fuera splatter y malsano en la primera, grotesco y divertido en la segunda o fantástico y lúdico en la tercera. Utilizan los tropos de la saga, pero sin aportar mucho más que el deslucido color del cine actual y algo de drama familiar, conservando, eso sí, el gore como seña de identidad.

Pero lo que verdaderamente da miedo no son sus posesiones y efectos sangrientos, sino comprobar cómo el propio Hollywood está infernalmente poseído por los fantasmas y demonios del ayer. Atrapado en un “porsiemprismo”, que diría Grafton Tanner, que apenas deja que disfrutemos del pasado a costa de explotarlo eternamente. Eso sí que es una auténtica posesión infernal.