Hace unos días leí una reflexión que se me quedó dando vueltas en la cabeza. Hablaba de la desaparición de la vergüenza como mecanismo de regulación social; de esa antigua frontera que hacía que determinadas cosas no se hicieran, no porque estuvieran prohibidas, sino sencillamente porque no estaba bien hacerlas.

Inmediatamente pensé en el arte.

Y no precisamente en los artistas.

Durante siglos, el arte ha vivido de traspasar límites. Caravaggio, Manet, Duchamp o Picasso hicieron de la irreverencia parte de su grandeza. Pero una cosa es la irreverencia y otra muy distinta la desvergüenza.

Y creo que conviene distinguirlas.

Porque algunas de las transformaciones más preocupantes de las últimas décadas no se encuentran necesariamente en las obras, sino alrededor de ellas.

En el mercado.

Llevo muchos años trabajando en este ecosistema y cada vez escucho con mayor frecuencia una expresión para celebrar determinados comportamientos:

"Qué listo ha sido".

Muy listo quien compra una obra para colocarla poco después al triple. Quien entra en la lista de una galería para enviarla inmediatamente a subasta. El intermediario que cobra por los dos lados. Quien fabrica escasez alrededor de un artista. Quien convence a un coleccionista recién llegado de que tiene delante al próximo Basquiat cuando detrás de aquella certeza quizá no haya mucho más que una extraordinaria campaña de márketing.

Me pregunto en qué momento empezamos a confundir ser inteligente con ser un aprovechado.

El mercado del arte posee una formidable capacidad para fabricar convicciones

Porque quizá ahí comience la desvergüenza.

El mercado del arte posee una formidable capacidad para fabricar convicciones. De repente aparece un grupo de artistas imprescindibles. Están en todas las ferias, en determinadas colecciones, en las revistas y en Instagram. Surgen las listas de espera.

Hay que comprar ahora.

Mañana será demasiado tarde.

La Historia del Arte parece haberse escrito ya con cincuenta años de antelación. Y durante un tiempo funciona.

El Zombie Formalism, expresión acuñada por Walter Robinson, dio nombre a una abstracción tan reconocible como dócil para el mercado: fácil de producir, de exhibir y, sobre todo, de vender.

Artistas muy jóvenes vieron crecer sus precios a una velocidad vertiginosa. Las obras salían de las galerías, pasaban a las colecciones y aparecían poco después en subasta.

Hasta que dejaron de subir.

Porque después llegó otra cosa.

Siempre llega otra cosa.

Y esta es quizá la parte menos simpática de las modas artísticas: cuando la música termina, casi todos los que organizaron la fiesta ya han cobrado. Alguien se queda sentado delante de la obra preguntándose por qué nadie parece ya tan interesado en ella.

Normalmente, el último que llegó.

No tengo nada contra el mercado. Todo lo contrario. El mercado es imprescindible para el arte.

Los artistas necesitan galerías capaces de defender su trabajo; los coleccionistas, profesionales que les ayuden a formar criterio; los museos, coleccionistas y mecenas. Y todo ese extraordinario ecosistema necesita dinero para existir.

Siempre me ha parecido bastante hipócrita pretender separar completamente arte y dinero.

Nunca estuvieron separados.

Los Médici encargaban y pagaban obras. Julio II pagó a Miguel Ángel. Peggy Guggenheim compraba. Gertrude Stein compraba. Shchukin compraba.

El dinero forma parte de la Historia del Arte.

Un buen galerista descubre, acompaña, protege y construye carreras

El problema comienza cuando se convierte en su primera motivación. Como en el amor.

Una buena galería no es simplemente una tienda sofisticada capaz de vender hoy un cuadro con el mismo mecanismo con el que mañana podría vender un bolso de lujo.

Un buen galerista descubre, acompaña, protege y construye carreras. Forma coleccionistas, defiende una visión estética y arriesga su dinero y su reputación por un artista en el que cree.

Algo muy distinto es colocar la mayor cantidad posible de obra antes de que termine una tendencia.

Y todavía resulta más preocupante utilizar el prestigio intelectual del arte para convencer a personas con poca experiencia de que una moda constituye una certeza histórica.

Quienes trabajamos en este mercado hemos escuchado centenares de veces las mismas frases:

"Es importantísimo".

"Está entrando en grandes colecciones".

"Hay una lista de espera enorme".

"Los museos lo están siguiendo".

"Es el momento de comprar".

A veces todo ello es cierto.

Otras veces convendría preguntar quién está comprando realmente. ¿Instituciones? ¿Grandes coleccionistas con décadas de trayectoria? ¿O las mismas personas comprándose y vendiéndose las obras entre ellas?

Porque precio e importancia no son sinónimos.

Una obra puede multiplicar su precio en tres años y no haber avanzado absolutamente nada en la Historia del Arte. Y una obra extraordinaria puede permanecer ignorada durante décadas.

La progresiva financiarización del arte añade otra capa a este problema.

Una obra puede ser un activo, naturalmente. Un Picasso, un Rothko o un Cézanne forman parte de un patrimonio además de ser arte. Negarlo sería absurdo.

