Otis Redding en plena actuación

A veces una canción nace de un destello. De un momento fugaz y repentino que destaca sobre los demás. Una chispa. Una sensación mínima que, en la cabeza del autor, sin embargo, adquiere un determinado color, una textura, una cadencia, una intención. Basta con ese instante efímero pero repleto de significado para que, en alguna parte, comience a construirse una historia. Tal vez podría pasar desapercibido para cualquiera, pero el compositor —el escritor, el pintor, el artista— sabe que ahí hay algo. Algo que acaricia. Que estremece. Que perturba. Que conmueve. Algo que merece ser contado.

Una mañana de agosto, en el año 1967, Otis Redding se encontraba sentado en el porche de su casa flotante en Sausalito, frente a la bahía de San Francisco, justo al otro lado del Golden Gate, cuando de pronto se sintió envuelto por una inevitable sensación de calma. El tiempo parecía haberse detenido allí mismo, en aquel muelle. Redding se hallaba inmerso en esa época en una gira con The Bar-Kays. Acababa de actuar en el histórico auditorio Fillmore. Pero aquella mañana todo era quietud. Sólo existían el cielo, la bahía y los barcos que entraban y salían de ella. Valía la pena permanecer allí todo el día sin hacer nada, perdiendo deliberadamente el tiempo, simplemente viendo los barcos pasar.

Cogió un papel y un bolígrafo y anotó una frase: “I’m watching the ships roll in and I watch them roll away again” (Veo a los barcos pasar y los veo marcharse otra vez). En aquel momento él todavía no lo sabía, pero acababa de escribir el primer verso de (Sittin’ On) The Dock of the Bay, uno de los himnos más aplaudidos de la historia del Rhythm & Blues. Y no le hizo falta nada más que un destello. Un momento fugaz de inspiración mientras estaba sentado en un muelle de la bahía de San Francisco una mañana como otra cualquiera.

Durante las semanas siguientes, Redding continuó con las giras de los discos King & Queen, cantado a dúo con Carla Thomas, y Live in Europe, grabado en París en marzo de ese mismo año durante el tour europeo de su sello discográfico, Stax Records. Entre actuación y actuación seguía garabateando algunos versos, improvisando algunas melodías, pero la canción no terminaba de adquirir su forma definitiva. Por fin, en el mes de noviembre se reunió en los estudios de Stax en Memphis con Steve Cropper, productor de la discográfica y guitarrista de Booker T. & The M.G.’s, y entre los dos terminaron de escribir la letra y la música.

Grabaron el tema el día 22 de ese mes y regresaron al estudio el día 7 de diciembre para realizar algunos overdubs en la producción original. Redding había compuesto una melodía específica para el inicio de la canción. Una línea vocal sobre la que pensaba frasear unos versos que en aquel momento no recordaba y, por lo tanto, fueron sustituidos por una melodía silbada. Su mánager, Phil Walden, y uno de los fundadores de Stax, Jim Stewart, consideraron, no obstante, que esa parte encajaría mejor en el final de la canción que en el principio. Una variación a la que Otis accedió con la intención de regresar al estudio a mediados de mes y sustituir las notas silbadas por palabras. Nunca pudo hacerlo.

Tres días más tarde, el 10 de diciembre de 1967, Otis Redding fallecería en un accidente de avioneta en el lago Monona, en Wisconsin, junto a los músicos de su banda de apoyo, The Bar-Kays, mientras intentaban aterrizar en el aeropuerto del Condado de Dane para actuar en la ciudad de Madison. Como homenaje a su amigo, Cropper decidió terminar él mismo la mezcla, añadió los sonidos de las olas y las gaviotas de la bahía de San Francisco, tal y como Redding le había dicho que se imaginaba la canción, y conservó la parte silbada del final, que terminó convirtiéndose en una de las melodías más reconocibles de siempre.

Otis Redding no pudo acabar su mayor éxito.

(Sittin’ On) The Dock of the Bay se publicó en enero de 1968 y, en apenas unas semanas, hace ahora cincuenta años, alcanzó el número uno de las listas de ventas, tanto la de singles de Rhythm & Blues como la propia Billboard Hot 100. Fue, en realidad, el primer número uno de Otis Redding. Y el primer número uno póstumo de la historia de la música. Recibió el Grammy a la mejor canción de Rhythm & Blues y a la mejor actuación vocal masculina de Rhythm & Blues. No pasaron demasiados meses hasta que pasó a ser considerado un éxito mundial, siendo una de las canciones, además, más versionadas de todos los tiempos.

La historia de (Sittin’ On) The Dock of the Bay es la historia de una canción inacabada. Steve Cropper la redondeó, la pulió, la dejó lista para ser publicada, pero Otis Redding nunca pudo sustituir con frases aquella melodía silbada que había dejado grabada a principios de diciembre a modo de recordatorio. Hoy, sin embargo, después de medio siglo, uno casi agradece que ese final se quedase para siempre como está. Protagonizado por ese silbido feliz y distraído. Esa melodía que, junto al sonido del mar y las gaviotas, flotando sobre los delicados arreglos de guitarra y la emblemática línea de bajo de la canción, recuerdan a aquella mañana en la que Otis Redding se sentó en el porche de su casa flotante y decidió que lo mejor que podía hacer el resto del día era no hacer absolutamente nada.

Sentado en el sol de la mañana

Estaré sentado hasta que llegue la noche

Viendo los barcos entrar

Y viendo cómo se marchan otra vez.

Sentado en el muelle de la bahía

Viendo la marea alejarse

Sentado en el muelle de la bahía

Perdiendo el tiempo.