A finales del siglo XIX a España apenas le quedaban colonias en comparación con aquel poderoso e inigualable imperio en el que, según hablaban las lenguas, jamás se ponía el sol. No obstante, los procesos de independencia que se dieron en el sur de América seguían en contacto, y muchas veces dependiendo, de la monarquía española y demás países del continente europeo.

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William Harris era un comerciante de piedras preciosas y alhajas que había hecho fortuna en Hispanoamérica y su hijo, quien había nacido en 1862, se sumó a la vida aventurera de su padre en los antiguos territorios de ultramar. Principalmente viajó por países como Perú y Chile. Pero lo que le inquietaba al joven Lionel, que sobrepasaba por poco la veintena de edad, era el arte.

El principio del siglo XX destacó por la transición de la capital artística desde la ciudad parisina a Nueva York; las vanguardias habían llegado y Estados Unidos se convertiría progresivamente en el centro artístico mundial. Pese a la creación de obras fovistas, futuristas y expresionistas, las obras de siglos pasados también se revalorizaron para los coleccionistas de la época. Lionel Harris tuvo en sus manos obras de artistas españoles como Rodrigo de Osona, quien nació en Valencia en el siglo XV y permitió que una de sus joyas artísticas, La adoración de los Reyes Magos, estuviera en el Museo de Bellas Artes de San Francisco.

José Gestoso y Pérez, escritor e historiador del arte fue uno de los intelectuales que lamentó y criticó el expolio de Camino del Calvario (Diego Sánchez), cuadro que actualmente se encuentra todavía en el Museo Fitzwilliam en Cambridge. "A fin de que impidiesen el despojo, que entonces pudo evitarse sin grandes sacrificios pecuniarios para las areas municipales o provinciales; requerimientos y consejos que fueron desoídos, perdiendo Sevilla para siempre tan inapreciables objetos", escribió.

Es precisamente lo que La dispersión de objetos de arte fuera de España en los siglos XIX y XX, publicado por Fernando Pérez Mulet e Immaculada Socias Batet, analiza: "propone una reflexión en torno a una serie de fenómenos, muy poco conocidos hasta ahora, que afectan al mundo del coleccionismo artístico. Una de las cuestiones vertebrales que se plantean es la fatal combinación de codicia e ignorancia, binomio que afectó a numerosas colecciones y favoreció la dispersión de objetos de arte fuera de la Península", comunica la Universidad de Barcelona. 

Negocio de familia

Si uno se atiene a la legislación española, en concreto a los convenios internacionales sobre protección de bienes históricos y culturales, se comprende que la familia Harris cometió expolió y contrabando de obras de arte de manera ininterrumpida durante al menos medio siglo.

Lionel Harris fundó la Spanish Art Gallery en Londres, donde compraba y exportaba reliquias histórico-artísticas de España. Se casó con Enriqueta Rodríguez y tuvieron siete hijos, de los cuales destacan Tomás Harris y Enriqueta Harris. El primero continuó con el negocio de su padre y organizó su propia galería en 1931, en la que contaba con obras de Velázquez, Zurbarán, Goya o El Greco. El proyecto le fue bien, pues siete años más tarde organizó una exposición llamada From Greco to Goya. Su mayor éxito, empero, fueron los grabados de Durero, Rembrandt y Goya, que finalmente fueron cedidos por su familia al Museo Británico como pago de impuestos. Enriqueta, por su parte, se especializó en la carrera de Francisco de Goya aunque terminaría desarrollando escritos acerca de Murillo y Velázquez. Falleció en Madrid en 2006 a los 95 años de edad.

No solo fue la familia Harris. España se convirtió en el país idóneo para traficar con obras de arte a finales del siglo XIX y principios del XX. Nobles e incluso miembros de la Iglesia que debían proteger las obras de sus conventos y el patrimonio histórico permitieron que España perdiera un tesoro prácticamente irrecuperable.