Barcelona

Si es muy difícil olvidar una primera vez, una despedida resulta imposible. Y, como lleva ocurriendo desde 1977 -su visita inicial a Barcelona-, The Rolling Stones ofrecieron este miércoles en Montjüic un concierto memorable, añejo, maduro y tan experimental como brillante. Un espectáculo de los de antes: más de dos horas de esos clásicos que llevan resonando en nuestras cabezas desde hace medio siglo y que con cualquier otra banda cantaríamos a pleno pulmón, eclipsando al vocalista.

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Pero este miércoles no era un día de esos. Ayer, todos, tanto los que nos estrenábamos en la corte de sus 'satánicas majestades' como los que presumían de haber estado presentes en las seis ocasiones en las que los británicos han pisado la ciudad condal, sentíamos en el paladar el regusto amargo del adiós; esa eterna duda que nos hacía preguntarnos los unos a los otros si esta sería la última vez que veríamos a los Stones.

Quienes anoche abarrotábamos el estadio olímpico sólo prestamos nuestra voz cuando Mick Jagger nos lo requirió. Cuando se comía (a propósito) alguna palabra. O cuando arrancaba una estrofa y dirigía el micrófono al aire para encender al público y que la terminase. O cuando gritaba monosílabos como 'oh' o 'yeah', simplemente para que pudiésemos comunicarnos con él de alguna forma, aunque fuese muy primitiva. Y, precisamente, desde esa arcaica y gutural comunión entre los Stones y sus sirvientes terrenales, arrancó el concierto: con ese suave golpeteo de las congas que preludia el Sympathy for the Devil.

Sorprende que la apertura de este No Filter Tour sea un tema tan potente, si no el mejor de los Stones. Sin embargo, esa concepción experimental de esta gira europea logró que Sympathy for the Devil resultase un arranque tan efectivo como brillante: con un tempo ligeramente más lento que el de la canción de estudio, fue incrementando poco a poco el ritmo hasta que en las últimas estrofas, justo después del solo de guitarra de Keith Richards, el público alcanzó una suerte de éxtasis colectivo y se arrancó a bailar y a ulular ese maravilloso 'uh, uh' a modo de coros. Con el beneplácito de Mick Jagger, por supuesto.

A partir de ese momento, la música aceleró y deceleró al gusto de las baquetas de Charlie Watts, que logró imprimirle a cada canción un ritmo distinto al original, creando obras de arte mientras retocaba obras de arte. Especialmente poderosas sonaron It's only rock and roll (But I like it) y Start Me Up, incluyendo algún que otro riff improvisado por Keith Richards y por Ron Wood. Con Midnight Rambler tiraron de épica en una obra de tres inacabables actos. Mientras que Miss You y Under my Thumb lograron hipnotizar a los presentes con ciertos abusos de bajo y saxo que ennegrecieron aún más sus temas más funkies.

Pero, sin duda, la rareza de la noche fue Paint it Black, un clásico tan trillado que apenas fue reconocible cuando Keith Richards y Ron Wood cambiaron sus guitarras por acústicas y dejaron fluir una melodía completamente nueva, casi oriental, con unas escalas que parecían producidas por un shamisen japonés. Las cuerdas titilaban y Mick Jagger zigzagueaba su escuálido cuerpo al tiempo que emitía tétricas quejas que sumían su canto en una impenetrable tiniebla.

En total, una veintena de canciones, entre las que se encontraban todos -o casi todos- los grandes éxitos de los Stones. Ni siquiera trataron de disimular añadiendo gratuitamente en el listado más que un par de temas de su último disco, Blue&Lonesome. Y funcionó. Porque Barcelona se olvidó por completo de su incierto destino político durante unas horas. Y en Montjüic se vieron más banderas amarillas de los vendedores ambulantes de cerveza de barril que esteladas o enseñas españolas. Y a nadie pareció importarle lo más mínimo.