Aproximadamente el 71 por ciento de la superficie terrestre está cubierta de agua. Básicamente se trata de los océanos y mares —de los que muchos disfrutarán este verano—, y no hace falta ser muy perspicaz para imaginar la inmensidad de manifestaciones de vida que contiene, la variedad de estructuras geológicas y cartografía de sus fondos, o los movimientos de agua que se producen en ellos.
Es probable que las primeras formas de vida surgieran en fumarolas calientes de fondos marinos, y recordemos que estamos emparentados con esas especies marinas que poco a poco acomodaron sus estructuras y biología para adentrarse en la tierra.
Es difícil encontrar algún lugar "de tierra" que no haya sido hollado por pies humanos, a diferencia de océanos y mares, aunque esta circunstancia cambió mucho a lo largo de la segunda mitad del siglo XX y lo que llevamos del XXI.
El gran divulgador de la naturaleza David Attenborough, que en mayo pasado cumplió cien años, se refería a esto en el libro que ha escrito en colaboración con Colin Butfield, Océano. El último refugio salvaje de la Tierra (Crítica, 2025): "He tenido la gran fortuna de vivir casi un siglo. En este tiempo los seres humanos hemos descubierto más cosas sobre nuestros océanos que en cualquier otro período de la historia. Las ciencias del mar han revelado maravillas naturales que un muchachito de la década de 1930 jamás habría imaginado. Las nuevas tecnologías nos han permitido filmar unos comportamientos de la vida salvaje que ni siquiera habría soñado grabar en las etapas tempranas de mi carrera".
No es mi intención detallar aquí los problemas que están afectando a océanos y mares, cuestiones como la desaparición de especies, el calentamiento del agua y cómo afecta esto a las corrientes que contribuyen a moldear el clima, o la contaminación que están sufriendo, una de cuyas manifestaciones es la formación de "islas" de desechos plásticos. Pero sí quiero comentar la referencia de Attenborough a las "nuevas tecnologías" que se han desarrollado en oceanografía.
Inicialmente cabe destacar la aportación de la Marina de Estados Unidos, que apoyó numerosas investigaciones, entre ellas la mayoría de los desarrollos que condujeron posteriormente a la teoría de la tectónica de placas.
Los motivos de este apoyo residían en la creciente importancia militar y geopolítica de los submarinos y el papel que desempeñaron poco después del final de la Segunda Guerra Mundial en la política nuclear de las grandes potencias (Estados Unidos, Unión Soviética, Francia, Reino Unido y después también China), que hizo de los océanos un posible frente de guerra durante la Guerra Fría.
Es importante la contribución de Carl Wunsch para crear un sistema de observación global de los océanos
Era necesario, por consiguiente, conocer bien la orografía de los fondos marinos y las corrientes, pero entender también los efectos que condiciones como la salinidad, temperatura, corrientes, profundidad e incluso vida marina podían tener en la utilización de los sonares. Así que la Oficina de Investigación Naval de la Marina estadounidense apoyó con generosidad a tres laboratorios: las Instituciones Oceanográficas de Woods Hole, en Massachusetts, y Scripps, en San Diego (California), y el por entonces recientemente creado Observatorio Geológico Lamont, de la Universidad de Columbia (Nueva York).
Con ese apoyo financiero estos centros emprendieron una serie de expediciones, entre 1945 y 1970, en las que reunieron una cantidad enorme de datos sobre la estructura de los fondos marinos, las propiedades químicas y físicas de las aguas oceánicas, las interacciones aire-mar, la generación de corrientes y olas y la temperatura de los océanos.
Con el tiempo surgieron nuevas instituciones oceanográficas en diversos países. Pero lo que supuso un enorme avance son las observaciones obtenidas desde el espacio vía satélite a partir de la década de 1970, y el aumento de la capacidad de computación de datos, incluyendo sistemas informáticos que permiten analizar las ecuaciones que rigen la dinámica de fluidos con la química y los procesos biológicos asociados.
En realidad, y aunque me he referido a la tecnología, siempre necesaria, la oceanografía es una rama de la ciencia en la que la dinámica de fluidos desempeña un papel central, y en cuyo desarrollo aparecen nombres importantes de la historia de la ciencia, como, por ejemplo y limitándome a los fluidos acuosos, Blaise Pascal, Daniel Bernoulli, Leonhard Euler, Claude Louis Navier u Osborne Reynolds.
La última edición, la XVIII, de los Premios Fronteras del Conocimiento de la Fundación BBVA —que en algunas de sus categorías es casi una antesala del Nobel, por el número de galardonados que lo han obtenido posteriormente—, en la categoría de "Cambio climático y Ciencias del Medio Ambiente, ha reconocido las aportaciones de Carl Wunsch (1941), catedrático emérito de Oceanografía Física en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT).
En su comunicación, el jurado señaló que Wunsch "no solo desarrolló herramientas metodológicas innovadoras para analizar el estado del océano en el contexto del cambio climático. Además, lideró proyectos científicos pioneros a escala global que lograron medir con precisión los efectos del calentamiento en los océanos de todo el planeta."
Las aportaciones puramente científicas realizadas por el profesor Wunsch son muy numerosas, pero a modo de ejemplo, mencionaré la tomografía acústica oceanográfica que desarrolló en las décadas de 1970 y 1980 junto a Walter Munk (1917-2019), una técnica similar a la de una radiografía médica y a la de las imágenes sísmicas del interior de la Tierra. Pero en este caso es una técnica basada en ondas de sonido, y es "tomográfica" porque crea imágenes utilizando "secciones" de columnas de agua.
Pero aún más importante es su contribución a la puesta en marcha de un sistema de observación global de los océanos que incluye a laboratorios públicos y privados, organismos gubernamentales e intergubernamentales. Un sistema que, como él mismo reconoció en el discurso que pronunció en Bilbao al recibir el premio el 18 de junio, "es incompleto: buena parte de los océanos —en particular, sus profundidades— apenas se han observado".
Quiero terminar este artículo con las mismas palabras con las que Wunsch finalizó su intervención: "Las observaciones confirman que el cambio climático es real y que está poniendo en muy grave peligro a la civilización y al medio ambiente en general. El reto al que nos enfrentamos todos es documentar y comprender estos riesgos, prepararnos para hacerles frente y no tolerar las necedades científicas y políticas que están destrozando el mundo".
Palabras estas que no deberíamos olvidar.
