Néstor Lorenzo, junto a Luis Díaz en un entrenamiento durante el Mundial.

Néstor Lorenzo, junto a Luis Díaz en un entrenamiento durante el Mundial. EFE

Mundial de fútbol 2026

Por qué Colombia es candidata a ganar el Mundial: el método Néstor Lorenzo que ha logrado que James y Luis Díaz coexistan

Tras brillar en la Copa América y realizar una notable fase de grupos, el conjunto cafetero asusta al mundo con un sistema híbrido diseñado para ganar.

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El panorama del fútbol mundial en este verano de 2026 ha dejado de mirar a la Colombia como una simpática comparsa de talento intermitente para empezar a temerla como una candidata legítima a la corona global.

Tras una fase de grupos impecable, donde el conjunto sudamericano lideró su zona con autoridad absoluta y firmó un vibrante empate ante la Portugal de Cristiano Ronaldo, los dirigidos por Néstor Lorenzo se plantan en las fases de eliminación directa con el aura de los equipos destinados a hacer historia.

Este presente dorado, sin embargo, resulta del todo incomprensible si no se examina con rigurosidad el abismo absoluto desde el que brotó este proceso.

Néstor Lorenzo, durante un partido.

Néstor Lorenzo, durante un partido. EFE

Hace apenas cuatro años, el fútbol colombiano yacía en ruinas emocionales y futbolísticas: una traumática eliminación del Mundial de Catar 2022, trágicamente marcada por una alarmante e histórica sequía de siete partidos consecutivos sin anotar un solo gol, dejó un vestuario profundamente fracturado.

También a una hinchada sumida en la apatía y la dolorosa sensación colectiva de que una generación brillante de futbolistas se había marchado en silencio sin cumplir su gran promesa.

La llegada del estratega argentino Néstor Lorenzo en julio de 2022 no fue recibida precisamente con trompetas ni un optimismo desbordado, sino con el escepticismo lógico de un entorno habituado a los bandazos institucionales y que veía en él a un técnico interino encubierto o a un eterno asistente.

Pero el fútbol, sabio en sus tiempos, demostró que Lorenzo no requería de una revolución ruidosa ni de una limpieza destructiva de nombres propios, sino de una silenciosa e impecable obra de ingeniería humana y táctica que hoy, cuatro años después, tiene a las grandes potencias mundiales rendidas a sus pies.

Alumno de Bilardo

La profunda metamorfosis competitiva de Colombia no se explica de ninguna manera desde el azar o la mera inspiración del momento, sino desde la herencia genética e intelectual que Lorenzo arrastra en su pizarrón.

El seleccionador nacional se formó como futbolista y estratega bajo la rigurosa, pragmática e intransigente escuela de Carlos Salvador Bilardo, el mítico director técnico que llevó a la Argentina de Maradona a lo más alto y con quien Lorenzo se consagró subcampeón del mundo en el césped de Italia 90.

Del célebre "Narigón", Lorenzo heredó una obsesión casi enfermiza por el detalle táctico, el análisis de los microciclos, el estudio milimétrico de las transiciones del oponente y, por encima de todo, una máxima que resulta innegociable: para que la lírica y el arte florezcan en el área rival, primero hay que construir un bloque de hormigón armado en la propia.

Lorenzo diagnosticó con velocidad quirúrgica que el gran mal histórico del fútbol colombiano no radicaba en la escasez de talento técnico, sino en una arraigada ingenuidad competitiva.

Bilardo, junto a Maradona.

Bilardo, junto a Maradona. REUTERS REUTERS

Ese "toque-toque" estéril, estético pero complaciente, que solía maravillar en la medular pero que se diluía sin remedio ante el despliegue físico y el orden táctico de los gigantes europeos. Para contrarrestarlo, el técnico inyectó una dosis letal de pragmatismo bilardista en las arterias del equipo.

