El 5 de diciembre de 1897 Santiago Ramón y Cajal leía el discurso que le habilitaba para ocupar la plaza —la medalla número 17— para la que había sido elegido el 11 de diciembre de 1895 en la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales.
Él mismo explicaba en su autobiografía, Recuerdos de mi vida (1901, 1917; Crítica, 2006), cómo había sido elegido: "Uno de los más conspicuos académicos, a la sazón llegado de Berlín, contó a sus compañeros que el gran Virchow, entonces en todo el esplendor de su gloria, habíale sorprendido con una pregunta a la que no pudo responder: '¿En qué se ocupa ahora Cajal? ¿Continúa sus interesantes trabajos?' Confuso y avergonzado nuestro prócer académico de que en Berlín inspirara interés la labor de un español de quien él no sabía palabra, procuró, de regreso a la Península, satisfacer su curiosidad. Y de sus conversaciones con el sabio astrónomo D. Miguel Merino, el inolvidable secretario perpetuo, surgió el acuerdo de iniciar y defender mi candidatura para cierta vacante, a la sazón en litigio. Tengo, pues, el singular privilegio de ser académico a propuesta de R. Virchow y de D. Miguel Merino".
Al menos dos detalles merecen ser comentados. El primero, que Cajal entrase en una Real Academia que no tenía que ver con la medicina sino con las matemáticas, física, química y ciencias naturales. La Real Academia Nacional de Medicina, la más adecuada a sus trabajos, le admitiría en sus filas, pero no hasta 1907.
Estrechamente relacionado con lo anterior es el hecho de que la persona que le dio a conocer en España fuera un extranjero, nada menos que Rudolf Virchow, el padre de la teoría celular, que condensó en uno de esos libros que superan las barreras del tiempo: Die Cellularpatohologie (La patología celular, 1858).
Nadie antes que Virchow había defendido con tanta fuerza, y apoyándose en todo tipo de hechos, el papel central de la unidad celular en la vida. "Todo animal se presenta como una suma de unidades vitales —escribió allí—, cada una de ellas manifestando todas las características de la vida".
Esto significa que eran pocos los que sabían en España de las contribuciones fundamentales que estaba realizando Cajal a la histología, a lo que ahora denominamos neurociencias. Y eso que su fama internacional había despegado unos años antes del encuentro de Virchow con el académico, cuando en 1889 consiguió atraer la atención de los científicos reunidos en el Congreso de la Sociedad Anatómica Alemana celebrado en octubre de ese año en Berlín.
Cajal tituló su discurso de entrada en la Academia de Ciencias "Fundamentos racionales y condiciones técnicas de la investigación biológica". Se enmarcaba en la tradición de obras clásicas en las que se abordaban cuestiones relativas al método de la ciencia, entre las que destacan el Novum organum scientiarum (Nuevos instrumentos de la ciencia, 1620), del político y filósofo inglés Francis Bacon, y el Discours de la Méthode pour bien conduire la raison, & chercher la verité dans les sciences (Discurso del método, para conducir bien la razón, y buscar la verdad en las ciencias, 1637), de René Descartes.
El discurso de Cajal de entrada en la Academia de Ciencias buscaba despertar en la juventud docente la pasión hacia la investigación
A ambos, por cierto, se refirió Cajal en su discurso. En esta misma línea, me gustaría citar el delicioso librito del notable matemático y divulgador inglés Ian Stewart, Cartas a una joven matemática (varias ediciones, la última de 2026).
El discurso de Cajal, en el que, utilizando sus propias palabras, daba "algunas reglas y consejos destinados a despertar en nuestra distraída juventud docente el gusto y la pasión hacia la investigación científica", se convirtió en un clásico. Ampliado y reeditado numerosísimas veces a lo largo de los años, tomó diferentes títulos: Reglas y consejos sobre investigación biológica (1899, 1913); Reglas y consejos sobre investigación biológica. Los tónicos de la voluntad (1916); Reglas y consejos sobre investigación científica. Los tónicos de la voluntad (1920, 1923) y muchas otras ediciones posteriores.
Entre las recientes, mencionaré la incluida —junto a Mi infancia y juventud y El mundo visto a los ochenta años— en las Obras escogidas (2022) de la selecta Biblioteca Castro, en una edición al cuidado del catedrático de Histología de la Universidad de Granada y miembro (es vicepresidente) de la Real Academia Nacional de Medicina, en la que ocupa el sillón que en su día perteneció a Cajal, Antonio Campos.
El texto de Cajal ha sido, además, traducido a varias lenguas, al menos al húngaro (1927), alemán (1933, 1938, 1939, 1957 y 1964), portugués (1942 y 1979), inglés (1951, 1999 y dos parciales en 1981), japonés (1958 y 1981) y rumano (1967).
Pero, de lejos, la publicación más completa ha visto la luz recientemente, en edición de Julio Salvador Salvador: Reglas y consejos sobre investigación científica. Los tónicos de la voluntad (CSIC-Doce Calles, 2026), el segundo libro de la "Biblioteca Cajal. Pioneros de la neurociencia" creada por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Lo notable de esta edición es que incluye no solo un erudito estudio introductorio y los prólogos que Cajal escribió para las diferentes reediciones explicando los cambios y novedades que había introducido, sino también un extensísimo aparato crítico, en base a notas en las que Julio Salvador explica y amplía abundantes puntos del texto de Cajal, incorporando, además, numerosas ilustraciones.
Sería complicado resumir lo que decía don Santiago en esta obra. Quiero, no obstante, destacar dos puntos. Uno es el profundo patriotismo que destila su discurso. A pocos como a él le dolió España, pero no solo la España científica: en otros lugares escribió doloridas palabras tras la pérdida de Cuba, el punto final del antiguo imperio hispano "en el que nunca se ponía el sol", aunque achacaba algunos de esos males a la pobre situación de la ciencia española.
Otro, algo que caracteriza —también en este caso dolorosamente— a la ciencia: "el investigador —afirmaba— no puede pasar del determinismo de los fenómenos; y su misión queda reducida a mostrar el cómo, nunca el porqué, de las mutaciones observadas. Ideal modesto en el terreno filosófico, pero todavía grandioso en el orden práctico". "Dolorosamente", decía yo, porque querríamos saber más; saber, por ejemplo, por qué las leyes de la ciencia tienen la forma que tienen, o por qué existe el universo.
