La definición de Sibila la dio el compositor José Manuel López López durante la presentación del número 79 de la revista: "Sibila es un bastión de la cultura", dijo y, para completar alegoría, felicitó a su director, Juan Carlos Marset, y a su editora, Patricia Ehrle, "por mantenerlo" ―que es lo que se hace con los bastiones― durante treinta años.
Si el arte, la música y la literatura de creación parecen hoy sometidos al asedio de lo superficial, Sibila es, efectivamente, un refugio donde no ya subsisten, sino se cruzan y proliferan. La Fundación BBVA cumple ahora 25 años como patrocinador exclusivo de la revista y lo está celebrando con presentaciones de cada nuevo número.
La portada del último es un horizonte soberbio y sombrío de Soledad Sevilla. Dentro, además de la habitual selva de poemas y de un cuadernillo central con más horizontes de Sevilla, se puede leer el cuento "El enemigo", de la cubana Karla Suárez. Es un cuento ternario, como los tradicionales, porque los personajes son tres y las cosas pasan tres veces. "El enemigo" es la historia de tres culpas y tres culpabilizados vista por un niño que se atrinchera debajo de la cama. La lectura que su autora hizo en la presentación causó mucho impacto. También el brillante diálogo que mantuvo después con otra novelista: Marta Barrio.
Iñaki Estrada y José Manuel López López.
La música de este número de Sibila la aporta el compositor vasco Iñaki Estrada. Como es costumbre, se incluye un CD monográfico y reseñas de sus obras firmadas en este caso por López López y José Miguel Baena.
Estrada es un compositor del sonido. Hay compositores de la melodía, del ritmo, de la armonía, del contrapunto, del color, de la estructura, de la emoción, de la elegancia, del concepto. También los hay del tiempo, como López López, e incluso del espacio. En realidad, todos son un poco de todo, pero casi siempre con alguna predominancia. En Estrada, lo predominante es el sonido en sí. Sea el que sea, porque Estrada los admite todos en su máquina de crear. "El sonido es historia", dijo, sea el canto de un violín o el zumbido de una nevera.
A mí me recordó la idea del sonido-suceso de Francis Wolff: las cosas las vemos, pero no las oímos; solo podemos oír los acontecimientos, los cambios que experimentan las cosas y las ponen a vibrar. No oímos la pata del tigre, sino su pisar la hojarasca, el crujido que nos alerta el cuerpo mucho antes que la mente.
De ahí el incomparable impacto afectivo de la música. Para el oyente, cada sonido se corresponde con un suceso: cada sonido contiene una historia, es una música. Cuando John Cage decía "si quiero oír música, abro la ventana", además de describir su postura como creador, estaba señalando la esencia de la música. Llamamos música al cuento que nos cuenta el sonido.
Casi podríamos decir que Estrada no necesita idear música: le basta con idear sonidos. Lo ejemplifica "Moby Dick", el radiodrama que contiene el CD. Durante una hora, oímos escenas de la novela de Melville narradas por un recitador, un ensemble y electrónica, que incluye diálogos pregrabados por actores. Los sonidos-suceso provienen por igual del grupo y de la electrónica.
Constituyen el grueso de la propuesta musical, que rodea, amplifica o concreta emocionalmente la narración, a la que sirve con lealtad y discreción, como debe ser. La suavidad con que Estrada hace sonar el paseo nocturno del capitán Ahab en el castillo de proa, alternando el cuero de la pierna calzada con el hueso de ballena de la otra, transmite al oyente el terror que este hombre fantasma, este descomunal sin Dios, infunde a los marineros que malduermen bajo el castillo de proa.
La otra obra del CD, "Claroscuros", concierto para flauta y orquesta, empieza por la cadencia del solista, rica en ambientes, apoyados todos en un goteo misterioso percutido en el grave. Esta de Estrada es una flauta de soplar y percutir. A la vez.
La orquesta surge del solista, al revés de lo habitual, y es de un color ilimitado que parece electrónico, salvo que no, porque todo lo que suena en ella es acústico, está hecho sin electrones. Casi podríamos decir que para componer (y para conmover), Estrada no necesita idear música: le basta con idear sonidos, que viene a ser lo mismo. Es el primer paso de la fórmula que López López anota en su reseña: Estrada "integra conocimiento del sonido, intuición formal y búsqueda de belleza".
