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Al abrir el acto de inauguración de la ampliación del Museo de Bellas Artes de Bilbao, la vicelehendakari primera y consejera de Cultura y Políticas Lingüísticas del Gobierno Vasco, Ibone Bengoetxea, ha enfatizado que las grandes transformaciones nacen de una visión.

Esta palabra, que ha vuelto a sonar durante el evento, resulta especialmente importante en el contexto de la pinacoteca vasca.

En primer lugar, porque ha habido que confiar en ella durante los cuatro años que han durado las obras de modernización y expansión de los espacios. En segundo lugar, porque el encargado de expresarla y transformarla en algo nuevo no es otro que el arquitecto británico Norman Foster.

Presente en la inauguración, con un humor y frescura sorprendentes a sus 91 años de edad, Foster ha recogido la idea de la visión y se ha referido a ella en sus declaraciones como “una utopía que debe bajarse a la realidad”.

A la hora de desarrollar el proyecto, para el reputado arquitecto, ganador del Premio Pritzker (1999) y el Príncipe de Asturias de las Artes (2009), y para su colaborador Luis María Uriarte, la idea debía ser “añadir algo nuevo pero conectando con lo ya existente”, actualizando el patrimonio de la ciudad a los códigos actuales pero sin tocarlo, respetándolo en toda forma.

Fachada de el Museo de Bellas Artes de Bilbao Museo de Bellas Artes de Bilbao

Esta consideración hacia la ciudad y su pasado se ha notado en el proceso de gestación de la obra, pero también en el cariño y cercanía que emanaban sus palabras. El arquitecto ha iniciado su intervención recordando su participación en las obras del metro de Bilbao y ha calificado la oportunidad de contribuir a esta ciudad como un “privilegio extraordinario”.

Según ha explicado, su ilusión al encarar este proyecto también se debe a que se trataba del primer espacio de la ciudad consagrado específicamente a la muestra de arte contemporáneo.

Aquello sucedió en el año 1970, cuando los arquitectos Álvaro Líbano y Ricardo Beascoa diseñaron el edificio que serviría como ampliación del complejo original de 1945. La historia, queda claro, ha sido algo que tener muy en cuenta para el estudio del inglés. Según ha confesado Foster, pese a comenzar en la frialdad del papel, fue cuando visitó el edificio por primera vez cuando descubrió realmente las capas del lugar. En su empeño por poner la sostenibilidad en el centro de su obra, decidió no tocar lo que ya estaba construido.

Así pues, comenzaron a trabajar en una forma de mantener la pureza de lo existente y crear sobre eso. Foster ha explicado que, al comenzar a idear el proyecto, prometieron a Miguel Zugaza, director de la pinacoteca, que no excavarían bajo tierra, ya que era más caro, más arriesgado, hasta el punto de que puede alterar la materia de las cosas y sobre todo, crea espacios más oscuros. Para el célebre arquitecto, en cambio, “un museo tiene que ir sobre la luz”.

De ese modo, la idea apareció ante él: mirar arriba, capturar el cielo, y con ello, mantener en el centro el patrimonio industrial de Bilbao. Para darle una nueva vida al museo, empezaron con el diseño del vestíbulo de entrada. Según Foster, este lobby funciona como el corazón social del museo, desde el que crear comunidad y llegar a las diferentes salas, exposiciones y muestras.

El espacio, que anteriormente estaba al aire libre, acoge en su centro la escultura-fuente que realizó el escultor Francisco Durrio en dedicatoria al compositor Juan Crisóstomo de Arriaga y que, como no podía ser de otra manera, mira al cielo. Tanto es así que el rumor del agua se eleva por unas aberturas que conectan las dos plantas superiores con el sentido sonoro que Durrio quiso darle a la obra en su origen.

Por si fuera poco, acompañan a la figura algunas piezas icónicas del museo como Lugar de encuentro u Homenaje a Calder, ambas de Chillida, la obra Bilbao de Richard Serra y una celosía de Cristina Iglesias. Cerrado con una pared de cristal que se apoya sobre una serie de pilares en forma de uve, este atrio conforma el nuevo punto neurálgico del museo.

Las dos plantas superiores con las que conecta este atrio conforman una suerte de puente por encima de los dos edificios. Estas plantas, que acogerán parte de la colección, así como exposiciones temporales suponen un aumento de la amplitud de hasta un 60%, incorporando 2.300 metros cuadrados de espacio expositivo.

Museo de Bellas Artes de Bilbao Museo de Bellas Artes de Bilbao

Por otro lado, también se ha podido crear una terraza, relacionando la obra del museo con la malla de la propia ciudad. Esta zona adicional también servirá como sala de exposición, aunque esta vez al aire libre. En ella se podrán ver tres obras realizadas por el escultor inglés Anthony Caro, dos de las cuales pertenecen a su serie Toronto Flat y que llegan al museo como donación de la familia Arango.

Uniendo, como ese puente de las plantas superiores, tradición, vanguardia y sostenibilidad, el estudio del inglés ha apostado por el acero como material central en la construcción debido a su cercanía con las propias raíces y la industria de la capital de Vizcaya, con materia prima ecológica, y equipo de instalación y transporte local.

El proyecto fue presentado con el nombre Agravitas por su capacidad de desafiar a la gravedad. Foster ha declarado que quería que el arte fuera el centro del edificio, por lo que este no solo tenía que contenerlo, sino también “sobrevolar las obras y referirse a ellas para mostrarlas desde nuevas perspectivas”.

La unión perfecta entre pasado y futuro que volverá a abrir sus puertas al público con una nueva cara a partir del martes 6 de octubre.