Nueva York (enviado especial)

“Voy a por un café, ¿quieres algo?”. David Ferrer (Jávea, España; 1982) aparece a las tres de la tarde del sábado por la cafetería de jugadores del Abierto de los Estados Unidos y lo primero que hace es ser educado con su entrevistador. El tenista llega a la cita solo, con las gafas de sol enganchadas al cuello de una camiseta azul, y se sienta a la mesa dispuesto a explicar cuándo, dónde, por qué y cómo.

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A los 36 años, el alicantino jugará el último Grand Slam de su carrera en el Abierto de los Estados Unidos antes de enfilar definitivamente el camino de la retirada en 2019. Lo hará con un plan de torneos diseñado para despedirse en algunos de los lugares más importantes de su vida como tenista y sin hacer ruido, una de las señas de identidad que mejor le han distinguido durante todo este tiempo. 

Al iniciar la conversación, ya desde la primera repuesta, Ferrer demuestra que está en paz: él, que llegó a ser número tres del mundo y celebró 27 títulos en una de las épocas más encarnizadas de todos los tiempos, está listo para irse. 

Empecemos por lo último: el lunes, Rafael Nadal.

En el fondo me puse contento. Me alegré. Va a ser mi último Grand Slam y para mí es un premio tener la oportunidad de jugar con Rafa Nadal en la pista central del Abierto de los Estados Unidos. Estoy feliz porque el tenis me ha dado este regalo. 

¿Cuál es su plan?

Despedirme jugando la Hopman Cup, Auckland, Buenos Aires, Acapulco, Barcelona y Madrid. También tengo claro que después de este Abierto de los Estados Unidos necesito parar y descansar para saber si el año que viene quiero seguir o no. Será algo que me dirá el tiempo.

Usted fue capaz de entrometerse entre algunos de los mejores jugadores de todos los tiempos, pero ahora mismo es el 148 del mundo. 

Al principio cuesta, pero luego lo asumes. Eso sí, valoras más todo lo que has conseguido y lo bueno que has sido. Hoy en día, miro atrás y veo que mi calendario ha sido una auténtica locura. Ahora no podría ni viajar tanto ni competir tanto. Hay cosas que sigo teniendo, el carácter lo mantengo. Quiero ganar y jugaré el lunes ante Nadal con esa intención. Eso forma parte de mi ADN. Estoy a las puertas de la retirada, pero moriré siendo competitivo.

¿Han sido semanas complicadas?

Lo difícil ha sido el momento de tomar la decisión después de la gira de tierra batida. Parar y pensar qué es lo que realmente quería. He tenido tiempo de recapacitar. Llevo todo el año jugando, me lo he pasado bien y estoy preparado para lo que venga. Estoy orgulloso de cómo he llevado las derrotas sin poder dar el nivel que esperaba. 

¿Cómo lo decidió?

Cuando ves que tu cuerpo no reacciona igual y que no puedes recuperar, por ejemplo. A mí el tenis me encanta y no tengo ganas de dejarlo, pero el nivel al que puedo competir no me llena tanto como para hacer el esfuerzo de irme a jugar torneos menores. Por eso, me gustaría terminar la temporada que viene con mi gente en España. No es que esté mal tenísticamente, pero físicamente no puedo jugar más de uno o dos partidos.

Suena a proceso progresivo. 

Es el día a día. Buscas cosas, pero te levantas por la mañana y tienes dolores insufribles. En mi caso, en el tendón de Aquiles. Y no ganar partidos, claro. Asumes las derrotas, pero para mí es duro perder en primera ronda cuando nunca lo he hecho. Nunca será plato de buen gusto, por mucho que lo acepte. He intentado readaptarme y buscar soluciones, pero la edad no perdona. Es algo que le ocurre a todo el mundo.

“No es fácil aceptar lo que está pasando. Estás diciendo adiós a una vida que ha sido tu vida”, dijo Carlos Moyà en una entrevista con este periódico sobre la elección del momento para dejarlo.

Para mí ha sido el momento adecuado. Mentalmente estoy bien conmigo mismo. Quizás, los dos años anteriores sentía frustración, algo de rabia por no poder aceptar que me faltaba el nivel de antes. Ahora ya no tengo rencor. Las temporadas anteriores me habría retirado con mal sabor de boca. En 2017, gané Bastad y fue especial porque había pasado dos años un poco depresivo. Estaba saliendo de ese pozo mental. Y me ayudó. También le digo algo: ahora mismo estoy más preparado que cuando gané en Bastad. He ido creciendo mentalmente como persona para afrontar estos momentos.

¿Solo?

No, con ayuda de un psicólogo. Empecé en 2016 y ha sido un apoyo muy importante. Personalmente, me ha ayudado muchísimo. Y también mi mujer y mi entrenador. Son los tres pilares que más me han ayudado a crecer como persona.

El pasado mes de mayo nació Leo, su primer hijo. ¿Ha influido para decir adiós?

Leo no tiene nada que ver con la decisión que he tomado. Me ha costado mucho más físicamente porque descanso menos, pero no ha influido para que 2019 sea mi último año. Lo decido porque no doy el nivel que quiero y no tengo la oportunidad de jugar torneos grandes. No es por mi hijo, si estuviera arriba en el ranking seguiría jugando. Dejo el tenis porque no puedo seguir manteniendo el nivel que tenía. Es algo lógico: voy a cumplir 37 años y llevo una carga de partidos muy grande. 

¿Le da miedo el futuro? 

Mi vida va a cambiar, pero no me da miedo. Estoy ilusionado y motivado por poder formarme en otros aspectos. El tenis siempre estará conmigo porque voy a seguir vinculado. No sé de qué manera. Lo asumo como un reto, no como un miedo a no saber qué hacer. 

Como bien sabe, Andre Agassi revela en su biografía que llegó a odiar el tenis. ¿Le ha pasado?

Sí, cuando solo vale ganar. Eres joven e inmaduro y lo único que cuenta es ganar, lo demás no sirve de nada. Tomas malas decisiones o tienes un entorno que solo te forma como tenista, pero no como persona. En cierto sentido, eso es peligroso.

¿Alguna vez se imaginó hacer una carrera tan buena?

Tan buena no, ni tan longeva tampoco. Me habría conformado con la mitad si me lo hubieran dicho. Me llevo un lujo: el de haber podido viajar, conocer culturas diferentes y experimentado los valores del deporte. Independientemente del dinero que haya ganado, o los títulos, me quedo con todo eso. Es lo mejor que me ha dado el tenis.

Tiene que estar orgulloso. 

Estoy orgulloso por el buen jugador que he sido. He intentado siempre mejorar y evolucionar, como tenista y como persona. Por momentos, he sido muy obsesivo con mi trabajo, buscaba siempre la perfección y no aceptaba el fallo. Luego me relajé un poco. Aunque lo que más orgullo me provoca es mi forma de haber sabido llevar el final. Y eso me ayudará durante el resto de mi vida.

¿Le quedarán muchas secuelas?

Me van a quedar secuelas porque tengo problemas crónicos en mis tendones de Aquiles. Ya tengo asumido que no podré correr más de 40 minutos uno o dos días por semana.