En el verano de 1098, la Primera Cruzada había quedado empantanada en Siria. El conde Raimundo de Tolosa y el monje Pedro Bartolomé habían visto su popularidad disparada por el hallazgo de la Lanza Santa en la catedral de San Pedro, en Antioquía. El primero de ellos, el señor laico más rico y poderoso del Sur de Francia, el primer príncipe en escuchar el llamamiento convocado por Urbano II en 1095, se enfrentaba en este momento a una dicotomía.

Por una parte, Raimundo deseaba fundar un nuevo señorío provincial en Oriente; alzarse, a ser posible, con el gobierno de la ciudad de Antioquía, en manos del príncipe Bohemudo. No obstante, eso minaba el objetivo principal por el que había sido convocada la cruzada: la conquista de Jerusalén. Lo que necesitaba el conde era autoridad y, a partir de finales de septiembre, encabezó una serie de campañas en la región de la meseta de Summaq, al sureste.

"A menudo se ha interpretado erróneamente que estas operaciones debían de corresponder a otras tantas partidas de reconocimiento, y se ha llegado a pensar incluso que pudo haberse tratado de intentos encaminados a iniciar un mínimo avance hacia Palestina, pero en realidad el objetivo de Raimundo se centraba en fundar un enclave independiente propio", asegura el historiador británico Thomas Asbridge en su obra Las cruzadas. Una nueva historia de las guerras por Tierra Santa (Ático de los Libros).

Raimundo, un hombre bien entrado en la cincuentena, de los más mayores y experimentados de la empresa bélico-religiosa —la leyenda decía de él que ya había combatido con anterioridad a los musulmanes en la Península Ibérica— cabalgó al frente de los ejércitos provenzales del sur de Francia. Pero en este momento clave de 1098, se enfrentaba a la necesidad de rendir una serie de plazas clave conseguir sus objetivos particulares.

El ataque más determinante de aquella campaña se centró en tomar Maárat, la principal localidad de la región. No sin esfuerzo, Raimundo y sus hombres lograron hacerse con el control de la zona, tras lo que arrancó un programa de cristianización y poblamiento, transformando las mezquitas en iglesias e instalando una guarnición defensiva. "No obstante, al poco tiempo de consolidar el dominio, las líneas de aprovisionamiento de los latinos fallaron y algunos de los seguidores más humildes del conde murieron de hambre", expone Asbridge.

Canibalismo

Y en aquella coyuntura crítica, aquejados por la falta de comidas y recursos para sobrevivir, se registró una de las mayores atrocidades de la época de las cruzadas (1095-1291); un episodio de canibalismo espantoso. Así lo relatan las fuentes de la época, el relato de un franco:

"Nuestros hombres sufrían una hambruna desmedida. Me estremezco al pensar que muchos de ellos, atormentados terriblemente por la enajenación del hambre, empezaron a cortar pedazos de carne de las nalgas de los sarracenos que yacían muertos por los alrededores. Después ponían al fuego los trozos y se los comían; devoraban la carne como salvajes, pues se hallaba todavía a medio asar".

Un testigo presencial latino, recoge Asbridge, señaló que "aquel espectáculo no solo resultaba repugnante a los ojos de muchos cruzados, sino también de los extranjeros". ¿Qué consecuencias tuvieron aquellos escalofriantes actos de barbarie? "Permitieron a los latinos disfrutar de un breve respiro", escribe el historiador británico. "Sin embargo, la reputación de bestialidad que se habían ganado los cruzados entre los musulmanes de Siria quedó consolidada, de modo que en los meses siguientes fueron muchos los emires locales que procuraron negociar con sus nuevos y temibles enemigos a fin de eludir el riesgo de la aniquilación".

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