El anarquista Melchor Rodríguez, más conocido como El ángel rojo.

El anarquista Melchor Rodríguez, más conocido como El ángel rojo.

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'El ángel rojo', la coartada de los Franco para enterrar al dictador con la bandera española

Los Franco han usado el ejemplo del anarquista Melchor Rodríguez, a quien en 1972 'permitieron' ser enterrado con diferentes banderas y alabado por figuras del régimen. 

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La familia Franco anda en guerra: otra vez. Ahora a propósito de las condiciones de inhumación del dictador. “Le hemos pedido al Gobierno que nos permitieran inhumarle con una bandera de España. Hemos ofrecido hacerlo con la que se inhumó originalmente, que la tiene la familia”, explica el abogado Luis Felipe Utrera Molina a este periódico. “Si esa bandera molesta porque tiene el águila de San Juan, no nos importa hacerlo con la actual. Queremos hacerlo porque fue Jefe de Estado y, si no se quiere reconocer esa figura, porque fue un militar con méritos de guerra y herido en combate. Nos han dicho que no y no han argumentado: simplemente no quieren una foto del féretro con la bandera de España”, relata.

Para mantenerse fuertes en su posición, citan el caso del anarquista Melchor Rodríguez, más conocido como ‘El ángel rojo’, una figura histórica polémica y heterodoxa que fue enterrada con la bandera de la CNT y con la de la República, a quien le cantaron A las barricadas y a cuyo funeral acudió gente del régimen. Su féretro llevaba el Cristo fuera de la caja y su amigo Alberto Martín-Artajo le rezó un padrenuestro. Rodríguez murió en el año 72, esto es, aún durante el franquismo, y la familia del dictador, alega, permitió todo eso. Ahora quieren que les sea devuelto. “El hecho de que un Jefe de Estado no pueda ser enterrado con la bandera de su país revela una apropiación indebida del féretro, como si este fuera del Gobierno”, clausura Utrera Molina.

No obstante, chirría el ejemplo que utilizan para justificarse: ¿por qué los Franco recurren a la figura de un anarquista para avalar su postura? ¿Quién fue Melchor Rodríguez y por qué parece que le respetan desde las antípodas ideológicas? Bien: Rodríguez nació en Triana en el año 1893 y fue huérfano, niño pobre, calderero, torero y superviviente, por ese orden, porque en 1920 se retiró del ruedo después de una cogida grave. Una vez aparcó el traje de luces marchó a Madrid y se hizo chapista hasta que empezó a interesarse por el activismo: se afilió a la UGT y encabezó movimientos de lucha obrera en la capital, tanto que pronto fue nombrado presidente del Sindicato de Carroceros, de corte anarquista. Tenía, además, ficha policial, y rezaba “peligroso”. Pero no era cierto: siempre había sido detenido por delitos menores, por la ley de imprenta o la de Orden Público.

El hombre que salvó a sus enemigos

Fue Inspector especial de Prisiones, fue despedido por molestar con sus bondades, y, más tarde, reincorporado como Delegado de Prisiones por el ministro de Justicia anarquista Juan García Oliver. Luchó a favor de los derechos de los reclusos, y, muy especialmente, de aquellos de ideología contraria a la suya. Por esa rareza acabó en la cárcel en varias ocasiones durante la monarquía y la Segunda República. 

Melchor Rodríguez era un hombre de lealtades y dignidad en tiempos difíciles, un ser humano cabal y recto cuando los valores agonizaban y los unos y los otros sólo pensaban en salvar su pellejo. Fundó las FAI, de la facción pacifista Los Libertarios. A su cría la llamó Amapola como una forma de recordar que él amaba y respetaba la vida en todas sus formas, por pequeña que fuera: tan pequeña como una florecilla e insignificante para muchos. Eso sí: no fue un gran padre ni un gran marido. Su familia siempre estuvo en un segundo plano. Al acabar la guerra, a Paca, su mujer, una bailarina con la que había convivido desde que era novillero, la abandonó sin mirar atrás.

En la cárcel de Alcalá logró parar un linchamiento masivo: sólo ahí salvó a los 1.500 presos de la llamada delegación de Finlandia. Después intervino también Ventas, San Antón y La Modelo. Sus biógrafos y los expertos en su figura calculan que salvó al menos a 11.000 presos ‘nacionales’ en zona republicana, para asco de sus compinches.

