La adaptación seriada de determinadas sagas literarias se está convirtiendo en uno de los principales filones de las plataformas de streaming. En el caso de Prime Video, la buena acogida de la notable Bosch (Eric Overmeyer & Michael Connelly, 2014-2021), teleserie basada en las novelas escritas por Michael Connelly y protagonizadas por el agente de la policía de Los Angeles que daba nombre a la producción, derivó en una secuela Bosch: Legacy (Tom Bernardo, Michael Connelly & Eric Overmyer, 2022-2025 ) y en Ballard (Michael Alaimo & Kendall Sherwood, 2025) que narraba las andanzas de un personaje secundario —también con su propia serie de novelas y se constituía como un spin-off de serie original – lástima que a la compañía de Jeff Bezos se le escapase El abogado del Lincoln (2022-?), que David E. Kelley y Tom Humphrey siguen desarrollando para Netflix y que también está conectada con la biografía de Hyeronimus ‘Harry’ Bosch (Titus Welliver), pues son hermanastros en la ficción.
La filial audiovisual de Amazon, viendo el buen rendimiento obtenido por las revisiones de la obra de Connelly, ha hecho lo propio con las novelas de otro popular escritor norteamericano, Lee Child.
Después de la muy favorable acogida de Reacher (Nick Santora, 2022-?), cuya cuarta entrega finalizaba el pasado miércoles y que es, digámoslo ya, muy inferior a las temporadas precedentes, la compañía acaba de lanzar esta semana Neagley, un spin-off protagonizado por la expolicía militar y compañera de Jack Reacher (Alan Ritchson), Frances Neagley (Maria Sten) que ya aparecía en las tres primeras tandas de episodios encabezadas por el que fuera su fornido superior, ahora un tipo que viaja con un puñado de dólares y un cepillo de dientes viendo como los casos más enrevesados terminan chocando contra sus pectorales. Con ese perfil anatómico, normal que hasta la mala fortuna se fije en él.
Nick Santora, responsable de las adaptaciones de Reacher, se alía ahora con Nicholas Wootton (Golden Boy, The Endgame) para diseñar las aventuras de una mujer expeditiva, detentora de un código de honor y de un sentido de la justicia muy particulares —Paul Kersey (Charles Bronson) estaría orgulloso de ella—y que padece de hafefobia (hala, corran al diccionario).
Su andadura en solitario, que arranca justo después de un prólogo que se extiende como el cordón umbilical que une a Neagley con su serie matriz, está vinculada a su pasado y, a su vez, guarda una estrecha relación con el trauma que le impide tocar a alguien o que alguien la toque (si no han ido corriendo al diccionario, aquí tienen la respuesta que buscaban).
Tommy Crane (Jhaleil Swaby), un amigo de la infancia de Neagley, es atropellado por un tren nocturno al que él se acerca como Dios lo trajo al mundo y con las pupilas como dos ‘frisbis’. Su muerte es catalogada como un suicidio.
Sin embargo, a nuestra detective, que ahora trabaja para una agencia de investigadores privados de Chicago —si bien actúa con la independencia de un conserje sordo, alguien que se supone que debe seguir unas órdenes, pero que no escucha a nadie— no está del todo de acuerdo con la versión de los hechos asumida por la policía.
Sus indagaciones la pondrán tras la pista de una comunidad espiritual instalada en la granja de Echo Canyon. Allí, un rebaño de ovejas descarriadas trata de encontrar el sendero de la virtud bajo la tutela de Lawrence Cole (Damon Herriman componiendo a uno de esos tipos excéntricos y taimados que tan bien se le dan), una especie de gurú que utiliza la coartada de la reinserción social, aquí vestida con la etiqueta de la comida saludable obtenida gracias a la producción agrícola y a la venta al por menor de frutas y hortalizas cultivadas por sus pupilos, para ocultar un negocio mucho más lucrativo: la fabricación de una nueva droga que pretende anular en tiempo récord las secuelas del estrés postraumático, la depresión y cualquier otra dolencia de carácter mental. Para ello, tiene un acuerdo con una empresa farmacéutica que experimentará con los internos hasta obtener los resultados deseados.