Diseñó un entramado de contención asfixiante y un centro del campo blindado por gladiadores modernos como Richard Ríos y Jefferson Lerma, futbolistas dotados de una capacidad descomunal para devorar kilómetros, morder en la presión inmediatamente tras la pérdida del balón y dotar al plantel de una fiabilidad física que antes parecía utópica.

El primer gran aviso de esta mutación se materializó en la Copa América, donde Colombia encadenó una histórica racha de imbatibilidad y se plantó con total autoridad en la gran final continental.

Allí, el grupo terminó de sacudirse los complejos y entendió que ya no competía para ver qué sucedía en el terreno de juego, sino con la certeza absoluta de pertenecer por derecho propio a la élite del planeta fútbol.

La sinfonía de la convivencia

Sin embargo, el verdadero milagro de la era Lorenzo, el nudo gordiano que ningún cuerpo técnico anterior había logrado desatar con éxito, reside en la brillante gestión de su talento diferencial y en haber roto el mito de la incompatibilidad.

Antes de su desembarco en las sedes de entrenamiento de la federación, el debate futbolístico en el país constituía una encrucijada existencial y casi filosófica.

¿Era posible sostener en el fútbol moderno hiperfísico a un '10' clásico, de ritmo pausado, conducción elegante y genialidad cerebral como James Rodríguez, o era obligatorio sacrificarlo de forma definitiva para abrazar la verticalidad eléctrica, vertiginosa e indomable de Luis Díaz?

La opinión mayoritaria de la cátedra periodística dictaminaba que ambos astros chocaban en sus órbitas y se prevenían mutuamente. Lorenzo, apelando a la lucidez y el pragmatismo de su mentor, demostró que la pizarra no solo podía hacerlos coexistir, sino potenciarse de forma exponencial.

James, durante el partido contra Portugal.

James, durante el partido contra Portugal. REUTERS

El seleccionador nacional edificó un ecosistema de protección absoluta alrededor de James Rodríguez. Sabiendo que el talentoso mediocampista no poseía el despliegue físico ni el retroceso necesario para perseguir laterales rivales durante 90 minutos, Lorenzo lo liberó por completo de las cadenas defensivas asfixiantes.

En su lugar, lo rodeó de mulas de carga que recuperan el cuero con fiereza y se lo entregan limpio a su pie izquierdo.

De este modo, James se erigió en el metrónomo absoluto del equipo, el hombre que congela el tiempo, maneja los hilos del partido y asiste con una clarividencia quirúrgica que parecía extinta en el fútbol de transiciones.

Esta centralidad magnética de James genera, de forma orgánica, un efecto colateral perfecto para el esquema ofensivo: al imantar las marcas contrarias y obligar a las defensas rivales a agruparse y bascular hacia los carriles internos para frenar su visión de juego y su pegada, se abren verdaderos océanos de espacio en las bandas.

Es en ese preciso instante de desajuste defensivo donde se desata el "Efecto Lucho". Luis Díaz encuentra auténticas autopistas libres de obstáculos para encarar en el uno contra uno por el extremo, explotando su velocidad supersónica, su cambio de ritmo devastador y su capacidad de finalización.

Luis Díaz, durante el partido contra Portugal.

Luis Díaz, durante el partido contra Portugal. REUTERS

Néstor Lorenzo nunca pretendió que James Rodríguez corriera a las velocidades de Díaz, ni que Luis Díaz descifrara los partidos con la pausa milimétrica de James; en su lugar, diseñó con maestría un sistema híbrido donde el cerebro del metrónomo alimenta el motor incansable del rayo.

El nivel de Colombia en este Mundial es el triunfo definitivo de un colectivo que aprendió a sufrir y a ordenarse con el rigor histórico de Bilardo, para luego definir y gozar con la alegría indomable de su propia naturaleza.

La Colombia de Lorenzo ha dejado de ser una sorpresa agradable para convertirse, con argumentos de sobra, en una pavorosa máquina de ganar que legítimamente aspira a levantar la Copa del Mundo. Su próxima parada es Ghana, pero ahora mismo nadie les quita el sueño de hacer historia en la Copa del Mundo.