Netta celebra su triunfo en Eurovision.

El miércoles pasado, a propósito de la gala de Eurovision que se celebró este sábado en Lisboa, le preguntaron a Salvador Sobral si había tenido ocasión de escuchar alguna de las canciones que este año competían en el certamen. El ganador de la edición de 2017 confesó que apenas conocía ninguna, aunque la tecnología había querido que escuchase el tema de Israel: “YouTube me obligó a verla. De repente, pensó que me gustaría”. Con una precisión descriptiva envidiable, y varios días antes de que Netta Barzilai se proclamase vencedora con ‘Toy’, Sobral se aventuró a calificar lo que había escuchado: “Abrí aquello y de ahí salió una canción horrible. Pensé: muchas gracias, Youtube, pero no es esto”. Pocos adjetivos más exactos que “horrible”se me ocurren para definir la propuesta israelí.

La noche del sábado, mientras veía la gala con mi gato y una bolsa de cacahuetes —concretamente, cacahuetes con miel; a veces en la vida hay que desmelenarse un poco—, no dejaba de preguntarme para qué diablos se celebraba Eurovision antes de Twitter. Qué sentido tenía aquella gala si uno no podía sumarse a la masa para despellejar jocosamente a los participantes y a la organización. Para criticar lo pobre o lo exagerado de la escenografía. Para burlarse de la puesta en escena de algunos países. Para censurar la pésima calidad de algunas canciones y desaprobar, como todos los años, el nivel del festival. Cuál era la finalidad de Eurovision, en definitiva, cuando no se podía odiar amistosamente la gala en grupo.

La edición de este año, en ese sentido, ha cumplido sobradamente las expectativas. La gala se fue desarrollando entre vikingos que caminaban en medio de una ventisca, un vampiro ucraniano que se levantó de su ataúd para ponerse a bailar, una soprano incrustada en un vestido LED con forma de volcán, el trasunto checo de Íñigo Errejón, el cruce holandés entre Aerosmith y Guns N’ Roses, la versión húngara y trasnochada de Linkin Park e incluso la soberbia imitación ganadora de una gallina. A medida que iba avanzando la noche, y a la vista del chorreo de memes y tuits sobre el festival, uno iba comprendiendo que estábamos, posiblemente, ante una de las mejores ediciones que se recuerdan de ese circo de los horrores llamado Eurovisión.

Pero en ese momento, cuando el nivel de rarezas y excentricidades había alcanzado ya lo insuperable, salió al escenario Salvador Sobral. Primero para interpretar una canción suya en solitario y después para cantar a dúo con Caetano Veloso ‘Amar pelos dois’, el tema con el que el portugués triunfó en la edición del año pasado. Y caí entonces en la cuenta de que la razón por la que antes se hacía Eurovisión a pesar de no existir Twitter, la razón por la que se celebraba esta gala antes de convertirse en un freak show, es que hubo un tiempo en que el festival europeo de la canción, aunque nos parezca increíble, tuvo algo que ver con cantar.

Y mientras reinaba un absoluto silencio en el Altice Arena, sin efectos visuales ni cañones de láser ni luces de neón, mientras en el recinto únicamente parecían existir las dos magníficas voces que interpretaban ‘Amar pelos dois’, pensé que deberían volver a darle el premio a Sobral. Y volver a celebrar Eurovisión en Portugal el año próximo y darle otra vez el premio a Sobral. Y dárselo de nuevo al año siguiente. Y al siguiente.

Porque así es como deberían ser las cosas si todo esto todavía tuviese algo que ver con un festival de la canción. Sin embargo, con los años se ha ido convirtiendo en otra cosa. Gradualmente, apenas sin darnos cuenta, el festival europeo de la canción se ha ido convirtiendo ni más ni menos que en Eurovision. Y visto así, es normal que la vencedora de la noche fuese Israel. Porque ‘Toy’ y Netta Barzilai, con su escenografía y su coreografía y el resto de sus circunstancias, son exactamente Eurovisión. Encajan a la perfección con el formato del festival, consista hoy en día en lo que consista.

De hecho, que la canción sea horrible, como decía Salvador Sobral, es incluso comprensible. Qué sentido tendría un circo de los horrores que no tuviese nada que ver con el horror.