Ramon Humet conoció el shakuhachi y se enamoró de él. El instrumento, una flauta japonesa que por la manera de sostenerla recuerda a una flauta dulce, tiene tan solo cinco orificios, pero una gran riqueza de matices y sonidos. En ellos conviven el aire y el timbre que ayuda a los monjes del budismo zen a meditar. 

Humet (Barcelona, 1968) reflexiona sobre la idea del desierto en Desert, un concierto para shakuhachi y orquesta encargado por la Orquesta Nacional de España y el INAEM para celebrar los 200 años del Museo del Prado. 

Se trata de un estreno absoluto que tendrá lugar este viernes en el Auditorio Nacional. Los 23 minutos de este "viaje" en ocho movimientos para ver donde otros no ven nada, según Humet, volverán a escucharse el sábado y el domingo con el director Paolo Bressan a la cabeza y el solista Horacio Curti

¿Por qué se conmemoran los dos siglos del Prado con una obra para una flauta japonesa desconocida para el gran público? Además de en la pasión del compositor por el instrumento hay que buscar la respuesta en Anacoreta, un grabado de Mariano Fortuny propiedad del museo y fuente de inspiración para la obra. 

Anacoreta, de Mariano Fortuny, obra del Museo del Prado. Museo del Prado

"El shakuhachi es un instrumento asociado a los mojes zen. Muchos de ellos eran trotamundos, iban por el campo, tenían una vida totalmente desprendida, como el anacoreta en la civilización occidental", explica el compositor. El anacoreta, anónimo, ocupa un segundo plano en relación al "desierto y la tormenta que se avecina", verdaderos protagonistas. 

Lo que parece vacío está lleno

"Es este espacio que parece vacío el que está lleno". Humet toma las palabras del poeta Jacinto Verdaguer "Donde tú ves el desierto / hay enjambres de mundos que hormiguean" ("i aon tu veus lo desert / eixams de mons formiguegen") como guía para la obra, que se acompaña de La isla de los muertos, de Rachmaninov, y dos poemas sinfónicos de Respighi, un recital que lleva el sugerente título de "El muerto al hoyo".

Horacio Curti, junto al compositor Ramon Humet en el Museo del Prado. Silvia P. Cabeza

Para la orquesta es un reto, según explica Bressan, porque la partitura da una gran flexibilidad al shakuhachi y ensamblarlo con la orquesta, acostumbrada a una duración estricta de cada sonido, no es fácil. Todo al servicio de la meditación. 

"Los ocho movimientos de Desert son un desarrollo de un momento de la vida de los monjes en este mundo oriental en contraposición al occidental. Me interesa el budismo y, por ejemplo, en el shakuhachi hay un concepto relativo al espacio donde entra el sonido. En la filosofía y religión budista, a diferencia de la cristiana, los templos no se construyen en piedra. El monte puede ser un templo en el que el monje siente la energía y le pone el nombre. Esa es la idea de un espacio que necesita un sonido que lo llene", según el director musical. 

"El arte inspira al arte"

Para Bressan, una de las virtudes de la obra es que "el arte inspira al arte" dentro de una "dialéctica entre el sonido y lo visible". Algo así puede parecer revolucionario en un siglo XXI donde lo sensorial se ciñe a lo inmediato y lo ovbio. 

"A veces creo que mi profesión está en desuso", explica Humet. Crear una obra es un "trabajo de marquetería" que le ha llevado dos años, pero cuyo resultado no se habrá podido ver y evaluar hasta los ensayos de unos días antes del estreno. Y todo ello como una reflexión sobre el desierto y la propia meditación. 

Detalle de la partitura de Desert. Silvia P. Cabeza