El nombre es algo complicado de pronunciar, pero puede que con el tiempo, si los problemas en el golfo Pérsico continúan interrumpiendo el tráfico normal de petróleo, tengamos que aprendernos esta combinación de los apellidos de los dos ingenieros alemanes que idearon el método para convertir el carbón en gasolina.
Se trata de Franz Fischer y Hans Tropsch, y su idea es de 1925, cuando propusieron la creación de hidrocarburos a partir de CO₂ y agua. La descripción detallada del proceso químico, a más de mil grados y con catalizadores metálicos, creo que queda fuera ya de nuestras competencias. En cuanto a los productos obtenidos de un reactor de Fischer-Tropsch, son una mezcla de hidrocarburos de diversas densidades, desde los gases hasta las ceras, pasando por la gasolina, el queroseno y el gasóleo. Su proporción depende de las especificaciones del reactor, de la temperatura y de otras muchas variables.
La patente tardó nueve años en convertirse en una planta piloto en la Ruhrchemie y AG, y dos años más tarde comenzó la producción a escala industrial. Hablamos, por tanto, de 1936, y este es un hecho crucial, pues las potencias occidentales creían que Alemania era incapaz de mantener una guerra moderna, ya fuera ofensiva o defensiva, por su carencia de petróleo, mientras que ellos podían obtenerlo a voluntad de sus colonias africanas y, sobre todo, de Oriente Medio, entonces bajo control británico. Lo mismo pensaba Stalin, que contaba con grandes yacimientos en el Cáucaso.
Un grupo de bomberos trabaja para apagar un incendio en una instalación de Fischer-Tropsch.
Con Alemania atada de pies y manos por esta carencia, no había nada que temer. Sin embargo, el procedimiento Fischer-Tropsch resultó ser eficaz, lo que dio un completo vuelco a la historia, pues los planes aliados para privar a Alemania de energía se demostraron obsoletos y el combustible sintético, generado a partir del carbón, mantuvo a Alemania en pie durante seis impensables años. Algo similar sucedió con el Buna o caucho sintético, inventado en 1929, y que permitió a Alemania seguir fabricando neumáticos sin contar con materia prima natural, también en manos de los aliados.
Para la producción de combustibles, que es lo que nos ocupa, el proceso Fischer-Tropsch competía directamente con el procedimiento de licuefacción directa del carbón, impulsado por la química IG Farben. Al final de la guerra, entre los dos sistemas, Alemania producía 125.000 barriles diarios de gasolina a partir del abundante mineral de sus cuencas mineras.
Como Japón padecía el mismo problema de suministro petrolero, intentó a su vez construir plantas de tratamiento de carbón, pero carecía de los técnicos necesarios para su instalación y mantenimiento, y tuvieron que decantarse por la carbonización a baja temperatura, un proceso mucho menos eficiente pero más simple.
En 1944 y 1945, las plantas industriales de Fischer-Tropsch fueron intensamente bombardeadas, como cabía esperar, y al final de la guerra los aliados las desmontaron completamente y se llevaron a América a los científicos responsables de su funcionamiento en el marco de la Operación Paperclip, la misma que llevó a Von Braun, creador de los cohetes alemanes V1 y V2, a participar de manera destacada en el programa espacial de la NASA.
Acabada la guerra, el procedimiento se abandonó casi totalmente, porque era mucho más rentable y sencillo refinar petróleo.
Sin embargo, ya en los años cincuenta, el proceso renació en Sudáfrica, que sufría sanciones contra el apartheid, entre ellas un embargo internacional de petróleo, pero disponía de inmensas reservas de carbón. Con ese objeto, se fundó la empresa South African Synthetic Oil Ltd. (Sasol), que desarrolló sus propias tecnologías y construyó un gran complejo Fischer-Tropsch en Sasolburg en 1955. La planta tuvo tal éxito que se construyeron dos plantas más en 1980. A día de hoy, Sasol produce alrededor del cuarenta por ciento de todos los combustibles que consume Sudáfrica.
Maquinaria en una planta industrial Fischer-Tropsch.
La crisis del petróleo de 1973 supuso un nuevo impulso para este procedimiento, pero no fue lo bastante larga para generar un verdadero aumento de las plantas construidas. Luego, con la era del petróleo barato, se pensó que podríamos olvidarnos de una vez de la farragosa idea de cocinar carbón para obtener gasolina.
Por supuesto, y como todos sabemos, la situación empeoró de nuevo, lo que llevó a la construcción de otras plantas en Malasia, Catar, Mongolia y China, aunque algunas, como las de Catar, no utilizan carbón sino gas natural para producir combustibles líquidos.
A pesar de su alto consumo energético y de la contaminación que genera la utilización del carbón como fuente primaria de energía, el método Fischer-Tropsch tiene la ventaja de que los combustibles salidos de sus fábricas no contienen apenas azufre, por lo que son más respetuosos con el medio ambiente. En general, al ser un producto sintético y no refinado, la gasolina Fischer-Tropsch contiene muchas menos impurezas.
Dadas las actuales circunstancias, no sería de extrañar que, más pronto que tarde, tuviésemos que recurrir de nuevo a este proceso de emergencia. Porque la energía no es cualquier bien, sino la sangre que mueve nuestra civilización.
