El Nobel de Literatura sigue siendo, año a año, una noticia internacional. A veces, el fallo de los académicos suecos suena a hueco, y resulta un fallo en su doble acepción. Pero, casi siempre, la verdad sale a flote y más temprano que tarde el elegido está bien electo. Es el caso de este año, Anne Carson. Su poesía, su pensamiento, su obra en general y su personalidad intelectual y literaria en particular, exigían de una vez este galardón. Enhorabuena a la poeta canadiense y a la Academia sueca.

Dijo Umberto Eco, entre otras muchas de las verdades intelectuales que proclamó en su vida, que las redes sociales habían dado voz a multitud incontable de idiotas. Imbéciles que creen que su analfabetismo puede convertirse en opinión repentina que hay que respetar como si fuera una verdad sagrada. Con el Nobel de Literatura, todos los años, en las fechas inmediatamente anteriores a su concesión, quien más o quien menos se siente capacitado para dar sus candidatos preferidos que, casi nunca, resultan ser premiados.

España y yo somos así, señoras. Es decir, estoy absolutamente de acuerdo con Umberto Eco, lo que no me impide aventurarme a reírme para mí mismo cuando veo la cantidad de candidatos de las redes sociales y los medios de información que meten la pata todos los años.

Y luego está el invento de las quinielas, que echa siempre gasolina al fuego para que el fuego de las ilusiones y las vanidades de los escritores internacionales que aspiran al galardón crezcan en los días previos a su concesión con la consiguiente depresión nerviosa posterior al asunto. Las quinielas son siempre un negocio fatuo que no suele llevar a los jugadores a ningún lado y a la inmensa mayoría de los apostadores a un gran fracaso. Así es, si así os parece.

Hay otro fenómeno ridículo en torno al premio Nobel. Quiero decir que, en todos los países del mundo, una semana antes de otorgar el gran galardón literario, se inventan un candidato nacional que está a las puertas del Nobel. En algunos casos, por supuesto, está justificado, pero en la mayoría forma parte del fraude emocional con el que se juega con los lectores y la población.

A ese fantasma se le suele llamar “el candidato interior”, y casi siempre está tan lejos de obtener el premio Nobel de Literatura como el arzobispo de Manila. De modo que “el candidato interior” suele ser una entelequia falsamente interesante, creada de un sueño imposible para mantener el pabellón nacional bien alto, que no lleva a ningún lado.

Tuve una vez, hace años, una polémica evitable con Javier Marías, que escribió un artículo titulado precisamente “El candidato interior”. Atacaba Marías en ese artículo a Camilo José Cela, que, según él, era ese año un candidato al Nobel inventado por los medios informativos españoles a mayor gloria del escritor y de su país.

Cela me llamó y me instó a contestar a Marías. Y yo lo hice, informándome bien de lo que se había publicado en los diarios y revistas europeas sobre los candidatos de aquel año. Defendí a Cela con un artículo titulado “Madera de Job”, en el que citaba la información de diarios británicos, franceses, italianos, holandeses, belgas, alemanes y nórdicos, y -por supuesto- españoles- que habían publicado el nombre de Cela como uno de los candidatos finales de la “short list” (cinco finalistas) de ese año para el Nobel de Literatura. Cela no fue Nobel ese mismo año, pero -“¡O tempora, o mores!”- lo fue el año siguiente. Con lo que quedó claro que no nos habíamos inventado nada con Cela, que no era un “candidato interior”, sino un candidato real.

El caso es que este año también los medios informativos daban noticia de las quinielas para el premio Nobel de Literatura y otorgaban a varios nombres de escritores de lengua española posibilidades grandes de ganar el Nobel. Leí esas noticias con un gran escepticismo, y creí de verdad que eran candidatos interiores creados por la calenturienta y patriótica imaginación de los mentirosos. Así es la vaina, que dirían en el Caribe.

Años anteriores salía en las quinielas Homero Aridjis y César Aíra, cuyo nombre también aparecieron este año junto al de Rivera Garza y Enrique Vila-Matas. En esos años se habló también de escritores como Gimferrer (en catalán), Juan Goytisolo o Álvaro Pombo. Preguntado este último por esa nominación, contestó desinteresándose de la noticia: “¡Pero a quién le importa ya el premio Nobel!”. Así es si así os parece, pero sigue siendo noticia y noticia muy interesante. Sobre todo la entelequia de las quinielas precedentes y sus candidatos interiores, casi nunca cerca del Nobel. Pobrecitos ellos, tan lejos del Nobel y tan cerca de la cosa ninguna…