Pero una cosa es que el arte posea valor económico y otra convertirlo en la coartada estética de determinados productos financieros.

Y aquí regreso a la palabra con la que comenzaba: vergüenza.

Una obra puede multiplicar su precio en tres años y no haber avanzado nada en la Historia del Arte

Durante mucho tiempo, el mercado tuvo mecanismos de regulación de ese tipo. Se llamaban reputación. Memoria. Prestigio.

Un galerista sabía que volvería a encontrarse con aquel coleccionista durante veinte años.

Un asesor sabía que su reputación dependía menos de las operaciones cerradas aquel trimestre que de las colecciones que ayudaba a construir.

Internet ha alterado también eso.

Hoy una reputación puede fabricarse a extraordinaria velocidad. Un artista puede pasar prácticamente del estudio a la subasta y una tendencia recorrer el planeta en semanas.

Las redes sociales producen, además, algo poderosísimo: la ilusión de consenso.

Vemos al mismo artista en una feria, después en una colección, en Instagram, en otra feria, en una revista, y acabamos interpretando omnipresencia como importancia.

Pero visibilidad e importancia son cosas radicalmente diferentes.

Habrá artistas extraordinariamente visibles hoy de los que apenas hablaremos dentro de veinte años. Y habrá artistas trabajando casi en silencio cuya obra estudiarán nuestros nietos.

La diferencia es la velocidad con la que hoy podemos fabricar importancia aparente.

Quizá sea esta una de las mayores desvergüenzas del mercado: vender el presente como si ya fuera Historia.

Nadie sabe quiénes serán los grandes artistas de nuestro tiempo. Podemos estudiar, comparar, conocer una trayectoria, tener intuición. Pero conviene conservar cierta humildad.

La Historia del Arte tiene la maravillosa costumbre de poner en su sitio a quienes estaban absolutamente convencidos de saber lo que ella iba a decidir.

Hay además una cuestión esencial: la responsabilidad del que sabe frente al que no sabe.

Cuando alguien comienza a coleccionar existe una enorme asimetría de información. La galería conoce el mercado, la producción, quién compra y si existe realmente aquella famosa lista de espera. El comprador conoce mucho menos.

Aprovechar esa diferencia para vender carísimo aquello que sabemos que probablemente responde a una moda puede ser perfectamente legal.

Puede incluso ser un magnífico negocio.

Pero queda una pregunta mucho más sencilla: ¿es decente?

El arte sobrevivirá a nuestras operaciones, a nuestras ferias, a nuestras listas de espera

No hay nada indigno en ganar dinero con el arte.

Lo indigno comienza cuando desaparece cualquier responsabilidad sobre aquello que dejamos detrás.

Un buen galerista no es quien consigue vender más cara una obra este año, sino quien veinte años después puede contemplar con orgullo la carrera que ayudó a construir.

Un buen asesor no es quien genera más operaciones, sino quien muchos años después puede seguir mirando a los ojos al coleccionista al que aconsejó.

Y un buen coleccionista no es quien consigue comprar antes que nadie al artista de moda, sino quien termina construyendo una colección que habla de su curiosidad, de sus convicciones, de su mirada y de su tiempo.

Quizá por eso me interesa tanto el mecenazgo.

Porque introduce una pregunta completamente distinta.

Frente a "¿cuánto puedo sacar de esto?", el mecenas se pregunta: "¿Qué puedo hacer posible?".

Y ese pequeño cambio transforma nuestra relación con el arte.

No creo que necesitemos más leyes ni un tribunal moral que determine permanentemente quién se comporta bien y quién mal.

Quizá bastaría con recuperar algo bastante más antiguo.

La vergüenza de aprovecharse de quien sabe menos aunque podamos hacerlo.

La vergüenza de presentar como inversión segura aquello que no lo es.

La vergüenza de fabricar artificialmente una carrera y abandonar al artista cuando aparece la siguiente moda.

La vergüenza, en definitiva, de pertenecer a un ecosistema y preguntarnos únicamente cuánto podemos obtener de él sin pensar qué estamos dejando a cambio.

Porque el arte sobrevivirá a nuestras operaciones, a nuestras ferias, a nuestras listas de espera, a nuestros algoritmos y a nuestros récords de subasta.

Nosotros pasaremos.

Las obras quedarán.

Quizá por eso, antes de hacer determinadas cosas, no estaría de más recuperar aquella pregunta tan antigua que durante siglos reguló silenciosamente muchas relaciones humanas:

Puedo hacerlo, sí.

Pero, ¿debo hacerlo?

Carmen Reviriego es presidenta de Callia Art - Transcends Collecting - y de Fundación Callia, institución reconocida con la Medalla de Honor a las Bellas Artes en España.

Historiadora del Arte y creadora de los Premios Internacionales de Mecenazgo, preside el Consejo Internacional de las Colecciones Reales de Patrimonio Nacional.

Es además autora de La suerte de dar, El laberinto del arte y De viaje a la historia del arte.