Fotograma de 'Neagley'.
Para enfrentar esta amenaza que irá revelando su verdadera envergadura con el paso de los episodios, Neagley improvisa un equipo de asalto compuesto por Hudson Riley (Greyston Holt), un policía obcecado en demostrar su valía frente a sus compañeros, pues se siente menospreciado a causa de sus antecedentes familiares (papá no era trigo limpio); Keno (Jasper Jones), un pícaro que bien podría pasar por una actualización del Jack Dawkins de Dickens y Renée (Adeleine Rudolph), secretaria de la agencia de detectives que aspira a colgar el teléfono de atención al cliente y a empuñar una Glock.
La gran diferencia con respecto a Reacher, cuya receta de ensalada de mamporros con aliño de misterio la nueva producción de Prime Video sigue a rajatabla, es que el pasado de Neagley no solo se explica al dedillo, si no que es el principal foco de sus problemas.
Hay, pues, un distingo de raíz psicológica (psicologista) entre Jack Reacher y Frances Neagley. Es cierto que conocemos pasajes anteriores de la vida del musculado policía militar —algunos de sus casos tienen su origen en otro tiempo o incluso están vinculados con familiares suyos—, pero su carácter granítico nunca se resquebraja. Reacher es lo que vemos. Neagley es distinta.
Sus problemas no proceden únicamente de la investigación que conduce; lo que verdaderamente importa forma parte de su pretérito y se concentra en un episodio infantil que ella ha decidido bloquear y que condiciona su manera de relacionarse con el mundo.
La relación con su padre moribundo, guardián del secreto que no debe ser revelado, es crucial para el devenir de la serie y la sitúa en un registro diferente a la de su predecesora. De hecho, el arco de transformación del personaje no tiene nada que ver con resolver un caso —no estamos ante un whodunit—si no con sanar una herida interna, con pasar de ser incapaz de recibir una caricia a darle la mano a alguien por primera vez.
Quizá por eso, en su construcción, Santora y Wootton pongan las cartas sobre la mesa bien pronto; al final del primer capítulo lo sabemos prácticamente todo, aunque se guarden algún que otro as bajo la manga.
En todo caso, y aunque la aplicación de la fórmula Child haga de Neagley un entretenimiento ameno del que uno se olvida cuando terminan de desfilar los créditos finales, la consistencia de sus guiones no soporta análisis muy exhaustivos, especialmente en su tramo final. Sin ánimo de destrozarles la serie, que tienen disponible al completo desde el pasado día 16, y siendo un tanto crípticos, lancemos algunas preguntas al aire.
Fotograma de 'Neagley'.
¿No les resulta sorprendente que un personaje más o menos importante desaparezca, sabiendo en todo momento el espectador lo que le ha sucedido, y a los guionistas pase de preocuparles —la mujer del extraviado pregunta por él, el grupo protagónico tiene intención de encontrarle— a no importarles en absoluto?
¿No es extraño que el milmillonario villano de la función, por lo demás un tipo que tiene una calculadora científica en el cerebro y más maldad que Mourinho en una rueda de prensa, aparezca de noche en un callejón sin un escolta a su lado para que nuestra heroína pueda completar su misión?
¿Cómo es posible que cada vez que Keno entra al granero en el que se custodia un proyecto secreto pille a alguien entrando o saliendo? ¿No es oportuno que cuando Keno, el entrometido y sagaz Keno, termina precipitándose en un crematorio de grandes dimensiones y de uso frecuente, las bombonas de gas estén vacías y eso nos evite que acabemos confundiéndole con un pedido del Kentucky Fried Chicken?
Al final, Neagley se disfruta más cuando se aproxima a Comando (Mark L. Lester, 1985) —ese asalto final a la granja— que cuando intenta ser un procedimental apañado, cosa que, en muchos momentos, no logra, si bien está por encima de la desastrosa última temporada de Reacher, quien sabe si el principio del fin de una franquicia que, inicialmente, se presumía longeva.
