Como es habitual, en esta apertura de temporada hay exposiciones interesantes, que nos retan a averiguar más, y otras que pronto olvidaremos. Siempre se agradece una buena muestra. Pero a lo largo del curso expositivo raramente nos topamos con algo que se sale.
La artista bien conocida Elena Blasco (Madrid, 1950), que lleva décadas haciéndonos disfrutar con sus ensamblajes de medios al servicio de la experiencia biográfica de lo doméstico, con su sarcasmo y mordiente retranca tapizada de ternura, con sus guiños inteligentes hacia estrategias conceptuales y a menudo frente al sistema del arte …
Así podría continuar en la tentativa de describir la complejidad de sus maneras de hacer aparentemente naif, ingenuas y coloristas, definitivamente se sale en esta su segunda muestra en la galería Espacio Mínimo.
Hay quien dice que es una genia, incluso en su vida cotidiana. Desde hace tiempo, viene epatando con su desparpajo. Todo eso, a partir de que un día decidiera dar carpetazo al orden disciplinario y patriarcal del sistema del arte.
Quienes vieran en 2012 su exposición monográfica Millones y abundantes razones, en la Sala Alcalá 31, recordarán la seriedad y gravedad de su primera época, en la que hacía todo bien y mejor que la mayoría y ni aun así conseguía hacerse hueco en aquella escena bajo la dominación masculina. Eso, sumado a los consabidos agravios que padece a diario cualquier mujer, ha continuado presente en su trabajo desde entonces hasta hoy.
Vista de la exposición.
Aquella insurrección se produjo a mediados de los años ochenta y un recordatorio de ese corte de Elena Blasco para volver a empezar lo encontramos en esta exposición en la irónica pieza Todo se me hace poco para ti, presentada en la individual homónima en la madrileña galería Ángel Romero en 1986.
No es fácil hacer lo que se quiere, es decir, crear un lenguaje propio y a contracorriente. Por eso la inmensa mayoría de los artistas intentan afirmarse acogiéndose a algún estilo, tendencia o estrategia, pese a la condena conceptual que rechazó el oficio en toda disciplina, por no hablar del academicismo en cualquier modalidad, al ser ajenos a la definición de arte. Sus apóstoles estarán revolviéndose en sus tumbas ante la situación actual.
Elena Blasco sí lo ha hecho. Como lo demuestran la docena de piezas e instalaciones de esta muestra, en la que dialogan creaciones de las tres últimas décadas y recientes, en un espléndido montaje que subraya la coherencia de su valentía por poner en primer término todo lo que los señoros del arte han despreciado.
MIX. La donna è mobile, desde el propio título de la exposición, vuelve a ser una bofetada a la misoginia, a todos los prejuicios, categorías y criterios impuestos y no escritos que, para empezar, han excluido a las mujeres y su mundo de sentimientos y sexo, su vida doméstica aferrada a lo concreto y donde, en un momento, todo puede ponerse patas arriba. Mezclando muebles y pintura, ideando cocinas y salas de estar, redecorando e hilvanando recuerdos.
Elena Blasco: 'Se comunican solo por un hilito', 2026
Una cortina azul Klein regordeta puede ser tan protagonista de un cuadro como un bastidor de bordar transformarse en un óleo garabateado. Los pigmentos y las lanas se entrecruzan. Ahora se lleva. Pero Elena Blasco fue pionera y el tiempo le da la razón. Es una paradoja que su insistencia en la baja cultura, en el trazo torpe del dibujo y en el humor ya blanco, ya mordaz se haya convertido en referente autóctono para jóvenes pintores, siguiendo una senda irrepetible.
Porque se trata de experimentar, de probar y del azar, casi con lo que se tiene a mano. Toda mujer es artista. Es una cuestión de libertad. Y ella lo hace tan fácil.
Detalle de la exposición.
Una exposición plena de gracia, donde todo es fresco, inmediato, jovial y reclama imaginar asociaciones, escarbar. Redonda. Una de esas que dejan huella.
