Nueva York (enviado especial)

Tras la última pregunta de la entrevista, la pantalla del iPhone de Carlos Moyà (Mallorca, España; 1976) se enciende avisando de la llegada de una llamada de FaceTime de su hija pequeña. Son las dos de la tarde en Nueva York y el entrenador del mejor jugador del planeta no ha tenido respiro: un entrenamiento de dos horas con Rafael Nadal, el encuentro con este periódico y una partida de parchís pendiente con todo el equipo.

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Antes, sin embargo, Moyà se detiene para hablar con su familia desde el jardín de jugadores del Abierto de los Estados Unidos. El último grande del curso arranca el próximo 27 de agosto y el técnico sabe que los momentos de respiro se terminarán en cuanto comience la competición.

A los 32 años, Nadal sigue siendo el número uno del mundo y aterriza en el Abierto de los Estados Unidos como defensor del título.

Siempre he tenido mucha fe en él porque sé de lo que es capaz. La única duda eran las lesiones, que alguna le apartara. Hace siete años no era tan normal que pasara esto, pero ahora hay muchos tenistas jugando a su mejor nivel en edades bastante tardías. Yo siempre he pensado lo mismo: que el tenis no retiraría a Rafa y sería Rafa el que se retiraría del tenis.

En la posición actual, ¿llegar hasta los Juegos Olímpicos de Tokio es factible?

Muy factible. Sería una sorpresa que Nadal no llegase a los Juegos Olímpicos de 2020.

Hay muchos jugadores que están olisqueando esa retirada, pero encontrar el momento de tomar la decisión parece lo más difícil.

No es fácil aceptar lo que está pasando. Estás diciendo adiós a una vida que ha sido tu vida. Cuando lo dejas pasas a ingresar en la realidad, la que vive un 99% de la gente. Dejas de ser jugador profesional y te conviertes en entrenador, gestionas tus negocios o cualquier otra cosa habitual del día a día. Es muy complicado tomar esa decisión.

¿Que hace falta para ser el mejor jugador del planeta en 2008 y seguir siéndolo en 2018?

Evolución. Las circunstancias te hacen evolucionar, y si no lo hubiese hecho no sería número uno del mundo. Hablamos de un jugador que hace 10 años estaba en lo más alto y ahora mismo sigue ahí, efectivamente. Los rivales te conocen, aparecen otros nuevos, las capacidades físicas no son las mismas que a los 20… Él se ha adaptado muy bien.

Usted se sentó en el banquillo de Nadal en la pretemporada de 2017. ¿Ha habido muchos cambios en la forma de trabajar?

Hay ciertos cambios, sí. No hablo a nivel de juego, hablo de la manera de entrenar, de las horas que pasa en la pista, del descanso, de la gestión del calendario… No es una cosa mía, ni mucho menos. Todo el equipo va a una y afortunadamente él se fía de nosotros. A veces, le cuesta tomar una serie decisiones que por inercia le llevan a hacer algo, pero ve que todo el grupo piensa lo mismo y se lo plantea. Hay otras cosas que Rafa las ve de una forma y va a delante con ellas. No hace todo lo que le decimos, pero nos escucha bastante y se fía de nosotros. Nos está ayudando mucho que confíe tanto.

Renunciar a jugar en Cinncinnati, por ejemplo. 

En otra época hubiese jugado 100% porque no tenía ningún problema grave, pero ahora se da cuenta de que es difícil llegar a todo. Nosotros nos sentimos muy realizados porque nos escucha y nos tiene en cuenta, aunque las decisiones las toma él. 

Desde finales del año pasado, y tras el paso al lado de Toni Nadal, se ha quedado solo con Francis Roig en el área técnica. ¿Cuál es su metodología?

Mucho diálogo y mucho espacio por parte de los dos. Ambos queremos lo mismo para Rafa. Hay buen rollo, muy buen ambiente, y tenemos mucha comunicación. Creo que estamos haciendo buen trabajo. 

¿Y cuando no viaja como en Canadá?

Me mando muchos mensajes con Rafa y alguna llamada de vez en cuando.

¿Llamadas de voz o FaceTime?

FaceTime, con los problemas de conexión [se ríe]. Él dice que solo le pasa conmigo, que no se oye bien… En Canadá, por ejemplo, estaban Francis, Tomeu (Salvà) y (Rafael) Maymò, así que intenté no ser muy pesado. Me gusta conocer mucho los detalles, pero sin agobiar. Por eso, intento repartir. Con Rafa no hablo cada día porque debe tener su espacio. Convivimos mucho tiempo, en Mallorca también, y es bueno que esté un poco a su bola también.

¿Nunca tuvo miedo al fracaso cuando asumió el cargo?

No. Estaba muy seguro y convencido. No sabía si recuperaría el número uno o ganaría más grandes, pero sí que recuperaría su mejor nivel. No tenía ninguna duda.

