Decía Stanisław Lem que los dragones no existen, y que por tanto hay tres clases de dragones: los imaginarios, los negativos y los iguales a cero, y que no hay nada tan peligroso para el mundo como el amor entre dos dragones negativos.
Con las anticélulas nos podría suceder un fenómeno similar, mentalmente. Cuando se lee por primera vez el término anticélulas se puede llegar a pensar en una especie de células negativas, que se acoplan a las positivas como una especie de antimateria acechando a la materia para destruirse ambas. La realidad no es muy lejana, pero no se trata de células negativas, sino más bien de células cazadoras.
Según el Instituto Nacional del Cáncer de Estados Unidos (NIH), en el caso de las anticélulas utilizadas para la lucha contra diversos tumores a través de la inmunoterapia, se trata de células propias del paciente, normalmente linfocitos, que se modifican en laboratorio para que identifiquen y destruyan células malignas. Si las células inmunes son una especie de fuerzas armadas con que cuenta el organismo para combatir a los patógenos, se trata de entrenarlas y asignarles armamento específico para que sean más efectivas contra las células rebeldes que forman los tumores.
Como el cáncer no es una infección externa, sus células no son identificadas a menudo como cuerpos invasores y esta terapia, con el entrenamiento de las anticélulas, por decirlo de algún modo, permite que las defensas naturales del organismo identifiquen y combatan con mayor eficacia a las células rebeldes y sus propósitos sediciosos.
El vocabulario militar no me parece aquí exagerado, porque el cáncer es fundamentalmente eso: una guerra que lucha el paciente contra parte de su propio organismo, que se ha rebelado para tomar recursos por su cuenta, crecer y expandirse fuera de las normas del sistema.
Las células cancerosas, para evitar ser detectadas y eliminadas, utilizan a su vez un amplio abanico de mecanismos, desde inducirse mutaciones genéticas para ser confundidas con células sanas, hasta recubrirse de proteínas que confunden al sistema inmunitario para que las considere sanas, pasando por rodearse de tejidos sanos para que las anticélulas no las detecten y pasen de largo.
Es una verdadera guerra, y las anticélulas son un salto adelante de la ciencia en esa carrera de armamentos.
Pero, por supuesto, nada es gratis. Entrenar y armar a esas fuerzas especiales inmunitarias supone generar la posibilidad de que esas anticélulas, tan fuertes y tan bien armadas, ataquen también a células sanas no sólo donde está el tumor, sino en cualquier parte del organismo. Esos son los efectos secundarios, similares a los que padece una sociedad cualquiera cuando se militariza en exceso o sus fuerzas del orden son demasiado agresivas con la población.
Existen varias terapias de este tipo: terapia de transferencia de células T, terapia celular adoptiva, inmunoterapia adoptiva o terapia de células inmunitarias. Me centraré en las CAR-T por ser las más extendidas.
Imagen 3D de inmuno-microscopía confocal de una neuroesfera originada por células madre aisladas de un paciente de glioblastoma (GSC), e infectadas por el parvovirus Minute Virus of Mice (MVM).
El concepto inicial que posibilitó la terapia de la inmunidad adoptiva fue propuesto en 1954 por Rupert Billingham, Leslie Brent y Peter Medawar cuando demostraron que la inmunidad podía ser transferida de un individuo a otro a través de células inmunitarias. Aunque al principio se tomó con bastante escepticismo, los primeros trasplantes demostraron que las células del donante podían atacar las células cancerosas del receptor.
El siguiente gran avance llegó en 1976 con el descubrimiento de una proteína, la interleucina-2, que permite que los linfocitos T crezcan y se multipliquen en condiciones de laboratorio, lo que abrió las puertas a cultivar grandes cantidades de estas células para reintroducirlas en el paciente. Antes de este descubrimiento no se podían cultivar estas células fuera del cuerpo, lo que era una limitación importantísima. Comenzaba así la producción militar en masa, por seguir con el símil de las líneas anteriores. El paciente, debilitado, podía rearmarse.
Y entonces llegó la revolución de la ingeniería genética, que permitía mejorar estas células, además de producirlas en masa. Inicialmente, se dependía de la fortaleza y calidad de las células T que ya tuviera el enfermo, pero a partir de este punto se podían manipular genéticamente las células T para hacerlas más potentes y efectivas, lo que supuso un enorme salto cualitativo.
Pero los avances no se detuvieron ahí: en 1989, el inmunólogo israelí Zelig Eshhar y su equipo concibieron la idea de crear un receptor sintético, o receptor de antígeno quimérico (CAR), y cuatro años después, en 1993, el mismo científico consiguió desarrollar en la práctica su idea, aunque con resultados limitados.
No fue hasta el año 2002 cuando se mejoró esta técnica con la incorporación de moléculas co-estimuladoras, de manera que las células CAR-T no solo atacaran, sino que también se reprodujeran en el cuerpo, aumentando su eficacia.
Tuvieron que pasar, no obstante, casi diez años hasta que el equipo del Dr. Carl June, en la Universidad de Pensilvania, logró el primer gran éxito al tratar a adultos con leucemia linfocítica crónica. En 2012, Emily, una niña de 7 años con leucemia linfoblástica aguda y una recaída previa, se convirtió en la primera paciente pediátrica en recibir terapia CAR-T. Se curó completamente, y fue noticia en muchos medios aquel año, y no solo en el mundo médico.
Desde entonces, las técnicas no han hecho más que seguir avanzando, y las anticélulas, un nombre atractivo y esperanzador para un conjunto de técnicas complejísimas, se han añadido al arsenal que continúa aumentando la esperanza de supervivencia ante una enfermedad tan terrible como el cáncer.
Todavía no hay dragones, como los de Lem, para combatirlo, pero la ciencia no se detiene y puede que algún día encontremos algo que nos ayude y pueda recibir ese nombre.