El sospechoso nº 1 de Carrillo

Implantó normas que cambiaron mucho las cosas: por ejemplo, prohibió, sin su autorización personal, los terroríficos ‘paseos’ de presos que acababan en matanzas y fusilamientos. Esos gestos con el bando contrario levantaron sospechas entre los suyos. Carrillo lo detestaba. Durante muchos años pensó que había estado protegiendo a la quinta columna, pero en un documental dirigido por Alfonso Domingo sobre la figura del anarquista, terminó reconociendo que “quizá era un altruista que ponía la vida humana por encima de todo, un rara avis en aquella guerra terrible”. Declaraciones de Rodríguez aparecen también en el informe de Stepánov, un agente de Stalin en la España republicana que tuvo que detallar por escrito cuáles habían sido las causas de la derrota de la República en 1939.

Stepánov redactó lo siguiente: “Melchor Rodríguez, anarquista. Antiguo director de las prisiones republicanas. De este sujeto que se pasea libremente por las calles de Madrid con los fascistas, el diario fascista Ya de 21 de abril de 1939, a la vez que insertaba una foto suya, afirmaba: "Melchor Rodríguez que, desde su puesto de director de Prisiones de la región del Centro, defendió valientemente a miles de nacionales encerrados en las cárceles rojas". Adjuntaba una entrevista con el protagonista:

-¿Por qué usted, siendo anarquista, salvó la vida a tantos nacionales en el periodo rojo?

-Simplemente era mi deber. Siempre me vi reflejado en cada preso. Cuando me encontraba en la cárcel, pedí protección a los monárquicos, a los derechistas, a los republicanos... a aquellos que se encontraban en el poder; entonces me consideré obligado a hacer lo mismo que había defendido cuando yo mismo estuve recluido en las cárceles, es decir, salvar la vida de estas personas.

-¿Le resultó fácil?

-Ahora puedo decir con satisfacción que a menudo me arriesgué a perder la vida propia por salvar las de otros. Muchas veces en mi propio despacho me apuntaron al pecho con el cañón de un revólver. Salía del problema echándole valor. Cuando regresé a Madrid después de haber salvado de la muerte a 1.532 presos en Alcalá, tuve que escuchar unos tremendos insultos y amenazas de jefes de relevancia que hasta llegaron a acusarme de ser un fascista. Tuve a menudo la posibilidad de huir de la zona republicana, pero no la aproveché, porque, ¿quién se hubiese preocupado de los 12.000 presos que había en las cinco cárceles de Madrid, y de los 1.500 en la de Alcalá, de las 28 personas escondidas en mi casa y de muchas, muchas más? Solamente yo podía hacer esto. Ahora debo decir que estaba solo en este asunto. Ninguno de ellos, de los rojos, me prestó ayuda...”.

Salvado de pena de muerte

Algunos a los que ayudó sí le devolvieron la moneda. Ahí el militar Muñoz Grandes, quien intercedió por Rodríguez en pleno Consejo de Guerra en el que iban a condenarlo a muerte. Se levantó, dio la cara por él y presentó más de 2.000 firmas para que le rebajasen la condena. Ahí constaban familias como la Luca de Tena, el portero Ricardo Zamora o el general Alberto Martín-Artajo. Fue este último el que le había bautizado hacía años como “el ángel rojo”. Rodríguez siempre rechazó ese nombre con timidez, con agobio, y repetía que su colega había tenido “muy mala guasa” al colocárselo.

No le mataron, pero en la cárcel sí volvieron a meterle: en la de Porlier y en el penal del Puerto de Santa María. En 1944 obtuvo la libertad provisional. A partir de ahí, aunque algunos de sus viejos amigos del bando contrario le ofrecían puestecitos adheridos al sindicalismo franquista, siempre los rechazó y siguió militando en CNT. Por esa razón volvió a entrar en prisión varias veces más. Acabó su vida escribiendo pasodobles, cuplés, poemas y artículos y siendo un anarcosindicalista clandestino: su sino. En él rompían todas las Españas con lo único que unía a todas: el deseo de vivir. Por eso en su funeral chocaron tantas corrientes. Y todas guardaron silencio y pena ante su muerte. Él ya los había salvado antes.