Termina el verano, las vacaciones —para los que hemos podido tomárnoslas—, y nos ha mostrado, no, perdón, ha constatado, que el cambio climático va en serio, y parece que acontece con mayor rapidez de lo que se pensaba.
La inagotable cháchara de que todavía hay tiempo para frenarlo, las reuniones, congresos, propuestas de acuerdos, e incluso los acuerdos ya tomados de reducir las emisiones del principal gas de efecto invernadero, el dióxido de carbono, de poco, o de nada, han servido.
Como siempre, la política, la geopolítica, manda, y vivimos una época esta que se encuentra dominada por bocazas mendaces sin moral ni principios (que no sean los, siempre cambiantes, propios), por rufianes poderosos, y por gobernantes que muestran poco apego a la vida humana de "los otros".
Sin olvidar a la pequeña clase oligárquica, ultrarrica y que controla una parte cada vez mayor de los medios de información y comunicación, cuyo poder compite, si no supera, con el de los gobiernos, algunos de cuyos miembros están más interesados en colonizar (?) Marte que en hacer de la Tierra un planeta más habitable. ¿Quién, salvo algún historiador o curioso, se acuerda, por ejemplo, del protocolo aprobado en Kioto en diciembre de 1997, uno de cuyos acuerdos era que las emisiones de dióxido de carbono deberían reducirse un 7 % por debajo de los niveles de 1990?
Según la Agencia Internacional de Energía, las emisiones de CO2 en 2024 aumentaron un 0,8 %, lo que ha contribuido a que su concentración en la atmósfera haya alcanzado niveles de récord, 422,5 ppm (partes por millón), un valor un 50 % más elevado que los niveles preindustriales, y esto pese a que las emisiones de procesos industriales disminuyeron un 2,3 %, no así las de consumo de fuel, que crecieron un 1 % (algo tendrán que ver, ¿no?, las caravanas de vehículos particulares que se forman al comenzar o finalizar vacaciones, puentes o incluso fines de semana).
En la antigua Grecia se formuló una teoría, que culminó Empédocles, filósofo y político de la ciudad siciliana de Agrigento, según la cual la "realidad", el cosmos, está formado por cuatro elementos básicos: aire, agua, fuego y tierra, una teoría razonable a falta de instrumentos que tardarían mucho en ser imaginados y desarrollados, y que dominó la química durante prácticamente dos mil años.
La tierra que pisamos y que forma la esencia del planeta en el que vivimos, el aire que respiramos, el agua que necesitamos para sobrevivir, y que forma en torno al 70 % de nuestros cuerpos, y el fuego que nos protege del frío y con el que elaboramos muchos de nuestros alimentos.
Pero este verano ha sido el fuego el que ha adquirido un protagonismo que ya se había anunciado hace tiempo, y que es previsible que, lejos de reducirse, se intensifique en los años venideros, años de calor y sequedad. Yo mismo, en uno de los viajes que tuve que realizar a Madrid desde el lugar segoviano en el que paso el verano, me vi forzado a atravesar zonas de humaredas muy cercanas a un incipiente, posteriormente imponente, incendio.
No parece que exista refugio ante el calor asociado al cambio climático. Ya no se trata solo de regiones o mares más meridionales —el Mediterráneo, por ejemplo, ha registrado temperaturas del agua de 33 grados centígrados—. Es que, en la región ártica, al norte de Rusia, una zona famosa por su frío extremo, se han alcanzado frecuentemente este julio temperaturas de algo más de 32 grados centígrados.
Se estima que cada centímetro de aumento del nivel del mar puede desplazar millón y medio de personas
Concretamente, en la estación meteorológica siberiana de Selagoncy, cerca del borde del Círculo Ártico, se ha llegado a registrar una temperatura de 33,9 grados. Algunos estudios sugieren que el Ártico se está calentando más rápidamente que el resto del planeta, posiblemente por un efecto de retroalimentación debido a la pérdida de hielo.
Estamos viendo ríos europeos caudalosos, como el Rin, a un tercio de su volumen medio. En Zúrich, por ejemplo, no han sido infrecuentes los días en que las temperaturas igualaban o superaban a las de Madrid. Y, a semejanza de prácticamente todas las ciudades del centro y norte de Europa, no está preparada para combatir el calor en viviendas, oficinas y otros locales.
Una de las características del cambio climático es el comportamiento con frecuencia errático del clima. Las lluvias torrenciales coexisten con sequías. El hielo, ese almacén helado de agua, está abandonándonos para retornar a la condición primordial que le adjudicó Empédocles. Agua y sequías pueden convivir.
Tras nueve años de investigaciones sobre el movimiento de los glaciares antárticos, en especial el del glaciar Pine Island, científicos del Instituto Tecnológico de California han encontrado, utilizando datos procedentes de satélites, que después de que una parte de él se desprendiera en 2017, la velocidad con la que el resto se desplaza hacia el océano ha aumentado un 20 %.
Este hecho es muy relevante puesto que, finalmente, el hielo de estos glaciares a la deriva termina derritiéndose, contribuyendo así al aumento del nivel del mar. Y si tenemos en cuenta que un tercio de la población mundial vive a una distancia de la costa similar a la que una persona normal puede andar en un día, la conclusión es obvia: el nivel creciente del mar representa una seria amenaza global.
Se estima que cada centímetro de aumento puede desplazar millón y medio de personas, y los estudios actuales indican que a finales del presente siglo el nivel marino habrá crecido entre medio y un metro, lo que significa que cientos de millones de personas, y un número indeterminado de otras especies, se verán obligadas a desplazarse, si no se adoptan medidas parecidas a las que tomaron hace siglos los Países Bajos, algo extremadamente complicado en general, imposible en prácticamente todas las islas.
Tierra, aire, agua y fuego no son, lo sabemos ya muy bien, los componentes últimos de la materia, pero aún hoy, y más en el futuro, constituyen los pilares sobre los que se asienta la humanidad. Como el cambio climático ya está aquí, deberíamos aprender a adaptarnos a él y a tomar medidas para no empeorarlo más. Si no es por nosotros, por las generaciones que vendrán, que, con toda justicia, podrán calificarnos como "asesinos del futuro".
