Durante años, los caballeros templarios, pertenecientes a la Orden del Temple, fueron una de la órdenes militares cristianas más poderosas de la Edad Media. Eran monjes guerreros que defendían a los cristianos que peregrinaban a Jerusalén, Tierra Santa, tras su conquista en la Primera Cruzada en 1099. La orden se había creado entre 1118 y 1119 al ofrecer Hugo de Payns y otros nueve caballeros sus servicios al rey Balduino I de Jerusalén para defender a los soldados que regresaban de las batallas en Oriente.

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Hasta entonces, las órdenes religiosas cristianas se habían abstenido a cualquier actividad militar. Tal y como escribe el historiador Juanjo Sánchez Arreseigor en Caos histórico: mitos, engaños y falacias (Actas), "incluso cuando los incursiones vikingos, magiares o piratas sarracenos saqueaban y arrasaban los monasterios, no se planteaba siquiera una violencia defensiva, ni mucho menos algún tipo de entrenamiento de combate". En teoría, un sacerdote no podía derramar sangre ni entregarse a la violencia física.

Sin embargo, indica Sánchez Arreseigor, "la sociedad medieval europea era muy violenta". Los obispos, cardenales y demás miembros de la Iglesia, incluido a veces el mismo papa, eran con frecuencia señores feudales, y algunos de ellos iban al campo de batalla a título individual.

Quema de templarios en Francia.

Así, los templarios lucharon en todas las batallas importantes de la época. La orden prosperaba en suelo europeo y, aunque de forma menos numerosa, estuvieron presentes también en Castilla, Portugal y Aragón. En Francia había miles de ellos y el rey Felipe IV comenzó a verlos como un obstáculo.

El monarca francés había conseguido tomar el control del papado, instigando el asesinato del papa Bonifacio VIII y obligando a su sucesor, Clemente V, a instalarse en Aviñón, dentro del reino de Francia. Felipe IV buscaba afianzar su poder real y los templarios eran todo un inconveniente. Además, debía una gran cantidad de dinero a la orden ya que fueron ellos quienes adelantaron el dinero del rescate de su abuelo Luis IX cuando este fue apresado por los mamelucos egipcios.

De esta manera, ordenó al papa que procesase a los templarios bajo cargos de homosexualidad, escupir sobre la cruz, renegar de Cristo o adorar a un supuesto ídolo llamado Baphomet. Escribe Sánchez Arreseigor que las acusaciones pudieron sostenerse porque en ellas existía una pizca de verdad: "La orden templaria era una organización muy numerosa, y sin duda existirían dentro de ella algunas ovejas negras, cínicos incrédulos, corruptos y delincuentes sexuales". No obstante, los juicios fueron completamente manipulados y la mayoría de las confesiones admitidas bajo tortura.

"El papa tuvo que tragar con todo y además decretar la disolución de la orden templaria, no fuera a suceder que los templarios del resto de Europa soñasen con vengarse", narra el historiador. Los templarios, que durante años combatieron por la religión cristiana, fueron señalados y extinguidos como herejes y depravados sexuales.