Asistí al sprint final del Festival de Granada, con cuatro espectáculos de mucho interés a falta de una "Novena" final convocada en el Castillo de Calahorra.
En primer lugar, se nos dio el estreno absoluto (no había sonado en su día) de la primera versión de "La vida breve", la partitura con la que Falla había ganado en 1905 el premio de ópera en un acto de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.
Gracias a la recuperación de Antonio Gallego, teníamos el guion de canto y piano, pero la partitura orquestal ha estado perdida más de un siglo. Ha aparecido recientemente y la ha editado Álvaro Flores para el Archivo Manuel de Falla. Fijándonos en lo que esta primera versión no tenía aún ― oyéndola, digamos, en negativo―, podemos identificar los cambios que Falla introdujo luego, en París, para la versión definitiva de 1914, que es la que se toca siempre. Y se seguirá tocando.
Los cambios son significativos. Partió la ópera en dos actos, añadió la segunda danza española (que ha tenido inmenso éxito como pieza independiente) y recortó el final para hacerlo más contundente. Pero la mejora más trascendente es de orden estético.
La orquestación se volvió más ligera y refinada, más francesa y menos wagneriana. Si nos imaginamos a Falla labrándose un lugar propio en el mapa de fuerzas de la Europa de entonces ―el verismo italiano, la raíz española, el impresionismo francés y el wagnerismo alemán―, tras oír esta versión inicial, podemos concluir que, en sus años en París, Falla basculó hacia los tres espacios mediterráneos.
El Festival programó esta primera "Vida breve" junto a piezas orquestales de Mascagni (intermedio de "Cavalleria rusticana") y Wagner ("Preludio y muerte de amor"), lo que nos ayudó a apreciar su contexto. Cuando no tiene puestas las gradas para el coro, que rellenan y activan el espacio acústico entre columna y columna, el Palacio de Carlos V es muy poco generoso para las orquestas. Lucas Macías luchó para encontrar empaste y, con la Orquesta Ciudad de Granada y su coro, consiguió defender la importancia del programa.
Silvia Tro Santafé fue una estupenda Salud que encontró un equilibrio expresivo entre el buen gusto y la desesperación. Alejandro Roy estuvo impecable en Paco. Las diferencias de color de la voz de Belén Elvira dificultaron la coherencia de su papel de la Abuela. A la impostación operática de todos ellos, el Turry opuso con mucho arte la suya, flamenca, un contraste que Falla, sin duda, buscaba.
El Coro Gulbenkian, en la iglesia de San Jerónimo.
La iglesia renacentista del monasterio de San Jerónimo de Granada es un espacio singular, entre otras cosas, por su favorable acústica para el coro: la polifonía suena allí a la vez redonda y limpia, doble virtud que pocas iglesias ofrecen. El Coro Gulbenkian de Lisboa, dirigido por Martina Batić, hizo fructificar este magnífico espacio cantando con pureza motetes de Lasso, Gesualdo, Palestrina y los portugueses Cardoso, Lobo y Brito.
Un "O magnum mysterium" de Victoria lento y hondo dio paso al estreno, encargo del Festival, del tercer cuaderno de "Paradiso", de Alfredo Aracil, sobre versos de Dante. Oídos juntos, como en esta ocasión, los tres cuadernos (compuestos en 1990, 2004 y 2025, respectivamente) hacen emerger el principal logro de esta composición.
Contiene, por una parte, tres enfoques distintos y sucesivos de la ascensión poética de Dante: asistimos a un movimiento desde la precisión de la geometría cósmica (Cuaderno I) a la emoción del estupor místico (Cuaderno II) y a la transfiguración final de la poesía en una celosía que deja entreoír música (Cuaderno III).
Por otra parte, la obra ofrece tres calas, separadas por décadas, en su propio camino como compositor. Mediante este doble triple, y gracias a sus profundos silencios intermedios, Aracil consigue retratar el tiempo mismo. Me vino a la cabeza la imagen de Víctor Erice y Antonio López mirando juntos crecer el árbol del membrillo.
En el Generalife, el Festival repuso tres éxitos en el París de entreguerras, de Antonia Mercé, la Argentina, y sus Ballets Espagnols en las recientes recuperaciones de Antonio Najarro para la Fundación Juan March.
La Argentina tuvo el gran mérito de insertar la Edad de Plata de la composición española (la generación del 27 musical) en la Edad de Oro de la música para ballet (Stravinski, Debussy, Ravel, Falla...). Con vestuario y escenografía inspirados en los originales y coreografías propias, ya que las de entonces no se conservan, Najarro recrea brillantemente "Juerga" de Julián Bautista, "Triana" de Albéniz y "Sonatina", el ballet de Ernesto Halffter sobre la princesa triste de Rubén Darío.
Finalmente, oímos en versión de concierto, en el Carlos V, una "Aida" de mucho valor. La protagonizaron voces poderosas ―Francesco Meli (Radamés), Olga Maslova (Aida), de voz bonita, matizada y elegante y Ketevan Kemoklidze (Amneris), de timbre oscuro―, una orquesta extraordinaria, la sevillana ROSS, un buen coro, el del Maestranza, y un maestro, Dominic Limburg, de criterio claro y gesto evidente, fácil concertador y músico atento a toda oportunidad de fraseo.
