Como historiador de la ciencia, uno de mis intereses son las correspondencias de científicos. Las publicaciones, libros y artículos ofrecen resultados —teorías, experimentos, datos...— más o menos acabados, pero son las cartas las que muestran la "trastienda", las ideas esbozadas, esos caminos emprendidos que a nada correcto conducen, la transmisión de información entre colegas, familiares o conocidos.

Además, en esas misivas aparecen con frecuencia detalles personales, que sirven para hacerse una idea más cabal sobre el científico en cuestión, que en su carrera profesional seguramente aparece de manera muy diferente. Me refiero, por supuesto, a la "era anterior a los e-mails".

Dediqué uno de mis libros, Querido Isaac, querido Albert (2023), a una especie de historia epistolar de la ciencia, a través de 76 capítulos protagonizados por científicos que han dejado huella.

En mi biblioteca abundan los libros que recogen correspondencias de científicos. Tres me son particularmente queridas: las de Isaac Newton, Charles Darwin y Albert Einstein. Recuerdo bien el trabajo que en su momento me costó conseguir los siete tomos de la correspondencia de Newton. Ahora se pueden adquirir fácilmente en la edición que Cambridge University Press publica, en rústica, bajo demanda, pero lo que yo quería, y finalmente conseguí, tomo a tomo, son los bellos ejemplares de la primera edición (1959-1977), en tapa dura y papel de calidad.

La correspondencia de Einstein se está reproduciendo, junto a sus publicaciones de todo tipo y manuscritos, en la serie The Collected Papers of Albert Einstein (Princeton University Press). El primer volumen apareció en 1987; reproducía materiales desde 1879 hasta 1902, y lo más destacado de él fueron las cartas que el joven Einstein intercambió con su novia y compañera de estudios en la Escuela Federal Politécnica de Zúrich, Mileva Maric, que, guardadas en entornos familiares, acababan de salir a la luz.

Mostraban que Mileva había tenido una hija de Albert, cuya existencia y cuyo destino, entonces como ahora, era desconocido. Si me disculpan la referencia, diré, con cierto orgullo, que yo entresaqué e introduje esas cartas en un librito, Cartas a Mileva (1990), adelantándome a lo que más tarde también se hizo en otros idiomas.

The Collected Papers of Albert Einstein continúa publicándose: el último tomo ha sido el 17, que cubre el período "junio 1929-noviembre de 1930", años en los que Einstein estaba en Berlín, como miembro de la Academia Prusiana de Ciencias y catedrático sin obligaciones docentes de la Universidad. Habida cuenta de que Einstein murió en 1955 y que, dada su fama, el número de documentos a incluir fue creciendo significativamente con los años, sé que no viviré lo suficiente para ver la serie completa.

Las cartas de Darwin denotan la inmensa red de contactos que estableció para obtener información que le ayudase en sus investigaciones

Diferente es el caso de la correspondencia de Charles Darwin, pues en 2023 se publicó el último tomo, el 30 (716 páginas). El primero (1821-1836) apareció en 1985.

La empresa, a cargo de Cambridge University Press, ha sido extraordinaria, con más de 15.000 cartas publicadas y anotadas, escritas por el propio Darwin o dirigidas a él. Un detalle que denota no tanto su dimensión pública, mucho menor que la de Einstein, sino la inmensa red de contactos que estableció para obtener información que le ayudase en sus investigaciones. (Los escritos y cartas de Darwin se encuentran online en www.darwinproject.ac.uk).

El último volumen está dedicado a cartas fechadas en 1882, el año en que falleció, el 19 de abril. Y también el año en que se publicó su último libro, Earthworms (existe traducción al castellano: La formación del manto vegetal por la acción de las lombrices, KRK 2009). En realidad, solo parte del libro está dedicada a ese año, pues también se incluyen cartas anteriores que aparecieron después de haberse publicado los volúmenes a los que corresponderían.

Activo hasta casi el final de sus días, el 10 de abril Darwin escribía al geólogo norteamericano J. E. Todd: "Estimado señor, Espero que excusará la libertad de que, como un extraño, yo le pida un favor. He leído con inusual interés su muy interesante artículo en American Naturalist sobre la estructura de las flores de Solanum rostratum y le estaría muy agradecido si me enviase algunas semillas en una pequeña caja...".

Ya estaba entonces muy debilitado y nueve días después falleció. El 20 de abril, su esposa, Emma, informaba a uno de sus más queridos amigos, el botánico y director del Real Jardín Botánico, en Kew, Joseph Dalton Hooker: "Mi querido Sir Hooker, Nuestras esperanzas resultaron falaces y la noche del martes llegó un ataque de dolor acompañado de pérdida de conocimiento. Fue terrible hasta que todo terminó (unas 15 horas), pero el debilitamiento, la enfermedad y el agotamiento fueron peores que el dolor, que deseo nunca fuera muy violento. Él le quería más que a cualquier otro, aparte de su familia, y estoy seguro de que usted correspondía a su afecto. No puedo imaginar lo que será la vida sin él, pero a pesar de todo pienso que con mis hijos vale la pena".

Esta carta finaliza la parte correspondiente a 1882 de este trigésimo volumen, pero entre las cartas que han ido apareciendo y que forman el resto del libro, se encuentran auténticas joyas.

Como una extensa carta que Charles Lyell, el padre de la geología moderna, dirigió a Darwin el 1 de septiembre de 1874, seis meses antes de que su autor falleciera. La carta, que contiene las opiniones de Lyell sobre la oración y la vida después de la muerte, fue suprimida por su cuñada, Katherine, en la obra que ella misma editó, Lyell. Life, letters and journals (1881), algo que se repite con cierta frecuencia, como fue el caso de los pasajes que la esposa e hijos de Darwin suprimieron de la Autobiografía que este había dejado preparada.

Afortunadamente, un borrador de la carta de Lyell se descubrió poco antes de que el tomo 30 se completase. "Fácilmente —escribía— puedo concebir una mente omnipresente y omnisciente coexistente con Materia y Fuerza, y como ellas indestructible, pero como Greg [William Rathbone Greg en su libro Enigmas of life (1872)] dice, incluso tal Deidad acaso no sea omnipotente, y como Tyndall dice, todo esto nos lleva a lo desconocido e incomprensible, y no debo hacer de usted mi padre confesor, especialmente sin permiso, pero excusará a un viejo amigo."

Reflexiones de un tiempo ya antiguo, pero que nunca desaparecen.