"Queda elegido Rey de los españoles el señor duque de Aosta". La sentencia, que parece más acorde a una sublevación militar que a un acuerdo alcanzado en las Cortes, fue pronunciada en sede parlamentaria el 16 de noviembre de 1870. Amadeo de Saboya, hijo del monarca italiano Victor Manuel II, acababa de ser elegido por mayoría absoluta en el Congreso de los Diputados —191 votos frente a los 60 cosechados por la opción de la República federal o los dos que se le otorgaron al ya anciano general Baldomero Espartero— como la persona indicada para ocupar el trono de España.

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La anomalía de que un rey fuese coronado por dictamen del parlamento y no por vía hereditaria o un matrimonio de conveniencia se enmarcó dentro del Sexenio Democrático, un periodo abierto tras el estallido de "la Gloriosa" y el destronamiento de Isabel II en 1868. El país comenzó a regirse por un Gobierno provisional que no terminaba de cuajar —hasta cinco presidentes del Consejo de Ministros fueron nombrados en poco más de dos años—, y en 1869 se aprobó una Carta Magna que abrazaba un régimen monárquico.

Se abrió entonces un proceso de scouting entre las casas reales europeas para seleccionar al candidato idóneo: en la terna se incluyeron los nombres del duque de Montpensier, cuñado de la defenestrada Isabel II, o su hijo, el futuro Alfonso XII; Leopoldo Hohenzollern-Sigmaringen, la opción prusiana; o el príncipe de Sajonia-Coburgo. Pero finalmente, el elegido, por designio de su padre y con el general español Juan Prim —que moriría poco después de la coronación a causa de un atentado— como principal valedor, fue un italiano masón que apenas conocía nada sobre el país que debía reinar.

Amadeo I de Saboya, el rey demócrata (extranjero), sería también el efímero: su regencia, marcada por la inestabilidad política y las complicaciones, que incluyeron un atentado contra su persona en el verano de 1872, apenas duró dos años, desembocando en la proclamación de la Primera República. Sus principales opositores fueron los poderes eclesiásticos, un sector de los militares, la nobleza y gran parte de la burguesía, quienes escrutaban con lupa todas las decisiones acordadas y exigían continuamente el regreso de los Borbones.

Un rey elegido por las Cortes es una rareza democrática, y uno de los episodios que narra el divulgador y escritor Alfred López en su reciente obra Eso no estaba en mi libro de historia de la política (Almurzara), un repaso divertido y plagado de anécdotas por los acontecimientos políticos y figuras más sobresalientes y curiosas desde que se inventó este arte, como lo definió Groucho Marx, "de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso, y aplicar después los remedios equivocados".

El retrete real inglés

El libro es una didáctica recopilación de conspiraciones, trastadas e historias rocambolescas relacionadas con la política mundial, desde el nacimiento de los escraches en la Antigua Roma hasta los tejemanejes que hicieron posible la Transición española, que goza de un capítulo exclusivo. Alfred López recuerda episodios llamativos como el intento del escritor Norman Mailer de convertirse en alcalde de Nueva York en 1969 y limpiar la ciudad de corrupción para convertirla en el estado número 51 de EEUU o la misteriosa ama de casa que se presentó a la Casa Blanca en 1964 y que resultó ser una treta de un conocido bromista.

Además de dedicarle otra sección a las pioneras femeninas en el campo de la política y el sufragio universal como Rosa Parks, Clara Campoamor u otras menos conocidas como Susanna M. Salter, la primera mujer en ocupar un cargo político en el continente americano; el libro recupera algunas de las sentencias más desafortunadas pronunciadas por los principales líderes. En el podio se hallan la admiración de un joven John F. Kennedy hacia Hitler o a un Fidel Castro encandilado por el modo de vida estadounidense.

Americanadas, churchilladas como la construcción de un sarcófago aéreo para que el premier británico viajase lo más cómodo posible, o fernandadas como la protagonizada por el rey felón en 1817, cuando adquirió a los rusos una nueva flota de guerra por una millonada, de la cual solo pudo aprovechar un barco después de otra costosa reparación, se suceden a lo largo de las 400 páginas de Esto no estaba en mi libro de historia de la política.

La anécdota más escatológica, no obstante, la protagonizó John Stuart, tercer conde de Bute, que llegaría a ser primer ministro de Gran Bretaña entre 1762 y 1763. Esto lo consiguió, fundamentalmente, al trabajar durante dos años como groom of the stool del rey Jorge III. ¿Qué significa esto? Literalmente, "novio del taburete", que traducido viene a ser el encargado del retrete real, un cargo que en Inglaterra estuvo en práctica desde el siglo XV hasta el XX. Y entre sus cometidos estaba limpiar el trasero del monarca. Lo que había que hacer antes por alcanzar el poder.