Ana Prada (Zamora, 1965) regresa a Valencia, donde inició su formación artística, antes de completar sus estudios en Goldsmiths, Londres, donde reside desde principios de los años noventa.
Aunque exposiciones individuales en la Sala Parpalló (Valencia, 2009), el C3A y el MUSAC (Córdoba y León, 2019-2020) y las galerías Helga de Alvear en Madrid y Estrany-de la Mota en Barcelona han mostrado su trabajo, presente en la mayoría de colecciones públicas en España, esta artista sigue produciendo extrañeza por su inédita forma de abordar la escultura.
Este regreso a Valencia, a la galería Luis Adelantado, llega a lo grande, aunque sus piezas son suma de pequeñas cosas que remiten a otras, que no son lo que parecen.
La duda, el humor, la fragilidad, fracturas y presiones forman parte del repertorio de impresiones que generan sus piezas, en las que el ver constituye un problema.
Cuando la imagen lo invade todo, su obra expande fisicidad, provocando la proximidad del espectador que, de inmediato, queda abocado a mirarlas una y otra vez, de cerca, atrapado antes por el hechizo de mirar de lejos.
Ana Prada: 'Aquamarine', 1991-2026
De esta forma, las cuestiones perceptivas saltan a la vista, inmersos como estamos en una suprarrealidad; realidad que trasciende la percepción inmediata, llevándonos a dimensiones experienciales que no se agotan en lo visible o lo empíricamente verificable. Y ahí, los titubeos ante aquello que no parece cierto.
Estas impresiones se advierten desde el minuto uno, al entrar en la galería, en piezas versionadas de 1991, como las fabulosas Jade y Aquamarine o la sobresaliente Very erotic still life (1991-2020). Botellas de agua de plástico seccionadas, como joyas de usar y no tirar, o la organicidad de una cuchara de madera que simula transmutarse en un pecho, son parte de los equívocos del trabajo de Ana Prada.
Estructuras que crecen, se empequeñecen y se replican a sí mismas, en un balanceo que va desde lo orgánico a lo netamente artificial, subrayan la relevancia del material, sus posibilidades de articulación y la significación del proceso creativo.
Galletas redondeadas por intersecciones de chocolate en Memoria pura (Rich Tea), 2024, en módulos que se llaman a sí mismos, encuentran su eco en obras como Pan (2017), en la que un anillo de bronce hace girar unas tostadas a punto de quemarse.
Ana Prada: 'Memoria pura (María dorada), 2026
Y de aquí a un gran cubo de cepillos de dientes, Tooth Brush creator, green (2017-2026), que cristaliza el plástico hasta convertirlo en un objeto extraordinario, tanto como Coser un cubo (2024), con ovillos y agujas de lana, o la serie de bobinas Desde la mano (2026) y las patatas al tenedor en Día tras día (2026).
Piezas que tan pronto son minimal art, pop art, como op art y arte conceptual, no siendo nada de eso; amalgama de referencias que las hace únicas.
Ana Prada: 'Desde la Mano (Multicolor) (detalle), 2026
Alusiones al consumo y los efectos del capitalismo, a lo corporal y doméstico, a lo frágil y mutable, llevan el reconocimiento del objeto a una dimensión especulativa en la que no es posible poner límites, una vez los objetos trascienden su razón de ser material para abrirse al espacio poético del arte.