Y todo tras la famosa conversación que mantuvieron antes de empezar…

Le puede preguntar sobre la conversación que tuvimos, si es verdad lo que digo o no. Al final, tú no eres lo que dices, eres lo que haces. Rafa podía decir una cosa y luego hacer otra, aunque me hubiese sorprendido mucho porque le conozco. Vi que tenía ganas, que el hambre seguía ahí. Había pasado por una serie de problemas que por una causa u otra no le permitían estar arriba. Era muy consciente de la responsabilidad que tomaba al entrar en un equipo tan hermético como el suyo. Los resultados llegaron muy al principio y eso nos dio confianza, pero nunca dudé de que volvería a su mejor nivel.

¿Cómo es posible que tenga hambre a estas alturas?

Eso es lo que le convierte en un tenista único y diferente. 

¿No necesita incentivos?

A ver, no todo es de color de rosa en el día a día de Rafa. Han sido casi dos años espectaculares, pero también hemos pasado épocas duras. Esta temporada, por ejemplo, en Acapulco vivimos uno de los momentos más complicados desde que yo llegué al equipo, cuando recayó de la lesión que sufrió en Australia y renunció también a Indian Wells y Miami. Al margen, no siempre está motivado porque eso es imposible, lógicamente.

¿Se siente más cómodo corrigiendo golpes dentro de la pista o haciendo entrenamiento verbal fuera de ella?

El trabajo del entrenador va más allá de las dos horas que pasas en la pista cada día. Fuera de esa pista hay que entender que tiene 32 años, que necesita momentos con su familia, con su pareja, para sus aficiones… Igualmente, Nadal es una persona que tiene los pies sobre la tierra y eso hace que las cosas sean mucho más fáciles.

Tiene mujer y tres hijos. ¿Es muy difícil?

Es un trabajo que hago encantado. Mis circunstancias como entrenador son inmejorables. Estoy con un amigo, con una persona con la que he compartido mucho tiempo fuera de la pista, con el número uno del mundo, con un ganador de 17 torneos del Grand Slam, alguien que es de mi tierra… Intento disfrutar de lo que nos queda porque sé que esto no es eterno. Cuando Rafa se acabe será muy complicado igualar lo que estoy viviendo ahora. Mi familia hace que deba tener un equilibrio personal, pasando tiempo en casa. Por eso, intento encontrar un equilibrio que Rafa me ofrece y acepta. 

Dice que su posición no es eterna. ¿Va a seguir entrenando después de Nadal?

No quiero ser esclavo de mis palabras. Es difícil, pero si pasan dos años, me entra el gusanillo de nuevo y llega la oportunidad adecuada… No lo sé. Ahora mismo es imposible verme con un jugador distinto a Nadal. 

¿Cuánto dolió la derrota contra Djokovic en las semifinales de Wimbledon?

Ha habido otras que han dolido más. Fue un gran partido, el mejor que ha jugado Rafa acabando derrotado desde que estoy con él. No haría nada diferente a lo que él hizo.

Pero la oportunidad perdida de volver a ganar el torneo…

Cuando lo das todo, cuando estás tan cerca, cuando tienes tantas opciones… duele menos. Yo hablé con él tras el partido y estaba tranquilo, aunque decepcionado por la derrota. Al margen, creo que se ha dado cuenta de que puede volver a ganar Wimbledon. En 2017 ya lo vivió, pero él pensaba que no estaría de nuevo en esa situación. Quizás, este año ha estado a un punto de conquistar otra vez Wimbledon.

¿Y entonces qué derrota dolió más que esa?

La de Federer en Australia el año pasado. Fue ante un rival al que había dominado en los últimos años. Me trastocó un poco ese partido porque no esperaba que se perdiera, pero Federer jugó a un gran nivel. Es probable que caer allí afectase luego en Indian Wells y Miami. Rafa se vio ante un rival un poco distinto al que estaba acostumbrado a medirse. Siempre había encontrado la manera de neutralizarle y salió por unos derroteros que no esperábamos a estas alturas de su carrera.

No juegan desde octubre, en Shanghái. Como técnico, ¿le apetece ver qué pasaría ahora si se miden?

Lo mejor del deporte es cuando no sabes lo que va a pasar. Yo veo muchos partidos de Rafa y sé que si no se tuercen es probable que gane. Cuando juega con Federer, con Djokovic, con Thiem... esos partidos en los que se exige al mejor Nadal los disfruto. Sé que está muy igualado, que puede perder, pero como amante del tenis me gusta ver a los mejores del mundo exprimidos por el rival.

¿Djokovic es una preocupación?

No, es un desafío con el que contábamos. Creo que no está a su mejor nivel todavía. Ha ganado Cincinnati, pero el partido bueno lo jugó en la final. Durante todo el torneo perdió varios sets y el mejor Djokovic no daba opción a eso, pero sabemos que está ahí de nuevo. 

Da miedo a lo que venga cuando ellos tres se vayan.

Habrá cierto vacío, pero el deporte es más grande que cualquier jugador. Llegarán nuevas estrellas. Las victorias te dan carisma. Si hay tres jugadores que no dejan ganar a los demás es difícil que los de abajo tenga ese carisma, pero si Zverev, Tsitsipas y Shapovalov consiguen ganar un grande todo cambiará. Jugarán en las centrales y con la atención del público. Siempre ha sido así. Es un proceso natural de cómo funcionan todos los deportes, no solo el tenis.