No se me olvida que ya dediqué uno de mis artículos al eclipse total de Sol que tendrá lugar este miércoles 12 de agosto, pero como se trata de un acontecimiento excepcional quiero volver a él en este, mi último escrito antes del parón vacacional.
Y excepcional es, ciertamente, para los residentes en España: el último eclipse total que se pudo contemplar desde la península ibérica tuvo lugar en 1912, pero la totalidad se mantuvo escasos segundos y en una zona muy restringida.
Muy diferente fue el anterior, el del 30 de agosto de 1905, que duró casi cuatro minutos. De manera que ha transcurrido más de un siglo para que los españoles peninsulares tengamos esta oportunidad. Remarco lo de "peninsulares" porque en las islas Canarias sí se pudo ver uno en 1959.
Es razonable, por consiguiente, bautizar al actual verano de 2026 como "el del eclipse". Un fenómeno que, tal vez, recordarán muchos, sobre todo los más jóvenes cuando en su ancianidad rememoren acontecimientos de su entonces ya lejano pasado, más aún teniendo en cuenta que el próximo eclipse total no tardará tanto en poder ser observado: se producirá durante la mañana del 2 de agosto de 2027, con una franja de totalidad que atravesará el estrecho de Gibraltar de oeste a este cubriendo el extremo sur de la península y el norte de África, incluyendo ciudades como Cádiz, Málaga, Ceuta y Melilla.
La totalidad del eclipse del 12 de agosto solo se podrá observar en una franja que va de noroeste a sureste, de unos 290 km de ancho, con límites entre A Coruña y Santander-Bilbao, hasta las islas Baleares.
La experiencia de observar un fenómeno planetario como este es impactante, sí, pero animo a mis lectores a que vayan más allá de la mera observación, y profundicen en los numerosos apartados vinculados a los eclipses.
Para ello, aconsejo la lectura de un libro magnífico, bella y ampliamente ilustrado: Eclipses. El Sol y sus eclipses en la ciencia, la historia y las artes (Geoplaneta-Ministerios de Ciencia, Innovación y Universidades, y de Transporte y Movilidad Sostenible-CSIC-Instituto de Astrofísica de Canarias-Instituto Geográfico Nacional, 2026; existen dos ediciones, una de formato grande y tapa dura, y otra en rústica), coordinado por Rafael Bachiller, director del Observatorio Nacional.
Cubierta de 'Eclipses' (geoPlaneta, 2026)
En él, y de la mano de un conjunto de especialistas, se abordan apartados de características diversas. Por una parte, los propios de la astronomía-astrofísica, como son los que explican lo que los eclipses permiten averiguar acerca del Sol, las observaciones que se realizan del eclipse desde la Tierra y desde el espacio, o la compleja dinámica –un auténtico "baile" planetario– de los movimientos del sistema Sol-Tierra-Luna, un apartado este de la mecánica celeste, rama de la astronomía teórica, que cultivaron astrónomos y matemáticos de la talla de Ptolomeo, Kepler, Newton, Lagrange, Laplace, Le Verrier, Adams, Poincaré, Liapunov y Einstein.
En otros capítulos se relata la fascinante historia de los eclipses, especialmente de los que acontecieron en España, pero también en América, al igual que se explican otros tipos de eclipses en el Sistema Solar.
En la literatura abundan los casos de presencia de eclipses. Por ejemplo, Milton en 'El paraíso perdido' o el episodio de Tintín en 'El Templo del Sol'
En realidad más que eclipses, en el sentido que se adjudica a este término, se trata de ocultaciones de una pequeña fracción del disco solar, en las que se ve pasar un planeta lejano, situado entre la Tierra y el Sol, por delante de este: es lo que se denomina "tránsito".
De los tránsitos se pueden obtener informaciones valiosas; por ejemplo, en el caso de Mercurio, las observaciones realizadas durante el siglo XIX mostraron que el movimiento del perihelio –el punto de la órbita de un planeta más cercano al Sol– no coincidía con lo que se deducía utilizando la mecánica newtoniana. Sería la teoría de la relatividad general desarrollada por Albert Einstein en 1915, la que daría el mismo resultado que el observado.
También en sistemas formados por dos estrellas que orbitan entre sí (más de la mitad de las estrellas de nuestra galaxia forman parte de sistemas binarios o múltiples) se producen eclipses-tránsitos, que permiten estudiar algunas de las características de los dos astros. Y más interesantes aún son los tránsitos de exoplanetas, que solo es posible detectar cuando pasan delante de una estrella.
El arte pictórico y la literatura no han sido ajenos a los eclipses. Entre mis cuadros favoritos sobre el tema se encuentran Crucifixión con eclipse de Sol, pintado en 1907 por Egon Schiele, y Eclipse del Sol (1975) de Roy Lichtenstein, ambos magníficamente reproducidos en el libro dirigido por Rafael Bachiller.
No debe sorprender que Schiele escogiera la crucifixión de Jesús como tema, porque, como bien explica Miguel Querejeta en el capítulo con que contribuye a Eclipses ("Los eclipses en el arte y la literatura"), los evangelistas Lucas, Mateo y Marcos hablaron "de una oscuridad que inundó toda la tierra durante las horas que precedieron a la muerte de Cristo", lo que, añade Querejeta, además de ser una exageración –ningún eclipse dura tanto– habría sido imposible si "la crucifixión tuvo lugar durante la Pascua que, según la tradición judía, coincide con la luna llena [que se produce cuando la Tierra se halla entre el Sol y la Luna], lo que hace astronómicamente imposible que ocurriera un eclipse solar la misma semana".
En la literatura abundan los casos de presencia de eclipses. Por ejemplo, John Milton en El paraíso perdido (1667) comparó la gloria del ángel caído con cuando el Sol, "colocado tras la Luna en un sombrío eclipse, esparce un crepúsculo funesto sobre la mitad de los pueblos".
Pero en este período veraniego vacacional, quiero despedirme de ustedes, amigos lectores, hasta septiembre, refiriéndome a uno de los episodios de mi querido Tintín, El Templo del Sol, de Hergé –con orgullo ostento el honor de ser "Tintinófilo del año 2016" que me otorgó la asociación ¡Mil Rayos!–.
Allí, cuando Tintín, el profesor Tornasol y el Capitán Haddock están a punto de ser quemados por orden del inca "Hijo del Sol" –su crimen había sido descubrir la entrada del Templo del Sol, y la luz de éste encendería la hoguera–, Tintín juega con la supuesta ignorancia de los incas sobre los eclipses solares y la proximidad de uno (aunque en realidad, los incas sí que sabían lo que eran los eclipses). Y, claro, así se salvan.
Feliz verano, amigos.
