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El próximo 2027 Rafael Moneo cumplirá 90 años de vida y 60 de obra. Aprendiz de Oiza y Utzon y maestro en Barcelona, Harvard y Madrid, el tudelano es, desde hace décadas, un autor global: viviendas, fanales e iglesias junto al Urumea, una catedral en una autovía de Los Ángeles, aeropuertos en Sevilla o museos en Houston y Estocolmo puntúan una trayectoria reconocida hasta la extenuación.

Desde que comenzase a ejercer a mediados de los 1960, Moneo ha recibido dos veces el Nacional de Arquitectura, el Pritzker, el Mies van der Rohe, el León de Oro y seguramente todo lo que haya entre medias.

Pero si es hora de recapitular, Rafael Moneo, construir las ideas (1954-2024), de la catedrática Carmen Díez Medina (Madrid, 1962), se las apaña para hacerlo de manera diferente. Sin nacimientos, brega ni medallas, esto no es una vida de artista, de la cuna a la gloria según el modelo de Vasari, sino una biografía intelectual en pos de los afluentes de una arquitectura.

El resultado es a veces apasionante y otras algo menos, como buen retrato del aprendizaje adulto.

A lo largo de medio millar de páginas, Díez Medina habla de Moneo con una autoridad forjada en un lustro de investigación y décadas entre las bambalinas de los libros del homenajeado, muy populares entre sus colegas.

"El orgullo de la arquitectura era convertir lo ficticio en realidad", dice Moneo. Es, se diría, el tuétano del libro

En ocasiones, y por mucho que el texto afirme su neutralidad, la cercanía desemboca en admiración: nuestro artista adolescente quiere ser arquitecto para estar al servicio de la sociedad, mientras que sus escritos de madurez desvelan el significado profundo de la disciplina, nada menos.

Hasta tenemos un simpático contagio oral cuando la autora replica la sintaxis de Moneo, tan reconocible con su verbo al final de la frase, el epíteto antes del sustantivo. Por eso resultan encomiables algunas decisiones de estructura, tan rotundas como, sin duda, difíciles de adoptar para quien parece saberlo todo.

De este modo, el esquema del libro transita en cinco partes, similares en extensión –100 páginas separadas por unos cuadernillos a color excelentemente ilustrados–, que no en densidad: los inicios y el aprendizaje ocupan 14 años, hasta 1968; el despegue y la cátedra en Barcelona, 7, hasta 1975; el primer gran salto a Estados Unidos y obras mayores como el Museo de Mérida, 10, hasta 1985; la estancia en Harvard de un lustro finaliza en 1990; la vuelta, en pleno auge profesional, penetra en la primera década del este siglo.

La obra construida tampoco escapa a ese rigor: Díez Medina analiza dos edificios por período, con excepciones en el primero, cuando los trabajos –entre ellos la fábrica Diestre de Zaragoza de 1967, el debut– aún carecen de entidad, y el último, donde el éxito de Moneo y, por qué no, la proximidad en el tiempo confunden el canon.

Rafael Moneo junto a John Hedjuk (centro) y Mario Gandelsonas (derecha) durante sus años de profesor en Nueva York, h. 1977. Cortesía del Estudio Rafael Moneo

El Prado, por ejemplo, queda en un segundo plano –se intuye que sus polémicas fueron dolorosas para el arquitecto–, mientras que la descripción exhaustiva de las ampliaciones de la estación de Atocha adquiere un protagonismo sorprendente. Cuesta imaginar que tengan una posteridad tan feliz como la de la primera obra, en 1992.

El bagaje académico de Díez Medina se acusa en una marcada presencia de la tramoya –las notas se derraman para consignar hasta las marcas de los cuadernos–, e incluso en una abstracción de lo biográfico no por anunciada menos llamativa: en estas páginas, Moneo no nace, se casa de repente y Franco aparece para morirse. Por contra, ese mismo afán documental presenta con pulcritud las entrevistas y lecturas que alumbraron la investigación.

La autora atrapa al mejor Moneo en estas líneas, cuando protesta contra la mercantilización de lo urbano o la fragmentación del oficio del arquitecto –y de las formas de la arquitectura– y saca a pasear el escalpelo crítico con colegas como Oiza, Eisenman, Hejduk o Bruno Zevi.

Tanta amplitud ofrece algo para cada público. Aquí gusta más el principio, con sus alegrías juveniles –Moneo devora los diez tomos de los Episodios Nacionales en unos días de cama, escribe sobre cine y le regala un Quijote a Aalto–, que las vicisitudes burocráticas de Harvard, de una academia menestral que satisfará a los expertos.

Aun así, en el periplo americano brota una frase hermosísima, pronunciada por Moneo en su investidura como decano: “El orgullo de la arquitectura era convertir lo ficticio en realidad”. Es, se diría, el tuétano del libro.

Porque si el título habla de construir las ideas, convendría aclarar qué implican tales ideas en arquitectura. Muy al inicio (página 59), Moneo explica lo que admiraba del danés Jørn Utzon, quizá lo que aprendió al trabajar con él en el proyecto de la ópera de Sídney: “Hay el deseo de que todo parezca obvio, inmediato, evidente”.

Rafael Moneo en la obra del Museo de Bellas Artes de Houston, h. 1997. Cortesía del Estudio Rafael Moneo

De considerar la teoría como una realidad por anticipado, ese deseo uniría sin remedio los puntos: el interés de estudiante por las lecciones del historiador Leopoldo Torres Balbás rebrota cuando, años después, Moneo refina en Harvard una clase sobre la importancia de la estructura formal de la mismísima mezquita de Córdoba; la atención al contexto crítico de su época se decanta en la influencia de Venturi en Bankinter o de Rossi en la plaza metafísica del ayuntamiento de Logroño.

Pero la clave está en el verbo, construir, una acción que, como saben la autora y también Moneo, es de todo salvo inmediata y evidente: “Nada más lejos de nuestro propósito que una teoría sin praxis”, dejó escrito en sus años de cátedra en Barcelona.

Esa praxis abrocha una conclusión que se sugiere en estas páginas: en la arquitectura y la vida, las ideas nos acompañan hasta la puerta, donde nos dejan solos, dueños de nuestros aciertos y de nuestros errores. El mérito de Moneo no estriba en llegar al umbral bien acompañado, sino en que le cuadren, ya en solitario, a su aire, lo que piensa y lo que hace con mayor frecuencia que a los demás.