Hay un día, ese día, en el que no salen las cosas. Ocurre, a menudo, en el deporte. A España, este sábado, tras cuajar una fase de grupos envidiable, ganarlo todo (cinco de cinco) y pasar como el mejor ataque del torneo (160 tantos) a octavos. Entonces, cuando todo pintaba bien, el equipo de Ribera se atascó. Lo hizo por sorpresa. En la primera parte y, por momentos, en la segunda. Tuvo que resoplar, sudar y sufrir. Hizo todo eso y sobrevivió. Podría no haberlo hecho, pero, sin mirar atrás, balanceándose cual funambulista, consiguió su objetivo, el billete a cuartos. Y lo hizo contra Brasil, un camaleón de mil caras aglutinador de talento individual y falta de tino con el balón en caliente. Un peligro sin medida que contuvo el bloque Hispano gracias a Dujchebaev, que apareció al final para pedir la pelota y cantar victoria [Narración y estadíscas: 27-28].



Brasil, como incógnita, era difícil de prever. Nadie la daba por favorita, pero tampoco la descartaba. Y España, con Ribera en el banquillo, exseleccionador de la canarinha, sabía más o menos lo que le esperaba. Sin embargo, a menudo, los pensamientos pretéritos tienen poco que ver con la realidad presente. Sólo así se pueden explicar los cuatro goles de Chiuffa, los tres de Pozzer o los cuatro de Langaro en la primera mitad, en un arranque para el olvido. Y sólo así se concibe el dominio del contrincante y la endeble defensa Hispana, más desajustada y débil que de costumbre. El fruto de que España, antes del descanso, sólo encontrara alivio en la lucha de Aguinagalde, el acierto de Cañellas o las internadas de David Balaguer, de nuevo al rescate (cuatro de cinco en la primera mitad), para dejar el marcador a una distancia asequible antes de enfilar hacia el túnel de vestuarios (18-16).



La certeza, en cualquier caso, de que no iba a ser fácil. No, no lo iba a ser. Tocaba currar y sufrir incluso para los aparentemente menos pasionales, como Jordi Ribera. Pero, a la vez, nadie se podía precipitar. Una mala racha podía acabar con todo: las loas, las promesas y los sueños. Pero, a base de trabajo, España fue ganando fortaleza. Redujo con pasos de hobbit la distancia tras nueve minutos de segunda mitad. Nadó hacia la orilla y, una vez allí, no dejó que la corriente lo arrastrara. Lo hizo, de nuevo, con Valero Rivera acudiendo a su cita con el balón en caliente. Se colocó por delante en el marcador (20-19) y creció. Eso sí, antes de llegar a buen puerto se permitió fallar hasta tres siete metros en momentos decisivos. ¡Vaya día!, pensaría alguno. 



Sin embargo, en esos minutos finales, cuando el precipicio abre sus puertas, España trajo de vuelta el coraje de otro tiempo. A ocho minutos del final, vio como Sarmiento fallaba una entrega y Chiuffa, al contraataque, volvía a poner por delante a Brasil (26-25). Como, también, en la siguiente jugada, le perdonaban una expulsión a Langaro. Y como, después, fallaba Víctor Tomás desde los siete metros. En fin, muchas cosas.



Pero ahí estaba otra vez Valero para poner las cosas en su sitio (26-27). Y, posteriormente, para que Dujshebaev, en el péndulo, con el reloj marcando el paso, el tic-tac y las agujas agotando los sueños, apareciera. Marcó. Dejó un ataque a Brasil, y vio como España se hacia dueña del último minuto. Y final. Con nervios, con sufrimiento, con asfixia, con todo. España, como Nadal unas horas en el Abierto de Australia, puso en liza la nueva época, la de las victorias en el precipicio. La primera en este Mundial, la que marca un antes y un después entre la fase de grupo y los cruces. El próximo, en cuartos, contra Croacia o Egipto.

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