En 1956, nuestro país vivió el invierno más frío de su historia, con temperaturas que alcanzaron hasta -32 °C. España se negó a participar en los Juegos Olímpicos de Melbourne como protesta por la invasión soviética de Hungría, se reinauguró el Teatro de la Zarzuela de Madrid, comprado por la SGAE para evitar la especulación inmobiliaria y una todavía naciente Televisión Española, formada solo por 50 empleados y colaboradores, daba sus primeros pasos con las primeras emisiones regulares.
En el ámbito del cine, Luis García Berlanga estrenó Calabuch con el oscarizado Edmund Gwenn —aquel sería, de hecho, su último trabajo en la gran pantalla— y Cary Grant, Frank Sinatra y Sophia Loren viajaron hasta nuestro país para rodar Orgullo y pasión.
Aquel año de heladas fue también el año en que la empresa de bebidas de alta graduación Osborne encargó a la agencia Azor una valla vial para promocionar su brandy Veterano, una campaña que cambiaría para siempre el paisaje de nuestras carreteras. El artista Manolo Prieto, director artístico de la empresa publicitaria de la época, fue el encargado de realizar el primer boceto de una figura silueteada de un colosal toro de lidia negro.
Su estela es la misma que siguieron otras grandes campañas de la historia de la publicidad española, como el emblemático cartel del Tío Pepe, ubicado en la Puerta del Sol de Madrid, que también en 2026 cumple los 90 años de antigüedad, o el icónico letrero de Schweppes de la Gran Vía, también en la capital.
Patrimonio cultural y artístico de todo el país, desde su creación el Toro de Osborne ha vivido su auge —se calcula que en la década de los 70 alcanzó la cifra de más de 500 réplicas— y su caída, hasta los 91 supervivientes que se conservan hoy y que han desafiado polémicas, temporales, vandalismo e incluso, un indulto ante el Tribunal Supremo defendido por figuras como Francisco Umbral, Rafael Alberti, Antonio Gala y Terenci Moix.
No solo el tamaño importa
El astado más grande y longevo de España fue colocado por primera vez en 1957 en Cabanillas de la Sierra, en el kilómetro 55 de la carretera nacional entre Madrid y Burgos. Fabricado en madera, aquella primera valla de Osborne medía 4 metros de altura, tenía los cuernos pintados de blanco y un rótulo que anunciaba el citado brandy.
Arrancaba así una campaña que coincidió con el desarrollo automovilístico en nuestro país, gracias al lanzamiento del Seat 600 ese mismo año, lo que permitió a la clase media motorizarse masivamente y hacer viajes largos por toda la geografía española ante la atenta mirada del toro.
Sin embargo, no sería hasta 1961, ante el deterioro de la madera por las condiciones meteorológicas, cuando se fabricara la primera marquesina con de chapado, ya por completo en negro, con la palabra Veterano impresa en rojo, y con un tamaño de 7 metros.
Mientras tanto, el Toro de Osborne se multiplicaba a lo largo y a lo ancho de nuestro país. Reubicadas por el mapa peninsular en aquel primer periodo se habían emplazado un total de 200 figuras.
Pero entonces surgió el primer problema. En 1962 se aprobó un decreto que obligaba a retirar toda publicidad a más de 20 metros de distancia de las carreteras. La solución fue matemática y proporcional, si había que situarlas más lejos, las harían más grandes. Fue entonces cuando los animales alcanzaron su actual tamaño de 14 metros. En 1974 un nuevo decreto las alejaría hasta los 50 metros de toda vía de tránsito.
Aquella distancia no impidió, sin embargo, que el Toro de Osborne se convirtiera en testigo directo de las largas horas en coche para poder volver a casa, ir a la playa o a los todavía populosos pueblos de España.
Atravesado por los rayos del sol —en vez de las banderillas del ruedo—, aquel toro que cruzaba tierras verdes, áridas, curvas o rectas pasó a formar parte de un imaginario colectivo que aún a día de hoy continúa vigente.
El indulto judicial
La década de los 70 fue una época de expansión para el coche privado -cuya presencia en España creció exponencialmente, de 4 a 10 millones de vehículos- y también para el Toro de Osborne, que llegó a alcanzar más de 500 siluetas repartidas por todo el país. La vida, los veranos y los viajes pasaban y aquel cornúpeta permanecía entre nosotros.
