¿Puede una flor ser más poderosa que un coche? Pipilotti Rist (Grabs, Suiza, 1962) lleva décadas empeñada en demostrar que sí.
En 1997 convirtió una flor gigante en un arma inesperada y a una mujer que destrozaba sonriente ventanillas en la protagonista feliz de Ever Is Over All.
Casi veinte años después, Beyoncé recogió el gesto en Lemonade y aquella imagen salida de los márgenes del videoarte entró definitivamente en la cultura pop mainstream.
Pero el universo de Rist no se agota ahí. La artista ha escrito las páginas más importantes de los manuales históricos del videoarte.
Ahora, el Museo Guggenheim Bilbao recupera aquella pieza seminal como parte de su programa Film & Video que permite volver sobre algunas de las obsesiones que atraviesan su trabajo: la naturaleza, el cuerpo, la percepción, la tecnología y, sobre todo, una capacidad de asombro que la artista suiza se resiste a perder.
Presentada en la 47ª edición de la Bienal de Venecia de 1997, hecho que otorgó a la artista repercusión y reconocimiento internacional, Ever is Over All es una de las videoinstalaciones más emblemáticas de Pipilotti Rist y una obra de referencia dentro de la historia del videoarte contemporáneo de finales del siglo XX.
Frente a la velocidad y el cinismo contemporáneos, Rist propone otra cosa: mirar más despacio, recordarse mirando como un niño o un científico. Porque quizá todavía no lo hayamos visto todo. Y porque, como ella misma recuerda, a veces basta observar cómo flota el polvo en un rayo de sol para que el mundo vuelva a resultar extraño. Así lo cuenta a El Cultural.
Pipilotti Rist: 'Ever is Over All', 1997
Pregunta. Muchos artistas ven la tecnología como algo frío o alienante, pero usted la utiliza para crear calidez, empatía y una conexión orgánica. ¿Cuál es su secreto para "humanizar" el píxel?
Respuesta. Trato las máquinas, las cámaras y las pantallas como extensiones de nuestros propios sentidos. Nuestros sentidos son, en sí mismos, máquinas impulsadas por la sangre, y nuestros cerebros laten con la energía electromagnética que también alimenta los dispositivos que creamos. Al trabajar con primeros planos, ralentizar el tiempo y dejar que los colores se difuminen en el espacio físico, la pantalla deja de ser una barrera plana. Se convierte en una invitación a unir lo biológico y lo electrónico en una sola orquesta.
"El mundo cotidiano está lleno de detalles milagrosos y complejos que esperan ser descubiertos"
P. Casi diez años después de que lanzara Ever Is Over All (1997), en el que rompe las ventanillas de un coche con una flor gigante, Beyoncé le rindió homenaje en su álbum Lemonade. ¿Cómo se sintió al ver que sus imágenes pasaban de la vanguardia del videoarte a la cultura pop mainstream?
R. Lo considero un homenaje de una gran artista, lo cual me ha llenado de orgullo. La influencia entre la música, el cine y las bellas artes siempre ha fluido en todas las direcciones. Es profundamente conmovedor porque demuestra que los símbolos visuales transmiten un lenguaje universal.
Pipilotti Rist: 'Ever is Over All', 1997
P. ¿Cuál era su intención al realizar la pieza?
R. Mi intención es que el espectador perciba esta destrucción como algo alegre, más que aterrador. Una similitud con el vídeo de Beyoncé es que la protagonista se comporta como si se tratara de una acción normal y cotidiana. Las obras se oponen a un sesgo humano: reconocemos que los coches destruyen nuestro entorno natural, pero a menudo se considera peor destruir un vehículo de acero. ¿Pueden los coches causarnos más daño del que jamás podría causarnos una flor? Al convertir la flor en un arma blanda —lo que sugiere que la resiliencia de la naturaleza es más compleja y duradera que la de nuestras máquinas de acero—, la obra transforma la energía destructiva en una esperanza frágil y poderosa. El contraste con el vídeo de Beyoncé radica en la herramienta: ella utiliza un bate de béisbol en lugar de una flor, lo que transmite un mensaje diferente.
P. ¿Por qué llevarla ahora al Guggenheim de Bilbao?
R. La instalación de vídeo es un cuento de hadas; su atractivo perdurable reside en la metáfora de que una flor es más fuerte que un coche, lo que sugiere que la fuerza de la naturaleza es más compleja y potente que los productos fabricados por el ser humano. Desde la perspectiva de una molécula, no hay destrucción intencionada, solo devenir y muerte.
P. ¿Cómo consigue mantener intacto ese sentido de la maravilla ante lo cotidiano en un mundo adulto a menudo cínico?
R. Intento ver los problemas del mundo como algo insignificante en comparación con el universo y la evolución. Me ayuda el hecho de ser miope, lo que me permite ver de muy cerca. Es una decisión consciente para contrarrestar la separación entre los distintos sentidos, pensamientos y sentimientos. Eso es lo que ocurre durante la adolescencia, cuando perdemos la capacidad de asociación libre y la apertura a la maravilla. Se nos enseña a ignorarla en aras de la eficiencia, y se nos entrena constantemente para mirar más allá de las cosas con el fin de pasar a la siguiente tarea, en lugar de observarlas. Mantener intacta la capacidad de asombro es un acto intencionado de ralentizar el ritmo y mantener la curiosidad por lo que tenemos justo delante.
P. ¿Sigue alguna estrategia?
R. Me recuerdo a mí misma que debo mirar el mundo cotidiano con los ojos de un niño o de un científico: maravillarme de cómo la luz rebota en el fregadero de la cocina, de cómo el polvo flota en un rayo de sol o de cómo está estructurada una sola hoja. El cinismo surge de creer que ya lo hemos visto todo y que sabemos cómo funciona todo. El asombro surge también al recordar que solo comprendemos una minúscula fracción de la existencia, y que el mundo cotidiano está lleno de detalles milagrosos y complejos que esperan ser descubiertos.
