Como tantas otras personas cuya profesión y vocación les lleva a leer y tener muchos libros, mi biblioteca supera el número que puede acoger mi domicilio madrileño. Afortunadamente, tengo otra casa en el campo, en la que paso buena parte del verano. Y en ella está otra parte de mi biblioteca.

Entre los muchos libros que tengo allí, no pocos de ellos olvidados, este año me he detenido en uno que sí recordaba pero que dejé pasar año tras año sin leer, y eso que su autor es el muy célebre Richard Dawkins, de cuyo, por cierto, famoso El gen egoísta se han cumplido este año los cincuenta de su publicación (para celebrarlo, Oxford University Press ha realizado una edición conmemorativa, a la que Dawkins ha añadido un epílogo y un nuevo apéndice).

El libro que no leí en su día se titula La magia de la realidad, y lo publicó Espasa ¡en 2011! Lleva un subtítulo engañoso, "Pequeña historia de la ciencia", y digo engañoso porque es, ciertamente, tan pequeña que merecería otro subtítulo. Eso sí, las ilustraciones de Dave McKean son magníficas y la edición de Espasa, espléndida. Finalmente, este año me animé a leerlo.

Como cabría esperar habida cuenta del currículum del autor, son numerosos los comentarios destinados a socavar "explicaciones" basadas en alguna religión. Una de las tácticas que emplea Dawkins para lograr esto es detenerse con frecuencia en los numerosos mitos que los humanos hemos inventado para interpretar todo tipo de fenómenos.

Así cuenta, por ejemplo, que ciertas tribus del África occidental creían que vivían en la cima de una cabeza gigantesca; los bosques eran el cabello y la gente y los animales como pulgas que se movían por esa cabezota. Los terremotos se producían cuando el gigante estornudaba. Aprovechando esta circunstancia, Dawkins dedica después un capítulo a "Qué son realmente los terremotos". Y, por supuesto, no olvida detenerse en los milagros a los que tanto ha recurrido la religión católica.

Pero lo que más me ha interesado y dado que pensar de ese libro son unas páginas en las que se pregunta: "Si hay criaturas vivas en otros planetas, ¿qué aspecto tendrán?". Señala que, en las obras, literarias o cinematográficas, de ciencia ficción con frecuencia aparecen seres a los que no les suelen faltar los ojos, aunque solo sea uno.

Gracias a la película dirigida por Christopher Nolan, se habla mucho de la Odisea, ese gran poema épico en el que Homero narra el viaje que Ulises —Odiseo en griego clásico— emprende después de abandonar una Troya ya destruida, para regresar a Ítaca, la isla en la que dejó a su esposa, Penélope, y a su hijo, Telémaco.

Es posible que los extraterrestres tengan una relación estrecha con la luz. Y donde hay luz, es razonable pensar que se han desarrollado los ojos

Uno de los episodios más conocidos de esta memorable obra es el de la llegada de Ulises a la tierra de los Cíclopes, "los soberbios, los sin ley; los que, obedientes a los inmortales, no plantan con sus manos frutos ni labran la tierra, sino que todo les nace sin sembrar y sin arar: trigo y cebada y viñas que producen vino de gordos racimos; la lluvia de Zeus se los hace crecer".

Cuando se deciden a explorar la cueva en la que habitaba uno de aquellos cíclopes, Polifemo, aprovechando que este no se hallaba allí en aquel momento, encuentran canastos "que se inclinaban bajo el peso de los quesos", y establos llenos de corderos y cabritillos.

Pero Polifemo regresa, los atrapa, cierra la cueva y se va comiendo a los compañeros de Ulises hasta que, siguiendo una idea de este, toman una "aguda estaca de olivo y se la clavaron arriba en el ojo". Y es aquí a donde quería llegar, a que el cíclope imaginado por Homero tiene un único ojo (para el resto de la historia, lean por favor, la Odisea, no se conformen con la película).

Y así retorno a Dawkins, y a su pregunta sobre cómo serán los extraterrestres, si es que existen, algo que él cree que sí. Supone que como la vida se da en planetas, y estos —salvo algún peregrino que haya escapado, cual cometa itinerante, de su atracción— orbitan en torno a una estrella, de la que reciben la energía que necesitan, es muy posible que esas formas extraterrestres de vida tengan una relación muy estrecha con la luz que emite la estrella en cuestión.

"Y donde haya luz —añade— es razonable pensar que se hayan desarrollado los ojos, porque resultan muy útiles". Ahora bien, explica, "hay unas pocas formas de crear un ojo". Una de ellas es la conocida "cámara oscura", que sin necesitar una lente produce imágenes invertidas (lo cual no es un problema, pues el cerebro lo "corrige").

El problema con estos "ojos" es que el agujero por el que entra la luz debe ser pequeño, lo que significa que pasará poca luz y la imagen será muy pequeña… salvo que el planeta reciba mucha más luz que en el caso de nuestro Sol, pero si sucede esto también la temperatura será muy elevada, lo que no facilita las formas de vida imaginables. En cualquier caso, entonces los alienígenas deberían tener ojos muy diminutos, "como agujeros de alfiler".

Una solución mejor es la que ha desarrollado la vida animal terrestre, con una lente biconvexa y elástica, el cristalino, que enfoca los rayos de luz sobre la retina, tejido tapizado de células sensibles a la luz que se comunican con el cerebro. Todos los vertebrados tienen este tipo de ojo, incluso moluscos cefalópodos, como los pulpos, tienen ojos.

Diferentes, pero existentes, son los ojos de otras especies. Por ejemplo, la retina de los ojos de las arañas saltarinas en lugar de estar forrada de células fotosensibles, está compuesta de varias capas, alguna de las cuales forma una imagen borrosa, permitiendo este desenfoque determinar la distancia al objeto. También existen los ojos compuestos de algunos insectos, como las moscas, formados por miles de unidades minúsculas que mandan señales al cerebro, lo que les permite reconstruir la imagen.

Por supuesto, a estas alturas, visto lo que les estoy contando, ustedes, apreciados lectores, estarán pensando que la luz es importante para las posibles formas de vida, sí, pero que no es nuestro único sentido. Tienen razón, así que seguiré con este asunto la próxima semana.