El 14 de septiembre de 1972 tuvo lugar en el Cuartel de Infantería de La Isleta, en Las Palmas de Gran Canaria, lo que yo he dado en llamar "mi" Consejo de Guerra como editor en Inventarios Provisionales de Número trece, un libro de relatos poéticos (y tan poéticos…) de José Ángel Valente, el poeta de la Generación del 50, que residía entonces en Ginebra como funcionario internacional de la OMS.
Por responsabilidad subsidiaria, ante la ausencia del autor, fui condenado a seis meses y un día de cárcel, además de despojarme de algunos de mis derechos civiles (pasaporte, derecho a dar clases o a trabajar en centros públicos, etc.). Había cumplido, durante la instrucción de la causa, catorce meses en prisión domiciliaria, sin salir de casa, aunque a veces la burlé durante la noche para ir a fumarme un puro en la oscuridad junto a la escultura de Benito Pérez Galdós de Pablo Serrado, en la cercana Plaza de la Feria.
Según supe después, aunque esto no lo he constatado, la denuncia contra Número trece había partido en origen de la familia del general Saliquet, a quien le había ocurrido en la Guerra Civil Española el episodio que Valente narró con sentido, más que lúdico, jocoso en el relato titulado "El uniforme del general".
Entré en el recinto donde se iba a celebrar el Consejo de Guerra con la convicción de que estaba condenado de antemano, pero durante las tres horas y media que duró el estrambótico juicio no bajé ni un minuto la cabeza, sino que mantuve siempre lo que Tom Wolfe llamó el "mentón Yale" en La hoguera de las vanidades.
Lo peor de esa cicatriz en mi memoria es la soledad en la que me encontré durante la instrucción de la causa. Desaparecieron los escritores amigos, desaparecieron los familiares más o menos cercanos. Cada vez que tenía que salir de casa para firmar en el Gobierno Militar semanalmente, notaba que mis conocidos cruzaban la calle para no saludarme. Notaba que la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria había dejado de ser mía y de considerarme un ciudadano libre.
Sentí entonces, y lo recuerdo ahora (y no lo perdono ni lo olvido) la peor soledad que he sentido en mi vida, las más fuertes ganas de huir para siempre de la isla en la que vivía. Huir en un barco de carga cubano (llamado Las Villas) por Agadir, llegar a Marsella y pedir asilo político. Confieso hoy que estuve a punto de hacerlo, pero las razones de mi presencia en mi núcleo familiar fueron más fuertes que las ganas de huir que todavía siento.
Desde entonces, en esta fecha que volvió a cumplirse el lunes pasado de septiembre, la cicatriz duele en la memoria y aquella soledad a la que hice referencia hace un par de párrafos se hace escalofrío en uno de los peores recuerdos de mi vida. Por esta misma razón, celebro cada aniversario de "mi" Consejo de Guerra leyendo el libro de Valente Número trece, causante de aquel desaguisado.
Hace unos años, cuando vivía el poeta en Almería, lo visitamos en su casa para hacerle una entrevista en el programa Los libros que hacíamos Eduardo Sotillos y yo para Televisión Española. En un momento determinado, Valente se levantó de su sillón, se fue derecho a una pared donde colgaba un dibujo en tinta y me dijo: "Esto tendría que ser tuyo".
Era una tinta de Brickman en homenaje a aquel episodio de la publicación de "El uniforme del general". Tiempo después le conté al pintor, durante los cursos de verano de la Complutense en El Escorial, la anécdota de la tinta de Valente.
Es verdad. Lo pasé muy mal mientras estuve metido en aquel laberinto. Incluso un amigo cercano, como entonces lo era el torvo poeta Manuel Padorno, que residía en Madrid, llamó por teléfono a mi abogado el día antes de celebrarse el Consejo de Guerra rogándole que su nombre no saliera ni por activa ni por pasiva durante la sesión del juicio. ¡He ahí un hombre valiente, para que luego digan!
Aunque todo pasa, como decía el poeta, quedan siempre las briznas del recuerdo flotando sobre la cicatriz de la memoria, respirando con una cercanía cómplice que me hace rememorar hasta los más mínimos detalles de aquel episodio que cargo en un archivo activo de mi memoria más limpia. Todo queda atrás, menos el recuerdo.
No es una cuestión de rencor sino de memoria: recordar es traer de nuevo al tiempo actual, traer a tu corazón actual, hechos que se convirtieron en inolvidables y que tal vez sean paralelos a los sufridos por otras personas a las que nunca conoceré. Escribir sobre esos hechos hoy y leer de nuevo, una vez más, el Número trece de Valente, no es cuestión de venganza, sino de resistencia y reconocimiento. Y así espero que lo entiendan mis improbables lectores.