En 1988, para sortear la Ley General de Carreteras, que obligaba a retirar todo tipo de publicidad visible de los caminos estatales, Osborne eliminó el letrero de Veterano, dejando un toro completamente negro, tal y como lo conocemos hoy, para la satisfacción del creador de este diseño, Prieto, que abogaba por una iconografía más elegante y sencilla. “Todo aquello que deba apoyarse en un texto, no es un buen cartel”, afirmaba el artista.
Pero aquel lavado de imagen no fue suficiente y en 1994 una nueva ley obligaba explícitamente a retirar todos los astados de la carretera. Artistas, políticos y periodistas, escritores como Francisco Umbral, Rafael Alberti, Antonio Gala y Terenci Moix, además de altos representantes de las comunidades autónomas y de numerosos municipios se movilizaron entonces para indultar al toro.
Uno de los siete toros de Osborne de la provincia de Alicante.
Catalogado desde entonces como "patrimonio cultural y artístico de los pueblos de España", en 1997 el Tribunal Supremo dictó sentencia a favor de su conservación debido al “interés estético o cultural” de su figura.
Portada de The New York Times Magazine en 1972, a lo largo de estos setenta años la imponente figura del Toro de Osborne ha servido de inspiración a artistas como el estadounidense Keith Haring, que en 1983 intervino una de estas siluetas convirtiéndola en una pieza de arte pop contemporáneo, y ha atraído la atención de fotógrafos como sus compatriotas Richard Avedon, Annie Leibovitz o el alemán Helmut Newton.
En 1992, Jordi Mollá rompió con rabia a puñetazos los testículos de uno de estos animales de carretera en una de las míticas escenas de Jamón, jamón, la icónica película de Bigas Luna donde se conocieron Penélope Cruz y Javier Bardem. Y ya en los 2000 aquella silueta formaría parte de la iconografía musical del grupo Estopa e incluso sería sustituida por la forma de un cerdo negro en la portada de su exitoso disco Destrangis (2001).
El Toro de Osborne hoy
Más allá de la cultura, en la actualidad solo se conservan 91 marquesinas en nuestro país. La última en desaparecer lo hizo en diciembre de 2025, cuando jóvenes de la izquierda abertzale derribaron el último astado que resistía en el País Vasco, situado en la localidad alavesa de Ribabellosa.
Tomado por muchos como un símbolo del nacionalismo español, no es la primera vez que ocurre algo así, como evidencia el hecho de su actual extinción en Cataluña, en la que hoy no se conserva ninguno de esos cuadrúpedos de chapa.
A lo largo de estas siete décadas otros toros han sido derribados por el viento y las condiciones meteorológicas, y algunos han sobrevivido a otras vandalizaciones y a las reivindicaciones políticas. En Son Real (Mallorca), por ejemplo, esta silueta ha aparecido pintada con la bandera LGBT y castrada, con símbolos pacifistas y sin cuernos o, ya en 2025, con los colores de la bandera palestina.
Considerado oficialmente como Monumento Histórico Andaluz por la Junta de Andalucía, desde 1996 esta comunidad autónoma, por el contrario, es la que más ha luchado por su preservación, contando hoy con un total de 24 figuras, 10 de las cuales están situadas en Cádiz.
Le siguen en número Castilla-La Mancha (15), Castilla y León (13) y la Comunidad Valenciana, ya con 9. Con algo más de distancia Aragón (6), Extremadura (5) y Galicia (5) y, de manera mucho más dispersa, Asturias (4), Madrid (3), La Rioja (2); mientras que Navarra, Melilla y las Islas Baleares solo conservan ya una.
Desde 2019 la Fundación Osborne aloja una exposición permanente en la Bodega María Manuela, en el Puerto de Santa María de Cádiz, lugar de origen de la empresa Osborne en 1772; con algunas de las claves de este símbolo español, que dio el salto internacional a Japón, Dinamarca o México.
“El buen cartel debe atraer por su belleza, retener por su intención, convencer por su mensaje y, luego, provocar una sonrisa, si es posible”, decía también Prieto. Tras siete décadas desde que el diseñador gráfico lo imaginara por primera vez, el Toro de Osborne continúa sorprendiendo en el horizonte como una imponente figura que atraviesa los paisajes más inesperados de la geografía e historia española para recordarnos que, pase lo que pase, el viaje siempre continúa.
