Ha pasado poco más de un año desde que ocurrió. Aquel 18 de junio, Alberto Fresneda, hijo del periodista Carlos Fresneda, corresponsal de El Mundo en Londres, no volvió a casa de madrugada. No era la primera vez que sucedía, pero esta vez el motivo era ajeno a él. A la 1:15 de la madrugada, un tren fuera de servicio atropelló a Alberto (Alby), y a sus amigos Harry y Jack, tres muchachos que pasaban la noche haciendo grafitis entre las vías.

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"Sigo sin poder llorar, Alberto, me pregunto hasta cuándo", escribe su padre en el libro que acaba de publicar. Querido hijo (Esfera de los Libros) es la "carta de amor incondicional" que ha dedicado el periodista a Alby, quien les fue arrebatado demasiado pronto; a la edad de 19 años. La idea del libro, explica Fresneda a este periódico, surgió tras la pieza que publicó en su memoria: "Me vino muy bien como terapia".

Un mes más tarde de la tragedia tuvo una cena en Londres con Pedro J. Ramírez, director de EL ESPAÑOL, quien le empujó a comenzar el libro. Lo hizo a través de una cita de Cicerón: "Lo que escribes es lo que queda". Se valió de la segunda persona para apelar directamente al sujeto del que se hablaba, su hijo. Carlos recuerda cómo el fallecimiento del corresponsal Julio Anguita también le empujó a emplear la segunda persona en la carta que le escribió.

Grafiti pintado por Alberto Fresneda. Carlos Fresneda Londres

Escribir sirve para mantener viva la memoria de alguien y esta obra presenta la vida de Alby, marcada por un ritmo frenético e incesante acorde con su personalidad. "'Mantén viva tu creatividad, pero no arriesgues tu vida'. Don’t risk your life!", se menciona en el libro. Fue dibujante de cómics a edad muy temprana, diseñador gráfico casi sin saberlo y diseñador de moda de su propia firma High Future. Un no parar. 

Su familia había vivido en Nueva York para posteriormente mudarse a Londres. A Alby le costó adaptarse a la capital británica, pero pronto se sintió "muy del norte de Londres". Además, él mismo manifestó que prefería la nubosidad invariable de las tierras inglesas al sol castigador de España. Mientras sus padres barajaban la posibilidad de volver a España tras el brexit, Alberto tenía pensado quedarse para seguir estudiando en la capital londinense. 

Aquel 18 de junio en Brixton

Tal y como se explica en el libro, el accidente ocurrió en una noche de poca luna, ideal para fundirse con la oscuridad. El hábitat natural de Alby era el noroeste de Londres, donde firmaba sus grafitis con el seudónimo Trip. Aquella noche, los tres amigos optaron por cambiar de ubicación y se dirigieron a Brixton, al sur del Támesis.

Después de pasar por un pub del barrio, pintaron durante algo más de una hora. "A la altura de Barrington Road dejasteis estampado sobre un puente vuestras tres firmas, bien visibles desde la calle. Se supone que fue lo último que hicisteis en vida", narra Fresneda. No se sabe muy bien cómo pero el caso es que a la 1:15 de la mañana los tres amigos fueron golpeados, que no arrollados, por un tren. El conductor ni siquiera fue consciente de que tres jóvenes habían sido atropellados.

Carlos Fresneda. Daniel Ferreres

Ninguno de los grafiteros murió en el acto. Sin embargo, no había nadie en las cercanías que pudiese socorrerlos. Los cuerpos fueron encontrados a las 7:30 de la mañana por uno de los conductores que pasaba por la zona. No fue hasta las 16:00 cuando la policía informó a la familia de los hechos. Su madre rompió a llorar.

De todos modos, el libro intenta evitar el mero sufrimiento por la pérdida: "Te ahorro más detalles de todo lo que vino después, Alberto, porque al fin y al cabo esta carta pretende ser una celebración de todo lo que sigues siendo para nosotros". Aquel chico de 19 años perdió la vida haciendo una de las cosas que más amaba: grafitis.

Escribió Cortázar un relato con ese mismo nombre: Graffiti. "Tu propio juego había empezado por aburrimiento, no era en verdad una protesta contra el estado de cosas en la ciudad", decía. En el caso de Alberto no iba desencaminado. Le servía para descargar esa energía con la que vivía día tras día. En palabras de su padre, "era una forma de expresión" de Alby que también se caracterizaba por ese toque de "rebeldía" con el que se asocia comúnmente a este arte urbano.