—Si llegara ese momento en que tuviera que elegir entre la familia, el trabajo o la literatura, elegiría la literatura. Sin duda, te lo digo en serio.

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Al habla Joaquín Campos (Málaga, 1974), un tipo polifacético —chef, novelista, poeta, periodista, aventurero—, un hombre feliz y con pasiones, lúcido, con las ambiciones cristalinas, de ese arquetipo de gente que escasea hoy en día; una voz libre, digna, rebelde. Un desconocido que después de cinco minutos de conversación parece un amigo de toda la vida, que se abre en canal y deja al extraño adentrarse en su vida, donde lo más importante es escribir, los libros, la literatura.

Guarda tres volúmenes en la mochila: un poemario de Alejo Carpentier, otro de Ryūnosuke Akutagawa y un ejemplar de su última novela, Últimas esperanzas (Renacimiento), donde un álter ego de nombre Amador Paneque, escritor fracasado y apátrida, residente en Mongolia, se lanza a por su sueño más sincero, el único realmente: que le traduzcan al inglés —la que considera— su obra definitiva, y convertirla en bestseller.

Es, en cierto modo, lo que le encantaría a Joaquín Campos: vender un millón de ejemplares. Pero no lo hace, tiene muchos menos lectores, muchísimos menos, aunque es igual de feliz —o más incluso—. "Si no los vendo es porque no lo valen. En esto soy clarísimo, no tengo ninguna frustración interna por la literatura. Yo escribo lo que quiero, y lo hago por pasión", comenta a este periódico en un refugio del Café Comercial de Madrid, mientras una botella de vino tinto se va extinguiendo, justo al contrario que su discurso, que se muestra más indomable con cada sentencia que encadena.

Conformista no es un calificativo que acompañe a este malagueño que luce una coleta de estilo japonés, de frente prominente y mirada sincera. Sin estudios, fue capaz de llegar a dirigir un conocido restaurante madrileño y servir sus platos a figuras como Juan Carlos I o Jesús Gil; y luego dar el salto a la cocina de un hotel de cinco estrellas en Menorca. Antes de eso, dice, "era friegaplatos, politoxicómano, paseante —me conocía todas las calles de Madrid, podría haber sido taxista pero no tengo carné—... hasta que a los 30 me di cuenta que la literatura es lo más importante de mi vida y comencé a volcar mis esfuerzos ahí".

Tenía el presente solventado, pero Joaquín Campos se sentía vacío, necesitaba vomitar sobre un ordenador o anotar a lápiz en una libreta todas las historias y versos que germinaban en su cabeza. Se fue a China, y se ganó la vida escribiendo reportajes para distintos medios de comunicación. Pero ese viaje —"literalmente con una mano delante y otra detrás, sin contactos, con un inglés paupérrimo y ni idea de mandarín"— escondía un claro propósito.

—Qué valiente por su parte.

—El mundo está lleno de ideas, pero si no tomo la decisión de dejar mi trabajo, mi pareja y mi estabilidad para irme a China, no habría conseguido ser lo que quería: escritor, publicar ocho libros… estoy volcado en algo que amo y que descubrí cuando ya tenía la vida bastante planteada. Y por eso ya he ganado, ya da igual lo que me ocurra mañana. Me da igual, la muerte no es nada. Está muy bien ser longevo, pero yo quiero morir con 60 años haciendo lo que me da la gana.

'Últimas esperanzas' (Renacimiento) es la última novela de Joaquín Campos. D. B.

De Pekín se mudó a Camboya, aunque con ese primer libro recién salido de la imprenta, Doble ictus (Espuela de Plata), donde realizó una autopsia de un noviazgo en base a una relación fallida que había tenido con una abogada criminalista de los Jemeres rojos. "Siempre tengo una vida que no es la usual. Me esfuerzo tanto en las cosas que me ocurren otras", resume.

—¿Qué importancia tiene el amor en su literatura?

—Cada vez menos. El amor es un estado de enfermedad mental, una pérdida de tiempo. El amor yo creo que es con 20 años lo que necesitas, pero el que deje todo por amor con 40 o 50 años (y eso que yo me acabo de casar con una mujer china con una niña), es el mayor fracaso de su vida.

