La semana pasada traté de la importancia de la visión, de los ojos, en la vida que ha surgido en la Tierra. Pero es obvio que la vista solo es uno de los cinco sentidos clásicos que conocemos. Los cuatro restantes son, como es bien sabido, oído, olfato, gusto y tacto.

La importancia que damos a la visión radica en el destacado papel que desempeña en nuestra especie, pero recordemos que únicamente somos una entre millones que existen y han existido. Recientemente, según la neurociencia hay dos sentidos más: la interocepción y la propiocepción, es decir, la información de lo que sucede dentro de nuestro cuerpo, en nuestros órganos, y la información de cómo está mi cuerpo fuera, mi postura, mis gestos, respectivamente.

Es posible, incluso, argumentar que poseemos otro tipo más de "sentido", el que surge de la actividad de nuestro cerebro, que se nutre, evidentemente, de los sentidos tradicionales: el pensamiento simbólico, "la capacidad de representar algo ausente" —como lo definía Jean Piaget—, de imaginar, "vivir" y "sentir" de alguna manera situaciones, imágenes, personas…, sin que estas posean realidad actual, capacidad de la que dependen fuertemente la escritura y formas de arte como la música y la pintura.

Sin el pensamiento simbólico eso que llamamos "cultura" difícilmente existiría. El pensamiento simbólico es la facultad que mejor y más distingue a los humanos del resto de la vida terrestre, y esto sin negar que en otras especies también puede existir; los chimpancés son un ejemplo de semejante posibilidad, lo que no es sorprendente si tenemos en cuenta las enseñanzas del darwinismo, de la evolución de las especies, que ha ido creando formas, funciones y facultades en las diferentes manifestaciones de vida.

Pero regresemos a los sentidos tradicionales. En mi artículo anterior me concentraba en la visión, pero pensemos en Venus, después de Mercurio, el segundo planeta del Sistema Solar más cercano al Sol. La atmósfera venusiana, unas 90 veces más densa que la de la Tierra, compuesta principalmente por dióxido de carbono —como descubrió y explicó Carl Sagan en su tesis doctoral—, rodeada de nubes de ácido sulfúrico y con temperaturas de hasta 465 grados centígrados en su superficie, hace pensar que será difícil que exista vida allí. Es un ejemplo supremo de efecto invernadero.

No obstante, si existiera vida, dada esa densidad, probablemente la visión, en el rango de las frecuencias humanas, no sería para ella el sentido más importante. Más claros son los ejemplos de dos de las lunas de, respectivamente, Saturno y Júpiter, Encélado y Europa, que albergan océanos bajo unas capas de hielo de kilómetros de espesor. Si existe algún tipo de vida en esos océanos, al estar cubiertos de hielo poca luz les llegará, lo que significa que es difícil pensar que la visión desempeñe algún papel relevante en ella.

Me limitaré, sin embargo, a la vida que se conoce en la Tierra, con los sentidos clásicos siempre limitados a determinados rangos.

Si pensamos en los olores que nuestro olfato reconoce, sabemos que nos puede ayudar, por ejemplo, a orientarnos en una habitación a oscuras, a reconocer qué flores forman un ramillete, a saber de qué vino se trata, aunque en este caso es otro sentido, el del gusto, el más preciso.

Ahora bien, ¿qué son los olores? Son química, moléculas volátiles que llegan a la nariz desde un emisor que las desprende. Pero, recurriendo a las palabras de mi admirado entomólogo, biólogo, ecólogo e incluso, diría yo, algo filósofo, Edward O. Wilson (1929-2012) en uno de sus numerosos libros, El sentido de la existencia humana (Gedisa, 2016), "en lo que a quimiorrecepción se refiere, somos unos imbéciles. En comparación, casi todos los otros organismos son unos genios. Más del 99 % de las especies de animales, plantas, hongos y microbios dependen exclusivamente o casi exclusivamente de un conjunto de sustancias químicas (feromonas, de las que las hormigas son grandes "usuarios") para comunicarse con miembros de su misma especie. También reconocen otras sustancias químicas (alelomonas) para identificar especies distintas que podrían ser presas, depredadores o simbiontes".

Poseemos otro tipo de “sentido”, el que surge de la actividad de nuestro cerebro: el pensamiento simbólico

En cuanto al oído, el receptor de sonidos, aunque los humanos somos capaces de percibir una gran variedad, tenemos limitaciones: no podemos, por ejemplo, oír el gorjeo de los murciélagos, que a ellos les sirve para ecolocalizar obstáculos y presas voladoras; son ultrasonidos, demasiado agudos para nuestros órganos, al igual que los infrasonidos, que tampoco están a nuestro alcance —son demasiado bajos—, aunque sí para animales como los elefantes o las ballenas.

Simplemente, el tono en que se emiten esos sonidos está fuera de nuestro espectro audible, una banda de frecuencias estrecha entre los ultrasonidos y los infrasonidos.

Parecido es el caso de la visión. Solo podemos percibir el denominado "espectro visible" de la luz (una onda electromagnética), lo que deja fuera, por ejemplo, al ultravioleta, que insectos, como las abejas, sí distinguen. Tampoco podemos ver el infrarrojo, pero sí sentir su calor, mientras que otros animales, como las serpientes, sí detectan ese rango. Del tacto y el gusto no diré nada, pues en general no implican las diferencias entre especies que he señalado.

La conclusión de todo lo anterior es que imágenes de extraterrestres del tipo que comentaba Dawkins en La magia de la realidad, a los que no les faltan ojos, son muy limitadas. Existe "ahí fuera" un mundo biológico muy diferente al nuestro. Diferente y, en numerosos aspectos, más sofisticado y variado.

Sucede con este mundo lo mismo que ocurrió con el estudio del universo, limitado durante milenios a las observaciones realizadas con los ojos humanos —es decir, dentro del rango del espectro visible—, amplificadas con telescopios a partir de Galileo.

No fue hasta la década de 1930 cuando el conocimiento del universo se amplió con la radioastronomía, que utiliza instrumentos —como las antenas parabólicas— capaces de detectar ondas en la región radio del espectro electromagnético, con longitud de onda mayor que la de la luz visible.

Luego llegaron otros tipos de astronomía, según el rango del espectro recibido: la ultravioleta, la infrarroja, la de rayos X o la de rayos gamma. Sin ellas nunca habríamos podido saber de la existencia de cuásares, púlsares, centros galácticos, formación de estrellas o estudiar las emisiones de supernovas y el entorno de los agujeros negros. Seríamos ciegos a un mundo increíblemente rico.