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Son varias las voces de la industria y de la prensa del cine que se han apresurado a ver en el notable éxito de Backrooms, de Kane Parsons, y Obsession, de Curry Barker, el advenimiento de otro Nuevo Hollywood, similar al que arrancó a finales de los sesenta con películas como Bonnie & Clyde (Arthur Penn, 1967), El graduado (Mike Nichols, 1967) y Easy Rider (Dennis Hopper, 1967).

Según estas aventuradas tesis, en ambos casos estamos ante la aparición de cineastas jóvenes cuya formación es distinta a la de sus predecesores, que llegan a un negocio en el que las fórmulas de éxito tradicionales están en decadencia y que conectan con una nueva generación de espectadores. Aunque los paralelismos están ahí, mirando con atención, resultan un tanto forzados.

Es cierto que Parsons y Barker son jóvenes (22 y 26 años, respectivamente) y que ambos se curtieron en sus propios canales de YouTube antes de dar el salto al largometraje, pero eso no es nada nuevo. De hecho, Dan Trachtenberg, Bo Burnham, David F. Sandberg o los hermanos Philippou ya realizaron este mismo viaje antes. Por tanto, no podríamos hablar tanto de una ruptura, ya que es una vía habitual en los últimos tiempos.

Por otro lado, el hecho de que Mandalorian & Grogu, la enésima aventura de Star Wars, fuera derrotada en su primera semana en la taquilla estadounidense por Backrooms y Obsession, que para más inri habían llegado antes a la cartelera, es un dato llamativo, sin duda, pero ha llevado a lecturas perentorias y maximalistas. Para algunos significaría que estamos ante el colapso definitivo del cine de franquicias que ha vertebrado la industria en los últimos años.

Sin embargo, en el horizonte aparecen películas como Spider-Man: Brand New World o Vengadores: Doomsday que amenazan con arrasar. Quizá el asunto es que nadie demandaba que los protagonistas de la serie The Mandalorian de Disney+ dieran su salto al cine; de ahí el batacazo.

Lo que sí parece cierto es que Backrooms y Obsession han conectado con la Generación Z, a la que pertenecen ambos directores, lo cual en realidad resulta natural.

Según encuestas realizadas a pie de sala por Los Angeles Times, más de la mitad de los espectadores de Backrooms eran menores de 25 años. Pero estudios recientes de empresas respetadas como Comscore vienen describiendo desde hace tiempo una trayectoria ascendente en la asistencia a las salas de los Z, que, además, no le hacen ascos a títulos como Avatar: Fuego y ceniza (2025), dirigido por un boomer como James Cameron.

Así que la comparación entre el Nuevo Hollywood de los setenta y la irrupción de estos dos jóvenes talentos parece algo retorcida, más aún si atendemos a las películas. Si los directores de los setenta revolucionaron los moldes del cine de los estudios introduciendo fracturas formales de las Nuevas Olas europeas, abordando temas candentes de la lucha por los derechos civiles, rompiendo la moralidad imperante con buenas dosis de sexo y violencia explícitos y, en definitiva, tratando al espectador como a personas adultas, poco hay de ese carácter rupturista en Backrooms o Obsession.

De hecho, el caso de Kane Parsons vendría a ser lo contrario de lo que ocurrió en aquellos años: significa la asimilación industrial de un joven talento que, sin apenas medios, había convertido una leyenda urbana de internet sobre espacios liminales, conocida como The Backrooms, en una serie con millones de visitas en YouTube.

Fue James Wan, creador de franquicias como Saw o Insidious, quien acudió a buscar a Parsons a su casa para ficharlo por A24. La película la escribió William Bromell, guionista de la serie Ash vs. Evil Dead, y el tono acabó siendo el de ese terror elevado que caracteriza a la productora y a algunos de sus cineastas, como Oz Perkins.

Incluso ha habido rumores de que hubo un director fantasma durante el rodaje, que habría llevado el peso de la producción, algo que ha sido desmentido por todas las partes. En cualquier caso, el éxito de este filme de terror atmosférico y existencialista ha sido asombroso y extremadamente rentable: el filme apenas costó 10 millones de dólares y ya ha recaudado en todo el mundo más de 250.

Kane Parsons, en el rodaje de 'Backrooms'

Otro asunto es Obsession, un filme auténticamente independiente que llega a las salas españolas este viernes. Curry Barker renunció a presupuestos más elevados para llevar a cabo la película tal como la había concebido y al final la sacó adelante por menos de 1 millón. Hasta la fecha del cierre de esta edición ha recaudado aún más dinero que Backrooms, en torno a 280 millones.

Sin embargo, tampoco podemos decir que Obsession, que llega a las salas este viernes, inaugure nada nuevo. Es una efectiva e impactante película de terror, de la variante ‘deseo concedido que sale mal’.

El protagonista es Bear (Daniel Johnston), un joven sin muchas expectativas en la vida que sueña con atreverse a declararle su amor a la chica de la que lleva enamorado toda su vida. Tras el enésimo intento fracasado, recurre a un amuleto que inesperadamente funciona y cumple su deseo: que Niki le quiera más que nadie en este mundo. Los resultados de tal hechizo serán absolutamente perturbadores.

La película cuenta con todo lo que a Backrooms le falta: personajes interesantes y complejos y una refrescante ironía. Barker da en el clavo al sacar a colación el narcisismo y la inseguridad con la que afrontamos las relaciones románticas en tiempos de Instagram y, además, deja margen para que la conversación y las teorías en torno a lo que aparece en pantalla se disparen tras el visionado.

Curry Barker, durante el rodaje de 'Obsession'

Pero si algo debe destacarse del filme es la más que escalofriante encarnación que realiza la (por poco tiempo) desconocida Inde Navarrete de la (¿animal?) obsesión amorosa de Niki, con justicia una ametralladora de producir memes.

Barker promete, y mucho (ya lo manifestaba en un trabajo previo, un found footage publicado en YouTube, Milk & Serial), y ya ha sido fichado para dirigir un remake de La matanza de Texas. Lo malo es que eso suena al viejo Hollywood de siempre.