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Esther Ferrer (San Sebastián, 1937) no se jubila. Ni quiere ni puede. Integrante del histórico colectivo Zaj y Premio Nacional de Artes Plásticas, entre otros muchos reconocimientos, su trabajo denosta las modas y labra un territorio de libertad, inteligencia y humor, entre lo intuitivo y lo racional.

Ahora presenta en la feria Estampa –que se celebra en Madrid, en Ifema, del 24 al 27 de septiembre– sus últimas piezas dedicadas a los números primos, resultado de entre tres y cuatro meses de trabajo.

A punto de cumplir los 89 años, habla con El Cultural desde su casa de París.

Pregunta. ¿Cómo está?

Respuesta. Bueno, envejeciendo. A veces mal, otras peor y, de vez en cuando, muy bien.

P. Está como una rosa.

R. Como decía mi madre: “No es oro todo lo que reluce”.

P. ¿Se plantea jubilarse?

R. ¡No! No podría. Vivo de mi trabajo; no tengo una jubilación que me permita vivir sin trabajar. Tampoco podría resistirlo psicológicamente.

"Yo no soy Marina Abramovic. No he pensado nunca en introducir en mi trabajo sufrimiento, ya bastante en el mundo"

P. ¿Qué significa para usted hacer arte?

R. Es mi vida. No la concibo sin el aspecto creativo, me da libertad y me ayuda a compensar las frustraciones sociales y políticas. Gracias al trabajo que tengo puedo llegar al equilibrio en esta sociedad tan desequilibrada.

P. Cuéntenos de Estampa. Es usted la artista invitada.

R. Soy la invitada, pues muy bien. Mira [Bernabeu, su galerista] se está ocupando de todo.

P. Pero lleva obra nueva.

R. ¡Es que todas las obras que expongo son nuevas! Son las piezas que estaba haciendo. Yo nunca trabajo para algo; yo trabajo. No hago encargos.

Esther Ferrer: 'Retrato imaginario de Erik Satie', 1982. Esther Ferrer

P. Cuéntenos en qué está trabajando, entonces.

R. Sigo con los números primos, quiero terminar una serie desde hace años.

P. Son piezas muy minuciosas. Supongo que le llevan mucho tiempo y dedicación.

R. Primero hago una premaqueta, la corregimos con mi asistente y luego él la pasa a limpio. ¿Sabes cuántos clavos hemos pintado en mi última pieza? Mil y pico. Terminar la obra puede llevar de tres a cuatro meses o más.

P. Después de tantos años, tendrá un archivo de obra inmenso. ¿Cómo lo gestiona?

R. Mal. Soy muy desorganizada. Lo que hago me lleva tanto tiempo que tampoco produzco tanta obra…

P. ¿Cómo empezó su interés por los números primos?

R. Las primeras obras son de los 70. Me había interesado siempre estructurar el espacio con los menores elementos posibles intentando controlar mi subjetividad.

»Una noche soñé que nadaba en un mar de números y pensé que todos eran impares, pero luego, de repente, me vino así, que eran primos: solo son divisibles por sí mismos o por la unidad. Fui a la biblioteca, verifiqué que eran ellos y empecé.

P. ¿Es una persona intuitiva o analítica? ¿Cómo combina razón e intuición?

R. Paso de una a otra sin ningún problema. Cuando trabajo mucho tiempo con los números primos, tengo que parar porque me obsesiono y vuelvo al absurdo, que vive en mí y donde no hay leyes, tampoco en la poesía. Los primos me obligan a respetar un orden, lo primero no impide lo segundo y viceversa.

