Las personas somos seres racionales, sí, pero también emocionales. Y bien conocida es la fuerza que las emociones tienen en nuestro comportamiento. Escribo estas líneas cuando se está desarrollando el campeonato mundial de fútbol, con las televisiones mostrándonos cada día las emociones que los resultados de los partidos provocan en millones de personas. Y esto sin que los resultados en cuestión vayan a afectar a los aspectos básicos de sus vidas.
La ciencia es una actividad humana en la que la racionalidad constituye uno de sus pilares. Las observaciones y experimentos que realiza un científico, o las construcciones teóricas que propone para explicarlos, son procesos eminentemente racionales. Pero esto no implica que los científicos, en su desempeño, sean ajenos a las emociones. Ilustraré este hecho con algunos ejemplos.
En la Autobiografía de mi admirado Charles Darwin aparece el siguiente pasaje: "El esplendor de la vegetación de los trópicos se alza hoy en mi cabeza con mayor intensidad que cualquier otra cosa, aunque la sensación de sublimidad que me producían los grandes desiertos de la Patagonia y las montañas de la Tierra del Fuego, cubiertas de bosques, ha dejado en mi mente una impresión indeleble". Pasaje que muestra claramente las emociones que la observación de la naturaleza suscitaban en él, a semejanza de lo que le sucede a tantas y tantas personas, tal vez revelando un vínculo que nos une a ese pasado en el que el Homo sapiens vivía en contacto directo con la naturaleza, de la que dependía su existencia.
Pero Darwin no se limitó simplemente a narrar sus emociones. El estudio de estas era importante para él porque mostraba el parentesco de los humanos con otras especies de homínidos. Recordemos que uno de sus libros lleva por título La expresión de las emociones en los animales y en el hombre (1872). Y en él se encuentra el siguiente pasaje: "Respecto al hombre, algunas expresiones tales como el erizamiento del cabello bajo la influencia de un terror extremo, o el descubrir los dientes bajo la influencia de una rabia salvaje apenas podrían comprenderse a no ser suponiendo que el hombre existió en algún momento en una condición inferior, similar a la de los animales. La posesión común de ciertas expresiones por especies distintas, aunque cercanas, como es el caso del movimiento de los mismos músculos faciales en la risa tanto en el hombre como en varios monos, se hace de alguna manera más inteligible si se supone su descendencia de un progenitor común".
De otro tipo es la emoción que surge en el científico cuando aparece una conclusión inesperada. Mi ejemplo favorito en este sentido lo proporciona James Clerk Maxwell. A comienzos de la década de 1860, Maxwell culminó uno de los mayores logros de la historia de la ciencia: construir una teoría en la que se unificaban dos fuerzas responsables de fenómenos bien conocidos desde la antigüedad, pero que se consideraban como diferentes, la electricidad y el magnetismo.
Existía, sin embargo, otro fenómeno aparentemente no relacionado con los anteriores: la luz. Pero Maxwell demostró que esta, en realidad, es una onda electromagnética. Y lo maravilloso es que no esperaba que fuera así. Cuando, utilizando las ecuaciones de su teoría, encontró que el valor de la velocidad de las ondas electromagnéticas coincidía con el valor conocido para la velocidad de la luz, concluyó que ésta era una onda electromagnética.
Presentó este resultado en un artículo, "Sobre las líneas físicas de fuerza", publicado en 1861-1862. Escribió allí una frase que refleja la emoción que debió sentir al hallar este resultado: "Difícilmente podemos evitar la inferencia de que la luz consiste de ondulaciones transversales del mismo medio que es la causa de los fenómenos eléctricos y magnéticos".
Al disparar un día a una loba y ver al agonizante animal, Aldo Leopold sintió una emoción que cambiaría su vida
Podría referirme asimismo a lo que debió de sentir Albert Einstein cuando le comunicaron que los resultados de las observaciones del eclipse solar, que tuvo lugar el 29 de mayo de 1919, confirmaban la teoría general de la relatividad que había completado en 1915, pero quiero terminar con otro ejemplo, muy diferente de los anteriores y apenas conocido.
El protagonista es el ecólogo estadounidense Aldo Leopold (1887-1948), pionero en el establecimiento de una ética para el medioambiente e impulsor de los movimientos para la conservación de la naturaleza.
Su padre, fabricante de escritorios de madera de nogal, le llevaba con frecuencia a los bosques para que reconociera los diferentes árboles, enseñándole también a cazar, "habilidad" que le sirvió en sus primeros trabajos, una mezcla de guardabosques-ingeniero forestal, cuando el Servicio Forestal le destinó en 1909 a los territorios de Arizona y Nuevo México.
Entre las tareas que se le asignaron estaba la de cazar y matar osos, lobos y pumas en Nuevo México, animales que causaban enormes perjuicios a los rancheros. Al disparar un día a una loba y ver al agonizante animal, Leopold sintió una emoción que cambiaría su vida. Vio en ella "un fiero fuego verde en sus ojos. Fue una experiencia nueva para mí", una epifanía que cambió para siempre su relación con la naturaleza y la vida salvaje, y que le llevó a desarrollar una ética ecológica y a esforzarse para que osos y pumas volvieran a frecuentar las zonas en las que él los había combatido.
Dejó testimonio en un libro póstumo, Un año en Sand County (1949; Errata naturae, 2019), que ha sido traducido, creo, a quince idiomas y vendido más de dos millones de ejemplares.
Coherente con la desgarradora experiencia que he mencionado, en esa obra se encuentran ideas que deberíamos tener siempre presentes: "Que una especie llore por la muerte de otra es algo nuevo bajo el sol. El cromañón que dio muerte al último mamut solo pensaba en filetes. El cazador que disparó a la última paloma migratoria solo pensaba en su proeza. El marinero que apaleó a la última alca gigante no pensaba en nada en absoluto. Pero nosotros, que hemos perdido a nuestras palomas, lloramos su pérdida. Si el funeral hubiese sido nuestro, las palomas apenas nos habrían llorado. En este hecho, y no en la calcetería de nailon del señor DuPont ni en las bombas del señor Vannevar Bush, radica la prueba que alguien podría utilizar para argumentar nuestra superioridad sobre las bestias". Amén.