El caso Segarra

En Camboya, al sur de la península de Indochina, montó un nuevo restaurante con un socio y comenzó a disfrutar de "una vida placentera: trabajo, lectura y escritura". Y todo parecía tranquilo hasta que estalló el caso Segarra: el 4 de febrero de 2016, el consultor catalán David Bernat apareció descuartizado en un río de Bangkok. La policía detuvo a otro ciudadano español, Artur Segarra, como responsable del asesinato. Joaquín Campos le conocía; alquiló un coche con chófer esa misma noche, llamó a un fotógrafo y se plantó en la comisaría para entrevistar al hoy único condenado por el crimen, aunque el novelista ha defendido todo este tiempo que no actuó solo.

"Todo nació de un impulso, de la pureza de la vida, de la pasión. Me tocó la lotería, pues soy un escritor con el periodismo latente en la axila, ya no en el corazón; se ha torcido", reflexiona. Aquella entrevista fue portada del periódico El Mundo, y Campos se lanzó a una investigación que desembocó en un libro —el único del que no se enorgullece, según reconoce— y que "no volvería a hacer".

La gente no folla con condón, piensa con condón. La sociedad hoy apesta a látex mentalmente

—¿Podemos extraer de este caso concreto un análisis de la salud del periodismo?

—El periodismo está vendido a una suscripción, a un click, a la publicidad… Últimas esperanzas es un paralelismo del periodismo actual. Amador Paneque, extrapólalo al periodismo, decide luchar por su sueño desde el punto de vista literario, sin salirse de sus márgenes... ¿Cómo se llama el director del Instituto Cervantes?

—Luis García Montero.

Luis García Montero es un poeta que decide en la mayoría del tiempo de su vida ser candidato a la alcaldía de Madrid por Izquierda Unida, hoy ser director del Cervantes por cargo político de Pedro Sánchez e imagino que desembocará en ministro de Cultura si vuelve a ganar la izquierda. ¿Qué poeta hace eso? Alguien que no es poeta... Pues así está el periodismo: me tengo que acercar para que la publicidad institucional riegue mis páginas a costa de vender mi independencia. (...) ¿Por qué un poeta tiene que aspirar a ser político? Por dinero. La poesía, originalmente, está asociada a la expresión sublime, supina e idiota incluso de la libertad. Queremos ser poetas, ganar 6.000 euros al mes y decidir quién dirige la revista del ayuntamiento.... y al final está todo infectado. Y eso afecta a la literatura y al periodismo.

"Nos hemos achinado"

Joaquín Campos lleva catorce años viviendo fuera de España —ahora trabaja como chef en Cabo Verde para una multinacional después de que las autoridades de Camboya no le permitiesen regresar al país, perdiendo su negocio, aunque por fortuna logró rescatar sus libros—, y eso le confiere la posibilidad de observar a la sociedad española desde un prisma diferente. Es un outsider, como él mismo se define, y por eso no se muerde la lengua, no le importa reconocer que en Hong Kong, por ejemplo, mantuvo relaciones sexuales con un travesti tailandés.

Portada de 'Últimas esperanzas'.

"La gente miente, el mismo que no tiene sueños no tiene arrestos. La gente hace lo que siente pero calcula lo que va a hacer en público", comenta. "¿Estamos yendo hacia atrás? Pues sí, puritanismo puro. La gente no folla con condón, piensa con condón. La sociedad hoy apesta a látex mentalmente. Vivimos en una sociedad enferma de pobreza, porque si estuviéramos enfermos de verdad nos inmolaríamos. No ocurre nada, somos laterales derechos. España es un país de laterales derechos, nadie quiere meter la pierna en la terminología futbolística, nadie quiere mancharse el peto, nadie quiere que le señales".

—En cuanto a la libertad de expresión, usted que ha vivido en un país como China, donde las redes sociales están controladas, ¿cómo valora la situación actual en España?

—Es preocupante porque nos hemos achinado. Hemos aceptado que lo que ocurre fuera es lo que nos va a pasar a nosotros y nadie quiere poner remedio. España es un país que se le llena la boca con la palabra libertad, pero luego el que la dice lo quiere controlar todo. Por eso vivo fuera en la gloria (...). Somos manipuladores, somos sesgados, estamos politizados y somos incultos, incluyéndome a mí, “el cocinero al que le publican libros”. Acontece porque hay muy pocos escritores. Esto es un fracaso de sociedad a la que solo la va salvar una guerra, una bomba atómica, un tsunami, un desastre… solamente nos salva el drama no televisado, el que te pasa a ti.

Joaquín Campos, mientras tanto, seguirá en su especie de burbuja escribiendo versos —"la poesía es la antisobredosis, la salvación de la humanidad", dice— y novelas. Su próximo libro lo aventura como su "sepultura". Quizás el título ya lo dice todo: Cómo ser escritor. Ajuste de cuentas.