"Con Zaj he vivido situaciones en el escenario en las que he sido agredida"

P. ¿Siempre quiso ser artista?

R. ¡Nunca he querido ser artista, nunca lo decidí! Nací. Me encontré de repente en este mundo. También he hecho otras cosas: he pintado casas, he dado clases, he escrito en periódicos…

P. ¿Se ha sentido discriminada por ser mujer?

R. ¡Continuamente! ¡Y me sigo sintiendo discriminada! Desde el punto de vista artístico, como yo no pido nada, ni becas ni exposiciones. Si me discriminan, no me entero. Pero, como mujer, continuamente. Todavía es necesaria la lucha feminista, sueño con el día en que no lo sea.

P. Después de tantos años, ¿qué le queda por hacer?

R. ¡Muchísimo! Tengo obras pensadas. Las ideas me vienen viviendo, hablando, leyendo el periódico. En arte me permito hacer todo lo que me interesa, y me interesan tantas cosas...

P. ¿No ha pensado en dejar París y volver a San Sebastián?

R. No, pero echo de menos el mar. Todavía hoy, cuando voy, es una sensación maravillosa, esa infinitud. Todos los días daba la vuelta al paseo, del Antiguo al Kursaal.

P. Tras 65 años de carrera, ¿qué balance hace?

R. No hago ninguno. Cuando veo los catálogos pienso: “¡Pero cuánto he trabajado!”. Eso sí que lo pienso.

P. ¿Alguna vez, haciendo una performance, el público le ha hecho cambiar la obra?

R. Yo nunca pido participación pero tampoco la impido. Si yo me siento libre de hacer, el público también. Evidentemente, puede cambiar la pieza. En los 70 el público participaba más, se encontraban frente a algo “nuevo”, aunque también viví momentos violentos.

»Con Zaj he vivido situaciones en el escenario en las que he sido agredida. Nunca se atrevían con Juan [Hidalgo] o Walter Marchetti, siempre venían a mí. En Bilbao, en el 68, estaba sola en el escenario, con Zaj. Un chico sube, enciende un cigarro y me lo pone cerca de la mano.

»Yo veía que me iba a quemar, le iba a dar un manotazo y entonces aprendí algo que me ha servido para mucho: que la mejor reacción es no reaccionar. El público empezó: “¡Cobarde!, ¿No te da vergüenza?”. Lo solucionó, seguramente, mucho mejor de lo que yo lo hubiera hecho.

"Categorizar es discriminar; los que necesiten las categorías, que las usen. Yo no las necesito"

P. Como en la pieza de Marina Abramovic, Rhythm 0 (1974), en la que se quedó inmóvil y el público podía utilizar libremente sobre su cuerpo los objetos que había dejado, incluso la llegaron a apuntar con una pistola.

R. Yo no soy Marina. Ella planteó una situación de la manera que le convenía. Yo no he pensado nunca en introducir en mi trabajo sufrimiento, creo que hay ya bastante en el mundo, sobre todo actualmente.

P. ¿Qué hace que una performance sea buena?

R. ¡Uy! ¡No tengo ni idea!

Esther Ferrer: 'Autorretrato aleatorio #1'. Esther Ferrer

P. ¡Anda!

R. Yo pienso el concepto que me interesa trabajar y lo desarrollo como quiero y puedo dentro de mis limitaciones. No pienso nunca si va o no va a gustar al público, la interpretación que haga es su problema, yo no le impongo nada, es libre de irse, por ejemplo.

»En mis acciones me permito todo lo que creo que la performance necesita, incluso aunque pueda resultar “aburrida”. Picabia decía: “El oro se convierte en plomo en la gente que no le gusta el aburrimiento”. El aburrimiento puede ser creativo.

P. ¿Qué tipo de espectadora de performances es usted?

R. ¡Muy buena! Me encanta ver lo que lo que se hace.

P. Ha dicho que la performance cada vez se asemeja más al teatro.

R. Comenzó alejándose de él y hoy está volviendo, los extremos se juntan. En arte no hay nada puro, como decía Erik Satie. Las categorías, para quien las necesite. Categorizar es discriminar; en arte, no las veo necesarias. Los que necesiten las categorías, que las usen. Yo no las necesito.